FICHA TÉCNICA



Título obra La Celestina

Autoría Fernando de Rojas

Dirección Claudia Ríos

Elenco Luisa Huertas, Mariana Lecuona, Ernesto Villa

Escenografía Xóchitl González

Notas de Música Alejandra Hernández / musicalización

Espacios teatrales Teatro de Santa Catarina

Referencia Rodolfo Obregón, “La Celestina”, en Proceso, 19 diciembre 1999, pp. 61-62.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

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Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

La celestina

Rodolfo Obregón

Así son las condiciones de nuestro teatro: un actor se va durante el proceso de trabajo y el director –o productor– debe saber si su proyecto sigue adelante o debe esperar nuevamente los vientos propicios. Sin embargo, existen obras cuya posible existencia escénica está ligada a la disponibilidad de un único e irremplazable protagonista. Tal es el caso de La Celestina.

La recreación de semejante arquetipo tendría que responder a las características específicas de una actriz determinada, a su deseo de correr el gran riesgo, y, por supuesto, a la pasión de todo el conjunto por esta obra fundamental de nuestra literatura.

Por ello, uno se acerca el fin de semana al Teatro de Santa Catarina con cierta desconfianza, sabedor que por la producción de esta Celestina desfilaron al menos dos actrices antes de que la monumental alcahueta se metiera en el pellejo de la gran profesional que es Luisa Huertas.

Las primeras imágenes de la puesta en escena parecen desmentirnos: una atractiva y funcional escenografía de Xóchitl González, síntesis de tablado y retablo, escalera que comunica el cielo con el infierno, cuesta y llanura; la sensible musicalización de Alejandra Hernández, y la hermosa presencia de Mariana Lecuona en una Melibea que a la orilla de una fuente parece atrapada por la fascinación de su propia imagen, nos hacen creer.

La ilusión se desvanece sin embargo en cuanto “Calisto” (Ernesto Villa) pisa el escenario. Pasado de edad y carente no sólo de los nobles atributos del personaje, sino de aptitudes actorales, Villa instaura sobre la escena el jadeo como sustituto de la pasión, el lloriqueo por el dolor y la sobre-excitación como engañosa simulación de lo dramático.

El resto del elenco, desde luego en menor medida, parece seguirlo: la ausencia de profundidad se compensa con un evidente sobre-esfuerzo. Ni trágicos ni cómicos, los actores cumplen con mayor ahínco que sensibilidad la limpia escenificación de Claudia Ríos.

Preparada por la Fabia de El Caballero de Olmedo, Luisa Huertas se acerca a La madre de toda nuestra literatura con su acostumbrado rigor formal. Pero únicamente en la escena del conjuro logra hacer sensibles para el espectador los abismos metafísicos de la gran remendavirgos.

A diferencia de lo que sucede con Calixto y Melibea, Luisa Huertas parece demasiado joven para el personaje y, a la ya de por sí inasible geometría de su criatura, se suma la ausencia de ese “extra” que permite al actor ir más allá de sí mismo para acercarnos siquiera a la arquetípica existencia. Evidentemente, éste no era “su proyecto”, y, pese a todo, su oficio y compromiso, su forma de paladear el carácter extraordinario del texto, sostienen en gran medida la puesta en escena.

La ausencia de pasión en esta arquitectura de pasiones no es, sin embargo, responsabilidad absoluta de los intérpretes. La puesta en escena de Claudia Ríos, admirable por su capacidad de síntesis y su economía de medios, carece definitivamente de erotismo, de altura poética y de la ruindad de alma que conforman la inigualable materia humana, demoniaca y divina de Don Fernando de Rojas.

Tomando prestado el título del ensayo de Sergio Fernández, a esta escenificación le hace falta “el estiércol de Melibea”. Particularmente desafortunadas resultan las escenas eróticas, explícitas y al mismo tiempo pudorosas.

Digna de encomio, la empresa de Claudia Ríos parece aplastada por un evidente respeto al texto que no le permite encontrar en él su propia pasión. Por lo mismo, el resultado asemeja más a la asepsia de un ejercicio académico que al vuelo entrañable de un acto poético.