FICHA TÉCNICA



Título obra Meteoros calánimes

Notas de Título Programa formado por las obras Rebelión o la Farza en Pedazos y Mamagorka y su Pleyamo o Pleyamo y su Mamagorka

Autoría Gerardo Mancebo del Castillo Trejo

Dirección Concepción Reséndiz y Fabiola Rivera

Elenco José María Mantilla, Pedro Mira, Gerardo Mancebo, Vanessa Michel, Armando Ramírez

Notas de coreografía César Meneses / estilización corporal

Referencia Rodolfo Obregón, “Meteoros calánimes”, en Proceso, 4 julio 1999, pp. p. 60.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

Meteoros calánimes

Rodolfo Obregón

Un medio artístico ansioso de novedades como lo es el teatral, suele saludar con desproporcionado entusiasmo cualquier manifestación de vitalidad que aparece de pronto sobre los escenarios y, en un ritual de puro canibalismo, suele lanzar a los debutantes o a los “jóvenes creadores” a los cuernos de la luna para después poder azotarlos contra el pavimento. El problema de desarrollo de un lenguaje propio para quienes inician brillantemente sus carreras como directores, autores, actores, etcétera, se agrava frente a la ausencia de referentes y confrontación generacional: como diría Salvador Elizondo, nunca se sabe cuando uno deja de ser una joven promesa para convertirse en un viejo decrépito.

Uno de los trabajos escénicos más celebrados –de manera casi unánime– durante 1998, fue Las tremendas aventuras de la Capitana Gazpacho, obra que significó el debut profesional del dramaturgo Gerardo Mancebo del Castillo Trejo, la presentación de un muy sólido equipo de jóvenes actores –entre ellos el propio Mancebo– y la confirmación de un bisoño talento como director de escena: Mauricio García Lozano.

Sin lugar a dudas, los méritos de “La Gazpacho” justifican el entusiasmo que despertó y el éxito de su temporada, pues representa una bocanada de aire fresco en nuestro panorama teatral por el desenfado y la originalidad en el tratamiento de las relaciones de dominación, la gozosa reinvención de los roles sexuales, la sobredosis de anárquica locura, el sentido del humor y, a contrapelo de nuestras más rancias tradiciones dramáticas, por su definitiva asunción de lo que podríamos llamar un teatro teatral. Pero el éxito de su representación se debió también, en gran medida, a una imaginativa y rigurosa puesta en escena, y a un grupo de brillantes actores que pudo sobrellevar los problemas de estructura dramática –no señalados por el entusiasmo acrítico–, muy evidentes en la segunda parte de la obra, donde el texto se vuelve sumamente reiterativo y pleno de referencias en exceso directas que van desde las alusiones obvias a Esperando a Godot y las Alicias de Carroll, hasta el préstamo no confesado de una escena completa de Don Ramón del Valle-Inclán.

Hago deliberadamente esta larga introducción, porque los antecedentes grupales del autor y la mayor parte de los integrantes de aquella puesta en escena, así como de quienes participan ahora en Mundos calánimes, otras dos obras de Gerardo Mancebo, permiten pensar en un proyecto de “grupo” que debe ser analizado como tal por la esperanza –esa sí– que representa en términos de un proyecto que aspira a trascender la inmediatez de una obra o de una puesta en escena.

Con estas referencias en mente, Mundos calánimes se presenta con un nuevo golpe de intencionada vitalidad: dos obras que se representan alternadamente en el mismo espacio teatral (El Galeón) invitando al espectador a sumergirse dos días seguidos en un universo estilístico común. Rebelión o la Farza (sic) en Pedazos se representa los jueves y sábados y Mamagorka y su Pleyamo o Pleyamo y su Mamagorka los viernes y domingos.

