FICHA TÉCNICA



Título obra En la soledad de los campos de algodón

Autoría Bernard-Marie Koltès

Notas de autoría Malú Huacuja del Toro / traducción

Dirección Julián Hernández y Roberto Fiesco

Elenco Miguel Flores, Salvador Álvarez

Espacios teatrales Foro Antonio López Mancera

Referencia Rodolfo Obregón, “En la soledad de los campos de algodón”, en Proceso, 29 agosto 1999, pp. 63-65.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

imagen facsimilar 2

Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

En la soledad de los campos de algodón

Rodolfo Obregón

Una de las obras dramatúrgicas más importantes del fin de este siglo la constituye la precoz e intensa escritura de Bernard-Marie Koltès; autor que, junto al alemán Heiner Müller, ha sido el más difundido y representado de los últimos veinte años

Creada en el corto periodo que va de 1977 a 1988, la obra principal de Koltès está formada por seis dramas a la par de luminosos, de los cuales sólo uno había sido representado en México: Roberto Zucco

En todas estas obras, La noche delante de los bosques, Combate de negro y de perros, Muelle Oeste, En la soledad de los campos de algodón, Regreso al desierto y la citada Zucco, Koltès describe una sociedad anquilosada, atrapada por los grandes muros que los individuos han levantado entre sí, y en la cual el único movimiento posible, a la manera de Jean Genet, se encuentra en los márgenes. Pero a diferencia de su antecesor en la tradición de los poetas malditos, Koltès no entroniza a estos seres marginales, ni los rodea de un fausto ceremonial, sino que los muestra despojados de toda grandeza, presas de una voluntad por disolverse en la masa inmóvil. Como lo dice el “Comprador” de En la soledad de los campos de algodón: “Yo no deseo ser bueno ni grosero, ni golpear ni ser golpeado, ni seducir ni que usted intente seducirme. Yo deseo ser un cero”

En la soledad..., que se presenta todos los lunes en el Foro Antonio López Mancera del Centro Nacional de las Artes, es una obra sumamente representativa del universo koltesiano y, probablemente, la más radical en cuanto a sus premisas formales y estilísticas. En ella, un “Dealer” y un “Cliente” se enfrentan para realizar una transacción “basada en valores prohibidos o estrictamente controlados” y, por tanto, en la periferia de la vida ordinaria. Pero en este encuentro que dura casi un par de horas, la transacción nunca se concreta pues no se trata de satisfacer algún deseo material. La batalla entre quien ofrece y su posible comprador adquiere el tinte de un diálogo filosófico en torno a un único valor de cambio: el deseo por el deseo.

Como en otras obras del autor, la estructura renuncia de antemano a lo anecdótico y plantea en cambio una situación básica que sostenga, a manera de armazón, la pirotécnica construcción de las palabras. Son éstas las auténticas protagonistas del espectáculo pues los personajes –como lo señalaba Heiner Müller– “están construidos y se desarrollan a partir de las palabras”.

Los personajes de En la soledad... se retan, se amenazan, se esconden, se seducen, se hieren, únicamente a través del filo del lenguaje; pues a diferencia de la dramaturgia tradicional, el conflicto no se encuentra en el texto ni constituye su finalidad, sino que se ubica, como sucedería en el enfrentamiento entre dos fieras, en términos de una condición dada. Es esa fuerza elemental la que los coloca en el tiovivo de una percepción distorsionada y la que logra, tal y como lo deseaba Koltès, que el diálogo exista únicamente como “la confrontación de dos monólogos que intentan cohabitar”.

La puesta en escena de Julián Hernández y Roberto Fiesco, apuesta, sin embargo, por la búsqueda del conflicto en el desarrollo de los acontecimientos, actitud particularmente notoria en la emocionalización que Miguel Flores realiza en el papel de “El cliente”. Poseedor de un oficio menos desarrollado, “El dealer” Salvador Álvarez, se encuentra paradójicamente más cerca de la concepción actoral de Koltès, si bien su fuerza motriz no es lo suficientemente sólida para funcionar como el detonador que haga estallar en esquirlas el lenguaje que entreteje una realidad cotidiana con una realidad mítica y que constituye el máximo atractivo del poeta francés.

Los jóvenes directores y su elenco corren el riesgo y la honestidad del intento, en el cual se agradecen la sutileza y la claridad, permite al espectador enfrentarse con un texto fundamental para el teatro de nuestro tiempo en la correcta traducción de Malú Huacuja del Toro. Esta escritura dramática exigiría, sin embargo, una forma de representación alternativa a los usos tradicionales de nuestra escena, que estableciera un mayor contraste dialéctico entre las acciones y el lenguaje, una frecuencia mental alterada de los personajes (tal y como sucede en determinadas cinematografías: David Lynch, por ejemplo) y donde se pudiera establecer una relación no literal con las palabras como la que sugería el propio Koltès: “como un niño que repite la lección con un fuerte deseo de terminar, que va muy rápido, balanceándose entre sus dos piernas, y que, una vez que termina, se precipita a hacer lo que todo el tiempo había tenido en mente”.