FICHA TÉCNICA



Título obra Libros para cocinar

Notas de Título Programa formado por las obras: Lynette a las tres de la madrugada de Jane Andersen; Tapadera de Jeffrey Sweet; 4:00 AM de Bob Krakower; Cien mujeres de Kristina Halvorson; y ¡Zas! de Lynn Nottage

Dirección Ignacio Escárcega

Elenco Raúl Adalid, Juan Carlos Vives, Karina Gidi, Mónica Huarte, Manuel Sevilla

Escenografía Arturo Nava

Espacios teatrales Foro Antonio López Mancera

Referencia Rodolfo Obregón, “La cocina de los actores”, en Proceso, 5 septiembre 1999, pp. 66-67.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

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Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

La cocina de los actores

Rodolfo Obregón

En temporada los mediodías de sábado y domingo, en el activo Foro Antonio López Mancera del CNA, Libros para cocinar es un espectáculo que reúne cinco obras breves creadas originalmente para el Actors Theatre de Louisville, Kentucky. Esta institución promueve, a través de un Concurso Nacional y la producción de sus espectáculos, la escritura de obras dramáticas con una clara delimitación temporal que las ha bautizado como género: ten minutes plays.

El ejercicio del formato pequeño obliga a los autores a entrar de lleno en el conflicto desde las primeras líneas, a la creación de personajes claramente delineados y a la escritura de un diálogo preciso, sin adornos ni divagaciones; al fin y al cabo, no hay tiempo que perder.

El resultado, que según el programa de mano ha sido definido por algunos como “haikús dramáticos”, puede oscilar realmente entre la poesía esencial del haikú y el mero artesanado. En el caso de las obras reunidas por Ignacio Escárcega en Libros para cocinar, sólo la primera de ellas, Lynette a las tres de la madrugada de Jane Andersen, alcanza a desprenderse de la correcta realización más cercana al dominio del oficio que al vuelo trascendente de la poesía.

Sin embargo, las cinco piezas que giran en torno a la contradicción entre las aspiraciones del amor y la realidad de las relaciones amorosas, son, en su redonda factura, un material idóneo para el ejercicio actoral; y como tal las ha llevado a escena Escárcega.

Por ello, no se explica del todo la búsqueda de unidad del espectáculo a través de los enlaces musicales, poco claros e imaginativos (a excepción del primero que funciona como un muy divertido rompimiento) y apoyados no en una música original o con una constante temática que acercara las obras a nuestro contexto, sino en una serie de canciones por demás conocidas (Charly García) cuya única justificación parece ser el gusto del director.

Ya que éste apuesta por la gimnasia actoral que significa el saltar de un personaje a otro, de una obra a otra, con la intensidad que la brevedad les confiere, era de esperar que la unidad estuviera dada por el tono actoral, su relación con la temática y por un espacio, que, pese al eficaz diseño de Arturo Nava, contribuye a la dispersión.

Al interior de las mini piezas, sin embargo, el ejercicio actoral es más convincente gracias a la flexibilidad y disposición del elenco en el cual sobresalen, con mucho, las dos intérpretes femeninas.

En Tapadera, una obra de Jeffrey Sweet que no rebasa el nivel de la ocurrencia en la situación de encubrimiento que formula, y en 4:00 AM de Bob Krakower, una construcción más atractiva sobre la ausencia de sincronía en el encuentro amoroso, la eficacia de la narración y la creación de atmósferas topa con la nula aportación de Raúl Adalid, un actor ajeno por completo al desarrollo de la acción y, por momentos, con la falta de veracidad y exceso de confianza en la propia simpatía de Juan Carlos Vives.

Por el contrario, cuando la encarnación del conflicto íntimo al que remite la pasión no correspondida recae en el trabajo de Karina Gidi (Cien mujeres de Kristina Halvorson), el espectador es testigo de una de las sensibilidades más refinadas de nuestro teatro, de una actriz que dota de humanidad, en una mezcla de dolorosa verdad y sutil sentido del humor, a cada una de sus criaturas.

El trabajo de Karina Gidi es una confirmación de cualidades vistas a lo largo de su interesante trayectoria, en cambio, Libros para cocinar significa el salto definitivo de Mónica Huarte al exclusivo caldero del arte del actor. En la citada Lysette..., Mónica contrasta la finura y autenticidad de sus registros emotivos con un perfil cómico francamente gozoso. En esta obra, la actriz consigue una atmósfera de inquietante hastío y paranoia involuntariamente humorística en la que irrumpe el sueño amoroso personificado por Manuel Sevilla, un actor comprometido con la ficción, sincero y pleno de energía pero cuyas imperfecciones no atendidas en el habla (desaparición de los inicios de frase, finales en monótona semicadencia) le restan precisión y credibilidad.

La última parte del espectáculo, ¡Zas! de Lynn Nottage, otra obra que no trasciende la cualidad de juguete cómico planteado en su simpático argumento, otorga sin embargo la oportunidad de gozar la complicidad, camaradería y vitalidad de las dos actrices, que, por si fuera poco, cantan bien y cuyo encanto en escena es a todas luces el plato fuerte de esta cocina.