FICHA TÉCNICA



Título obra Persephone

Autoría Robert Wilson

Dirección Robert Wilson

Elenco Evri Sophroniadou, Keith McDermott, Inés Somellera

Referencia Rodolfo Obregón, “Persephone”, en Proceso, 24 octubre 1999, p. 70.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

Persephone

Rodolfo Obregón

Como plato fuerte de la programación teatral del recién concluido Festival Internacional Cervantino, se presentó por primera vez en nuestro país un espectáculo de Robert “Bob” Wilson. Persephone (1995), producción ítalo-norteamericana de una hora escasa de duración, resultó apenas un bocado –si bien representativo– que permite paladear el riguroso estilo abstracto y el depurado diseño espectacular de este singular “autor escénico”, arquitecto y artista plástico. La nouvelle cousine del Festival se pasó de exquisita y nos dejó con un sabor a poco.

Lejos del radicalismo de los años setenta, en el que se forjaron su método y su estética, los espectáculos de Wilson no suelen ya conmocionar al medio teatral. Incluso, suele catalogárseles como “espectáculos en serie” o definirlos con el despectivo término de “estética del design”. Pero a decir verdad, ningún otro creador teatral conmociona en los escépticos noventas –“las noches de los espectáculos iluminadores han terminado”– y las series de Wilson siguen siendo grandes series.

Persephone es tan solo un fragmento del gran continuo wilsoniano que opera tanto al interior de cada una de sus obras como entre ellas. De hecho, es un desprendimiento surgido de T.S.E. Come under the shadow of this red rock y en ella aparecen –y aquí su gran interés– las constantes temáticas y estilísticas de su autor. Pero habría que decir simplemente “las constantes”, pues Wilson enfatiza permanentemente que el estilo formal es el contenido. El tema no está sino en la forma de la realización.

El mito de Perséfone es el hilo conductor (imposible hablar de trama) que recorre los cuatro cuadros del espectáculo haciendo resonar sus ecos en diversos campos de la experiencia humana. La mezcla del himno homérico a Deméter y las alusiones a la vida contemporánea no persiguen la actualización del mito, sino el juego deliberado entre su desacralización y la ritualización de la realidad banal a través de un comportamiento altamente estilizado y repetitivo. Como en todas las obras de Bob Wilson, la verdad se revela asumiendo abiertamente el artificio.

La fría pero perfecta pintura wilsoniana, con sus espacios vacíos y sus dramáticos cicloramas, el claro trazo coreográfico y la admirable capacidad de síntesis en el diseño del vestuario y los elementos escenográficos, que configuran el hierático mundo exterior, son contrastados con la organicidad de un piso cubierto de tierra y la presentación de un inframundo plagado de objetos inútiles, en el que se desplazan cómicamente unos “hombres topo” en tono de music-hall.

De entre las ruinas de ese infierno en obra, surge el singular tratamiento del habla heredado de los tiempos de Christopher Knowles. Desprovistas de su significado, las palabras se descomponen en juegos rítmicos y sonoros que repercuten en el ritmo interior de los intérpretes. En las escenas exteriores, el mismo efecto se produce a través de la combinación de textos en tres idiomas donde sobresale la extraordinaria sonoridad del griego clásico, magníficamente entonado por Evri Sophroniadou.

Esos escasos momentos, junto al himno homérico pronunciado en inglés por un excelente Keith McDermott, que completa la disociación gesto-texto gesticulando sobre una banda sonora, dan una pequeña muestra del poder del artista texano; pero Persephone, en el que interviene la actriz mexicana Inés Somellera, equivale a una muestra con cuatro bellos grabados de un autor cuyos lienzos y grandes frescos lo colocan en la cima teatral del último tercio del siglo veinte.