Desafortunadamente, Mundos calánimes no logra traducir sobre el escenario el impulso de vida que contiene la propuesta del grupo. Difícilmente el espectador podrá sobrellevar las dos noches que implica el espectáculo y que no reserva sorpresas de un día para otro. El pretendido homenaje a Beckett, apuntado en La Gazpacho, se realiza plenamente aquí en Rebelión..., un planteamiento godotiano de dos personajes arrojados a su condición de despojos que, creyendo rebelarse contra su autor, se descubren abandonados por él. Pero si la gran obra de Beckett significó para el drama el descubrimiento de aquello que sucede cuando no sucede nada, en esta obra la ausencia de acontecimientos sólo se traduce en una reiteración del discurso beckettiano alrededor del supuesto cadáver de un tercer personaje. En Mamagorka..., otra vez la inversión de las relaciones de dominación nos llevan a una especie de anti-edipo que, ante la ausencia de evolución del personaje de Pleyamo, se convierte en un largo monólogo –casi tan largo como el nombre con que el autor firma sus obras– de mayor originalidad pero que abusa nuevamente de la reiteración. El particular manejo del diálogo, cargado de esdrújulas, barroquismos y gratas invenciones lingüísticas no consigue entonces caer sobre un terreno fértil que lo proyecte con potencia sobre el desarrollo de los personajes, y, por lo tanto, sobre el ánimo del espectador.

A diferencia de su éxito anterior, la puesta en escena no ayuda en absoluto a los textos. La dirección de Concepción Reséndiz y Fabiola Rivera –no se sabe qué pertenece a quién– retoma demasiado a la letra la propuesta escénica de La Gazpacho, pero la reduce únicamente a la estilización corporal –a cargo de César Meneses–, brillante en el inicio mas saturante ante la ausencia de interpretación de los textos e imaginación en la construcción de la puesta en escena. Ambas obras se escenifican sobre un espacio decorativo, mezcla de basurero industrial y cementerio de cuento infantil, que no evoluciona ni al interior de cada una ni entre ellas, y se acompañan de una ilustrativa pista sonora. Pero lo más grave quizás es la ausencia del peso de dirección sobre el trabajo actoral. En ambas obras, y a pesar de las enormes diferencia de las capacidades actorales, el registro actoral no logra ir más allá de la estridencia del grito o la sobresentimentalización del texto; hecho por demás notable cuando es el propio autor quien lo pronuncia. Esta sentimentalización y el nulo desarrollo del sentido del humor hacen que la trágica ridiculez beckettiana se convierta en este caso en una involuntaria parodia sobre la imposibilidad del melodrama.

Difícil juzgar el trabajo de José María Mantilla como El muerto que limita su participación al trabajo corporal y algunas poses decorativas, y el de Pedro Mira en un babeante Pleyamo convertido en mero pretexto para los estallidos de su Mamagorka; pero Mundos calánimes revela el problema para sus creadores de distinguir entre las aspiraciones del trabajo de grupo y las relaciones de amistad que únicamente podrán conducir al amateurismo. Frente al trabajo actoral de Gerardo Mancebo y Vanessa Michel, actores de posibles [sic], no puede dejar de señalarse la falta de posibilidades actorales de Armando Ramírez, empeñado en el grito y la impostación para ocultarse a sí mismo. Otro tanto debería plantearse respecto a la dirección de sus espectáculos y rescatar a la excelente actriz que es Concepción Reséndiz.

Si este brillante grupo desea en verdad convertirse en un creador de mundos, sus integrantes tendrán que sortear los golpes que ahora vendrán, o lo que es aún una más temible costumbre: sostener a “las jóvenes promesas” en el candelero de los mitos a pesar de la realidad de sus resultados. Tendrán que estar muy atentos para recuperarse y no dejarse perder a sí mismos en un medio que suele impedir la consolidación de los planetas y se deslumbra con el paso fugaz de los meteoros.


Notas

[N. del E. La transcripción que se presenta aquí reproduce el original proporcionado por el autor. El texto excedió los límites establecidos para la columna, por lo que la redacción de la revista lo editó ligeramente en su versión publicada.]