FICHA TÉCNICA



Título obra Ein Volk, ein Reich, ein Führer

Notas de Título Selección y adaptación de nueve piezas cortas del ciclo Terror y miserias del Tercer Reich

Autoría Bertolt Brecht

Notas de autoría José Caballero y Gilda Salinas / traducción y adaptación

Elenco Carolina Politti, Silvia Carusillo, Ramón Barragán

Referencia Rodolfo Obregón, “101 años de Brecht”, en Proceso, 13 junio 1999, p. 60.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

101 años de Brecht

Rodolfo Obregón

Los festejos por los cien años del nacimiento de Bertolt Brecht que, durante 1998, condimentaron las carteleras teatrales del mundo entero y dieron pie a polémicos encuentros, congresos y conferencias, cierran en nuestro país con la puesta en escena de Ein Volk, ein Reich, ein Führer, selección y adaptación de nueve piezas cortas del ciclo Terror y miserias del Tercer Reich que Brecht escribiera, con la colaboración de Margaret Steffin, en plena noche del nazismo.

Pero la clausura de los homenajes inaugura a la vez la interesante presencia del taller de dirección Casa del Teatro que coordina José Caballero. Las nueve escenas son dirigidas por ocho “nuevos directores” que sostienen, sin embargo, un mismo punto de vista y una unidad interpretativa y estilística garante de la solidez del espectáculo al costo de convertirse en su propia atadura. Benéfico en términos formativos es el hecho de ceñir al director novel a las restricciones de la unidad de estilo y obligarlo así a realizar el auténtico ejercicio de imaginación para encontrar la libertad dentro de coordenadas muy precisas. En términos de eficacia espectacular, en cambio, los ocho directores de escena sucumben a la tentación del estilo asociado mecánicamente con el creador del teatro épico y ponen en riesgo los propios hallazgos y virtudes de un espectáculo que, pese a todo, permite disfrutar la arquitectura episódica de Brecht y la presencia de un elenco convencido de su misión sobre el escenario.

Condicionados por el diseño global a base de estructuras, objetos metálicos y referencias al expresionismo, los jóvenes directores olvidan el llamado de Brecht a la mezcla de estilos, a echar mano en la creación de todo aquello que contribuya al espesor de la realidad representada y enriquezca el modo mismo de la representación. Atrapadas en su propia prisión metálica, concreción obvia de los terrores del nazismo, la mayoría de las piezas se resuelve con una sola idea y se olvida de explorar en las miserias, es decir, en la presencia de humanidad, en la carne, el humor corrosivo, y sobre todo, en la verdad actoral que sirva como contraste a la exacerbación de las formas.

Dos obras cortas, no casualmente las menos cortas, ofrecen sin embargo una mayor densidad de lectura y por tanto un mayor atractivo. “La señal de la cruz”, donde la confrontación de posiciones y la infiltración de la violencia totalitaria alcanzan al ámbito íntimo de lo familiar, se resuelve en una genial dramaturgia y una dirección actoral que baja el tono de las voces y los gestos corporales y permite el sutil intercambio de +sospechas, desencantos y temores. En, “La mujer judía”, obra que ha sido representada independientemente del conjunto, la mayor sutileza del director de escena y, sobre todo, la decisión de la actriz –Carolina Politti–, llevan al espectador a experimentar a través de su emoción y no de una idea general, los horrores del holocausto aterrizados en la experiencia concreta de un ser humano.

Sólo entonces adquiere sentido el énfasis gustoso de la teatralidad que contrasta con la verdad escénica como un guiño de ojo y un llamado a la perspicacia del espectador.

Igualmente rica resulta la traducción y adaptación de José Caballero y Gilda Salinas, quienes permiten escuchar el juego de tensiones e intercambios entre el lenguaje terrenal –casi naturalista, mas nunca cotidiano– y el aliento poético presente siempre en la obra de Brecht, conservan el sentido del humor, ese tiburón –como ha dicho John Fuegi– que “muerde no importa cuán superficial parezca la escena”, y acercan el texto a nuestra circunstancia sin recurrir jamás a la inmediatez de la alusión.

No todo el elenco –el mismo para todas las obras–, por desgracia, es capaz de entender estos valores del texto y, a pesar de su convicción y entusiasmo, recurre con frecuencia al coloquialismo o la grandilocuencia verbal y a muchos lugares comunes de la gestualidad corporal. Por momentos, la presencia constante del coro actoral va en detrimento de la concentración del discurso escénico; como en el caso concreto de “La mujer judía”, donde distrae más de lo que aporta. A lo largo del espectáculo, sobresalen el mayor oficio y valentía de Carolina Politti, la ríspida voz brechtiana de Silvia Carusillo –sobregirada actoralmente pero que logra un momento de gran brillantez en el “Tango”– y la generosidad de Ramón Barragán que permite ser dirigido y comparte el escenario con todos estos jóvenes, se entrega a su labor y logra desprenderse de muchas expresiones en otras ocasiones demasiado características, para mostrar sin imposturas la importancia del oficio y el tan urgente regreso del actor al centro de todo teatro.