FICHA TÉCNICA



Notas Recuento de los espectáculos de la década de los noventa, aquellos de mayor significación en la opinión del crítico

Referencia Rodolfo Obregón, “Espectáculos de la memoria”, en Proceso, 26 diciembre 1999, p. 59.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

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Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

Espectáculos de la memoria

Rodolfo Obregón

Vista a toro pasado, la década de los noventa muestra claramente la atomización del teatro mexicano que había alcanzado, en la década anterior, su esplendor y caída sobre los escenarios universitarios.

Con la desaparición del Centro de Experimentación Teatral (INBA), había desaparecido la última iniciativa institucional de una compañía de repertorio, con un elenco estable, y la posibilidad de articular un discurso estético en continuidad.

La disolución del Taller del Sótano, al iniciar la segunda mitad de los noventa, simboliza a su vez el fracaso del teatro independiente y su necesidad futura de cobijo bajo la roída manta del presupuesto gubernamental.

Dejando a un lado el coqueteo de las instituciones y algunos hacedores del teatro con una Iniciativa Privada “privada de iniciativas”, estos hechos ayudan a explicar el porqué los creadores con trayectorias reconocidas han sido tan irregulares durante la década y los nuevos creadores no han logrado marcar claramente su presencia como el tan necesario relevo generacional.

Los espectáculos producidos durante los últimos 10 años del siglo XX que constituyen mi personal “museo imaginario del teatro”, aquéllos cuyos ecos son aún capaces de suscitar las sensaciones que produjeron en su momento, se caracterizan claramente por su formato pequeño, su apuesta por la intimidad, y son siempre frutos predilectos del azar, del encuentro fortuito e irrepetible de algunas sensibilidades individuales y no del desarrollo de un lenguaje de grupo.

En la memoria de este cronista, la década abre con dos puestas en escena de Ludwik Margules, cuyos niveles actorales no han vuelto a aparecer sobre nuestros escenarios: Señora Klein (1990), de N. Wright, y Ante varias esfinges (1991), de Jorge Ibargüengoitia. Siendo la primera una obra dramática menor, las actuaciones de Delia Casanova, Margarita Sanz y Ana Ofelia Murguía permanecerán vibrantes en el recuerdo como las de casi la totalidad del elenco de Ante varias esfinges’ en particular, el entrañable testamento vital de Augusto Benedico, quien desbordó, al costo de su propia vida, las fronteras de la ilusión teatral.

Otra lamentable desaparición, la de Alejandro Reyes, estuvo ligada a uno de los espectáculos más significativos de la década: Carta al artista adolescente (1994), de Joyce-Moncada y Martín Acosta, subrayó la emancipación del discurso escénico respecto al texto dramático y la predilección por el tono íntimo y los formatos pequeños.

Obligados por las condiciones en que se realiza el teatro fuera del DF, más que como resultado de una elección especial, pero ahí sí con sentido de grupo, algunos de los momentos sensibles más significativos de estos años sucedieron, respectivamente, en Monterrey, Morelia, Xalapa, San Luis Potosí y Guadalajara.

Niño y Bandido (1991), de Gabriel Contreras y Jorge A. Vargas, nos iluminó con sus encantadoras metáforas de lo mexicano y el rigor de un teatro concebido como deslumbrante construcción corporal.

Una tal Raymunda (1991), de Delfina Careaga y Fernando Ortiz, permanece acaso como la mejor traducción escénica del universo rulfiano.

Gucha’chi (1991), de Abraham Oceransky, validaba sobre la escena, en un acto de transmutación teatral pura, la pervivencia del pensamiento mágico.

Pescar Águilas (1995), de Handke-Ballesté y Jesús Coronado, lograba concretar, sin necesidad de una sola palabra, el universo de estancamiento temporal y una poderosa estética del desierto.

El lugar del corazón (1995), de Juan Tovar y Fernando Delgadillo, demostró la aterradora eficacia escénica de tres púberes aprendices de bruja.

Finalmente, dos creadores de amplia trayectoria, los antípodas de la puesta en escena, se encontraron con sus actores y su público en dos trabajos que renunciaron a la dimensión espectacular de sus antiguas creaciones para refundar el teatro en el poder de la palabra y en la figura del actor como eje central de todo discurso escénico: La guía de turistas (1995), de Botho Strauss y Luis de Tavira, y Cuarteto (1996), de Heiner Müller y Ludwik Margules.