FICHA TÉCNICA



Título obra La isla

Autoría Athol Fugard

Notas de autoría Alfredo Michel y Alonso Ruizpalacios / traducción

Dirección Alonso Ruizpalacios

Elenco Pedro Armando Rodríguez, Christian Baumgartner

Escenografía Tere Uribe

Espacios teatrales Foro La Gruta

Referencia Rodolfo Obregón, “La isla”, en Proceso, 25 julio 1999, p. 67.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

La isla

Rodolfo Obregón

La pertinencia del teatro “comprometido” suele estar condicionada por el momento histórico que lo produce y las circunstancias sociales específicas contra las cuales reacciona. A diferencia de las últimas dos décadas, donde –en el mejor de los casos– se acepta un arte libre de compromisos pero realizado por personas comprometidas, los valores heredados de la energía utópica del sesenta y ocho anteponían la función política del teatro, su pretendida incidencia en la realidad social, a la función artística y los valores éticos y estéticos que de ella derivan.

A esta época, y a las circunstancias concretas del apartheid, respondía la obra del dramaturgo y director sudafricano Athol Fugard quien hoy día recorre la legua con un espectáculo autobiográfico sobre aquellos tiempos que –esperemos– no volverán pero permanecerán en la memoria como una de las grandes vergüenzas de la humanidad.

Escrita, como gran parte de la dramaturgia de los setenta, a partir de las improvisaciones de su elenco original, La isla puede ser leída como documento histórico (incluso el nombre de los personajes es el mismo de sus creadores) o bien como un alegato sobre la dignidad del hombre, la capacidad para liberarse de cualquier aislamiento forzoso, su aspiración al vuelo. El vigor de esta segunda lectura y la solvencia de su estructura dramática, apoyada –otra constante de época– en un juego de teatro dentro del teatro, permiten que la obra trascienda el tiempo en que fue escrita y pueda ser disfrutada hoy día en la versión de Alfredo Michel y Alonso Ruizpalacios que sube a escena todos los sábados en La Gruta del Centro Cultural Helénico.

La isla marca el debut profesional de Alonso Ruizpalacios y de sus dos actores: Pedro Armando Rodríguez y Christian Baumgartner. Dentro de la atractiva y claustrofóbica prisión diseñada por Tere Uribe, que atrapa al espectador y “se fuga” maliciosamente hacia un espacio imaginario, ora playa, ora sueño, ora tablado, el joven equipo de creadores realiza una imaginativa construcción del encierro, las fantasías con que los personajes matan la espera que les consume, y la rebeldía que se expresa en su ansiada escenificación de una Antígona sui generis.

Con un número mínimo de elementos, como corresponde a la situación dramática, que cambian constantemente de significación, el director y sus actores crean y se recrean con las relaciones de conflicto, solidaridad, soledad compartida de sus personajes. Acaso la falta de experiencia de todos ellos no permite que la organización formal de estas relaciones encuentre los equivalentes específicos en su construcción interna. Pese a la sinceridad y entrega absoluta de ambos actores, la falta de matices emotivos impide la realización plena de la angustiosa atmósfera que la dirección pretendería contrastar con una paródica representación de Antígona, la cual, siendo el momento culminante de la obra, resulta por desgracia el punto menos logrado.

Se trata pues de una opera prima, estimulante y prometedora por el cuidado sensible de todos sus detalles: de la música en vivo al diseño publicitario, que muestra a un director inteligente y decidido y a dos actores entregados al descubrimiento de sí mismos y cuyas presencias constituyen el primer acierto de la puesta en escena.

En efecto, la imagen física de ambos, la energía corporal permiten al espectador trascender su inmediata asociación respecto al color de la piel de estos hombres presos por supuestos crímenes contra las leyes raciales. Es más, el acento extranjero de Christian Baumgartner juega aquí como un singular efecto de lejanía en estos cercanos personajes.

En la búsqueda de la íntima verdad del hombre, más allá de las circunstancias históricas o de cualquier condición racial, el teatro se muestra paradójicamente como la isla donde se valoran las singularidades y donde han desaparecido todas las diferencias.