FICHA TÉCNICA



Título obra Juan Volado

Autoría Elena Guiochins

Dirección Jean-Marie Binoche

Notas de dirección Alicia Martínez / manejo de máscaras

Elenco Adriana Duch

Grupos y compañías Tablas y Diablas

Espacios teatrales Teatro Julio Castillo

Notas Obra basada en un mito totonaca

Referencia Rodolfo Obregón, “Juan Volado”, en Proceso, 1 agosto 1999, p. 72.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

Juan Volado

Rodolfo Obregón

La memoria del teatro occidental ha estado ligada durante casi veinticinco siglos a la pervivencia del texto dramático. Hasta hace apenas unas décadas, la historia del teatro fue siempre la historia de la literatura dramática, pues las condiciones de representación desaparecen casi en el acto mismo de su realización y acaso permanecen, no sin alteración, durante algunas generaciones. Este no es el caso de Oriente, cuya memoria teatral es una memoria gestual que permanece invariable a lo largo de los siglos, ni lo ha sido en gran parte de la tradición del teatro popular y particularmente en su edad dorada: los doscientos cincuenta años de la commedia dell’arte.

Cuando uno revisa la historia de este arte en nuestro país, se siente tentado a pensar que nuestra tradición está ligada de un modo mucho más poderoso con las formas de representación que con la escritura del drama. Y cuando uno asiste a un espectáculo como Juan Volado, del grupo Tablas y Diablas, no hace sino confirmarlo.

Desde luego, el elemento central del trabajo: la máscara, no proviene en este caso directamente de la tradición local, sino que ha sido filtrado por la experiencia de la formación del grupo y la especialización del director invitado –el suegro de media humanidad: Jean-Marie Binoche– en lo que hace algún tiempo se dio en llamar no sin reduccionismos “el teatro del gesto”; pero sí coincide plenamente con el arraigo popular de este elemento en nuestra cultura.

A partir del dominio de este arcaico y complejo instrumento, y de su práctica consustancial: la improvisación, los integrantes del grupo urden una historia contemporánea basada en un mito totonaca de la zona del Tajín. Juan Atkzin se ha convertido, por arte de teatro, en Juan Volado.

La estricta codificación corporal –y vocal– que exige el manejo de la máscara es, sin duda, el puente perfecto para encarnar en toda su magnitud mítica las peripecias de este torbellino convidado por los dioses del Rayo y el Trueno con la ingenuidad de quien pone a La iglesia en manos de Lutero. Pero lejos de solemnizar el ameno relato o plagarlo de un idealizado y chato color local, el acercamiento temporal lo inserta de lleno en la experiencia cotidiana y da pie a un rico imaginario que se traduce en un novedoso espectáculo pleno de reminiscencias tradicionales. Del diseño y la realización de las máscaras a las formas verbales empleadas, pasando por un espléndido vestuario, todo en la puesta en escena tiene algo de original y de heredado.

A la manera de los cómicos del arte, Juan Volado ha sido construido en “familia”, y su director, muy cercano al teatro latinoamericano desde hace más de treinta años, gusta señalarlo con un término en desuso: “creación colectiva”. Sin embargo, como también fue común en aquellas troupes de trotamundos, en “Tablas y Diablas” algunos son más colectivos que otros o por lo menos no todos cargan el baúl, limpian el jardín del edén, ni guisan los frijoles: no todos son Juan Volado.

Entre los aciertos de este disfrutable espectáculo que, a diferencia de su mítico inspirador, escapa del cofre todos los sábados y domingos sobre los molierescos tablones del Teatro Julio Castillo, sobresale la mano dramatúrgica de Elena Guiochins, quien asegura un redondo tejido de la trama, provee a los personajes de ingeniosos y divertidos juegos verbales e, incluso, logra una efectiva versificación de claro gusto popular.

Por contradictorio que parezca, la máscara no oculta tanto como revela y tras su éxito se esconde siempre una personalidad extraordinaria. En la tradición de esta otra forma de concebir el teatro, sobresale siempre el ser que se oculta tras el cuero, la madera, el papel o el pedazo de tela. Juan Volado no es la excepción. Su propuesta escénica hace eco en la precisión del movimiento, el dúctil manejo de la voz, la energía huracanada y el desaforado encanto de Adriana Duch, una auténtica arlecchino que revive hoy la fascinación y fantasía que en todos los tiempos y lugares han producido los personajes enmascarados.

Por supuesto, un trabajo tan especializado como lo es la interpretación con máscara no habría sido posible sin el entrenamiento previo del grupo que desde hace años dirige Alicia Martínez en Xalapa, la ciudad que si no está cerca del cielo, con el vuelo de Juan por lo menos araña las nubes.