FICHA TÉCNICA



Título obra Alicia en la cama

Autoría Susan Sontag

Dirección Juliana Faesler

Elenco Clarissa Malheiros

Espacios teatrales Teatro El Galeón

Referencia Rodolfo Obregón, “El terrible dolor de la lucidez”, en Proceso, 10 octubre 1999, p. 73.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

El terrible dolor de la lucidez

Rodolfo Obregón

Desafiando el más elemental postulado psicoanalítico, el profundo conocimiento de sí y del mundo que nos rodea no suele traducirse en el dominio y la mejor adecuación del ser a sus circunstancias. Por el contrario, la vida y sus múltiples reflejos nos muestran a cada momento el agobiante peso que suele acompañar a la claridad de la conciencia.

En el drama chejoviano, para citar el gran ejemplo, los personajes viven asolados por el terrible dolor de la lucidez. Esta insoportable enfermedad de la inteligencia determinó la vida de Alice James (1848-1892), hermana del famoso novelista Henry y el sicólogo William, y cuyos diarios y trágica existencia son la materia del primer drama de otra gran conciencia de nuestro tiempo: Susan Sontag.

Alicia en la cama, que terminará su temporada de todos los lunes a la par de la existencia del actual Teatro Galeón, es una luminosa construcción verbal que juega deliberadamente con la tensión generada por un espíritu audaz atrapado en un cuerpo corrompido por la enfermedad, y la oposición entre el confinamiento al asfixiante espacio de una cama y la infinita libertad del pensamiento.

En las ocho escenas del drama, las circunstancias biográficas de Alice James, las relaciones con su padre y su célebre hermano Henry, se entrelazan con las dos formas que esa mente indomable encuentra para viajar fuera de los estrechos límites del cuerpo: el viaje consciente de la rigurosa imaginación y la impredecible travesía de la fantasía alucinatoria.

Estas dos formas del conocimiento dan pie a las dos cimas del poema dramático: el fascinante monólogo en el cual Alicia construye minuciosamente su vívido y sensible recorrido virtual por la ciudad eterna, y la alucinación en la cual Susan Sontag hace coincidir a su criatura con los espíritus de otras grandes mujeres marcadas por la desgracia (Margaret Fuller y Emily Dickinson) y la presencia tangible de algunos seres provenientes del no menos real imperio de la fantasía (Myrtha de Giselle y Kundry de Parsifal).

Ambas escenas climáticas evidencian los altibajos de la escenificación de Juliana Faesler (cuyo mérito mayor, está claro, es el valor para fajarse con grandes textos dramáticos), en la cual la cama de Alicia es el eje sobre el que gira un atractivo dispositivo escénico que se fuga hacia un cielo ilusionista (Por desgracia, en El Galeón, el carrusel queda lejos del espectador creando una distanciadora no man’s land).

Si el ambiente general de la puesta en escena remite ya de manera evidente al territorio de la imaginación infantil, la fantasiosa caracterización de los personajes que rodean a la protagonista y los signos escénicos elegidos por la directora, confieren por momentos un tono aniñado que elimina el necesario contraste con la dolorosa realidad de la descomposición corpórea. Esto es particularmente evidente en la confusa escena de la alucinación, donde el empleo de máscaras y muñecos de trapo suprime la carnalidad que haría del encuentro un acontecimiento entrañable.

Por el contrario, la portentosa elaboración literaria de la visita imaginada a Roma adquiere, en la impecable codificación corporal y vocal de Clarissa Malheiros, toda la fuerza arrebatadora de la poesía hecha carne. A lo largo de todo el espectáculo, y a pesar de la poca colaboración emotiva del resto del elenco, la intérprete de Alicia sostiene el interés del espectador construyendo una devastadora fragilidad que se reconcilia con el brío y la entereza de su ánimo.