FICHA TÉCNICA



Título obra Erótica de fin de circo

Dirección Israel Cortés

Elenco Jerildy Bosch, Rodolfo Jacuinde, Doménico Espinosa, Diane Eden, Ramón Solano, Silvia Carusillo, Renata Wimer

Escenografía Jorge Ballina

Notas de coreografía Mikhail Shatin / entrenamiento de circo

Notas de Música Agustín Bernal / director de grupo; Iraida Noriega / voz

Grupos y compañías Circo Raus

Espacios teatrales Teatro de las Artes

Referencia Rodolfo Obregón, “Estética y fin de circo”, en Proceso, 22 agosto 1999, pp. 72-73.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

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Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

Estética y fin de circo

Rodolfo Obregón

Los caminos del espectáculo son múltiples, aunque nuestro teatro tienda a olvidarlo. Por ello, y a pesar de que el arte vertiginoso de nuestro siglo parece haberlos transitado todos, no deja de ser gratificante la aparición de formas no cultivadas en México y la presencia de un grupo de creadores con claras líneas de exploración.

Antecedida por El funámbulo, circo de cámara a partir del poema homónimo de Jean Genet, la compañía “Circo Raus” presenta ahora, en el gran formato del Teatro de las Artes (CNA), su “alquimia escénica compuesta de circo, teatro, danza y música para celebrar los latidos eróticos de fin de milenio”, bajo el seductor título Erótica de fin de circo.

Con una dramaturgia circular, el espectáculo se apoya en una anécdota sencilla sobre las inquietudes de un aburrido director de circo que, visitado por una fantasmal criatura, da pie a una cadena de fantasías eróticas relacionadas con el extravagante y riesgoso mundo circense. La sucesión de imágenes, acompañadas por la música en vivo, algunos números coreográficos y los recursos propios del circo, constituyen la columna vertebral de la narración, apoyada apenas por unas cuantas palabras que pretenden instaurar el misterio y una atmósfera de ensoñación poética.

La ausencia de sentido de trascendencia es el trapecio en que se balancean las hedónicas características del hombre de fin de siglo: la consagración de las sensaciones, el individualismo, la erotización de todos los campos de la cultura y las relaciones sociales, el culto a la originalidad, el diletantismo, la mirada escéptica, la búsqueda de sucedáneos para una realidad desencantada.

En clara sincronía con su tiempo, el Circo Raus apuesta por un ambicioso esteticismo que convierte, tanto al fenómeno de feria como a la imaginación erótica, en un objeto para regalar a los sentidos, a la vez que lo desprovee de cualquier contenido inquietante o francamente transgresor. Por ello, el espectáculo promete mucho más de lo que otorga. La falta de progresión acumulativa de las imágenes, el pudor que oculta sistemáticamente los cuerpos desnudos tras velos y contraluces, y un cierto onanismo en el cual los intérpretes se gozan mucho más a sí mismos que a sus compañeros de fantasía; pero, sobre todo, la sustitución de la experiencia por su imagen plástica, conforman un discurso mucho más cercano a lo estetizante que a un auténtico erotismo.

El “Circo erótico” que dirige Israel Cortés es un claro representante de la actitud finisecular y todos sus componentes persiguen con éxito el mismo propósito, pues las dimensiones del espectáculo, su impecable factura y su belleza formal no dejan lugar a dudas.

En esta “alquimia escénica”, quizás sea la danza el elemento menos logrado pues denota todos los lugares comunes del lenguaje coreográfico, que, en su evidente agotamiento, pretende inútilmente convertir un hallazgo efímero, como la danza vertical, en un género autónomo.

El resto de los elementos convocados por Israel Cortés cumple plenamente con las funciones determinadas por el director. La grandeza espectacular se debe en gran medida a los espacios creados por Jorge Ballina, quien se reserva un as bajo la manga en la inversión de perspectivas que al final de la obra sorprende al espectador mirando al mundo del circo desde sus propias entrañas. El trabajo de este escenógrafo, que ha dado ya otras muestras de la dimensión de sus ambiciones plásticas (Más allá, Retablo embrujado), refleja también un rasgo generacional ligado a la costumbre selectiva del control remoto y la estética televisiva: la falta de confianza en el valor dramático de sus propios espacios lo hace caer en la tentación de suplantar la progresión por una gran cantidad de cambios que terminan saturando al espectador e invalidando sus propios aciertos.

Otro tanto puede decirse de la música, interpretada por el estupendo grupo que dirige Agustín Bernal y donde sobresale la deliciosa voz de Iraida Noriega. A pesar de su calidad, el espectáculo se satura con una musicalización que va siempre paralela a la imagen y cuyos acordes evocan con mayor frecuencia la arrulladora atmósfera del new age que el contraste disonante del jazz.

En términos de eficacia dramática, es la ejecución circense la que aporta mayor tensión al espectáculo; el riguroso entrenamiento a cargo de Mikhail Shatin al que se han sometido Jerildy Bosch, Rodolfo Jacuinde, Doménico Espinosa, Diane Eden, Ramón Solano, Silvia Carusillo y Renata Wimer, aporta el nervio vivo del trapecio y el alambre y el compromiso “vital” de los intérpretes.

La elección de este grupo de creadores por el universo específico de la magia, la acrobacia y el malabar como forma de enriquecimiento del lenguaje teatral promete grandes resultados si, lejos de la receta aplicable a cualquier estructura dramática (como sucedió a Caca Roset y su D’Ornitorrinco), en el trabajo futuro logra conjuntar (a la manera del circo ecuestre Zingaro) el poder de sus bellas imágenes con la profundidad emotiva que las grabe de manera entrañable en la memoria afectiva del espectador y la alta escuela del nervio que ofrece el fascinante mundo del circo.