FICHA TÉCNICA



Elenco Gerardo López del Castillo

Notas Comentarios del autor sobre el actor Gerardo López del Castillo, intérprete de Don Juan Tenorio

Referencia Armando de Maria y Campos, “Los intérpretes mexicanos del tenorio; don Gerardo López del Castillo”, en Novedades, 30 octubre 1946.




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Novedades

Columna El Teatro

Los intérpretes mexicanos del tenorio; don Gerardo López del Castillo

Armando de Maria y Campos

Todos los primeros actores mexicanos del último cuarto de siglo anterior, se especializaron en la interpretación del Don Juan Tenorio, de Zorrilla. Don Manuel Estrada y Cordero, don Gerardo López del Castillo y don Felipe Montoya y Alarcón, forman la máxima tríada de "creadores" del burlador de Sevilla, durante las tres últimas décadas del siglo decimonono y la primera del veinte. Los tres grandes actores murieron entre el 1900 y el 1907. Recogió el cetro del Tenorio mexicano, el gran actor compatriota don Pedro de la Torre, quien todavía lo interpretaba hace una década, con cerca de 80 años a cuestas.

Hace unos días recordaba el doctor Lara Pardo, en bella crónica de actualidad retrospectiva, que el actor mexicano Gerardo López del Castillo se había identificado tanto con el Don Juan Tenorio, que el traje característico del burlador sevillano lo usaba indistintamente cuando le convenía, que había compuesto algunos monólogos con "la historia de don Juan" y que en no pocos 16 de septiembre –nuestra máxima fecha patria–, vestía la truza y el jubón de Tenorio para dar "el grito" por los teatros del interior.

Es fama que cuando López del Castillo –padre de la actriz Guadalupe, incorporada al cine después de haber actuado en el teatro durante muchos años, en el que hace características, y del actor Gerardo, que este año se encargó del don Diego, en los "Tenorios" del Arbeu–, trabajaba en algún teatro poco favorecido por el público, en medio de una tirada de sonoros versos de La vida es sueño, o de El alcalde de Zalamea, suspendía su ampulosa declamación, extendiendo ambos brazos hacia las butacas:

–Un momento, respetable público.

Hecho el silencio, don Gerardo carraspeaba un poco y se dirigía al "respetable", mientras sus compañeros de actuación se replegaban a un segundo término haciendo un semicírculo, en cuyo centro "el primer actor en ambos géneros mexicano, don Gerardo López del Castillo", hablaba y hablaba de sus intimidades, relacionadas con su vida de farandulero. Yo no alcancé a verlo, o no me acuerdo en qué obra pude haberlo visto, cuando era pequeño y acudía con mi madre y mis tíos a las inacabables funciones de los domingos, en el teatro Hidalgo. Hago memoria, y refrescada ésta con los recuerdos que una noche me evocó con su charla el viejo actor mexicano don Jesús Melgarejo que hacía de galán en su juventud en el Hidalgo, del que acabó siendo guardacasa durante la administración de los presidentes Rodríguez y Cárdenas, y en cuyo encargo murió hace cinco años, puedo creer que durante una representación de La torre de Nesle, en la que tomó parte Melgarejo, vi actuar y oí hablarle al público a López del Castillo. La representación fue interrumpida, como queda dicho, y un actor entrado en años y en carnes, dirigiéndose al público, habló durante unos minutos, oyó muchos aplausos y, volviéndose después a los actores que en silencio lo escoltaban, les hizo indicación de continuar representando. Y la representación prosiguió como si tal cosa.

El notable periodista mexicano Ciro C. Ceballos, en el capítulo "Las diversiones en México, 1905-1910", de sus Memorias inéditas, recuerda esta función u otra parecida. "El mencionado actor –dice Ceballos–, en una plática que ridícula resultara, si dolorosísima no fuera en realidad, dirigía una especie de admonición a los espectadores ausentes de las butacas echándoles la culpa de la decadencia del arte dramático en el país, así como de la miserable existencia que arrastraban los laureados artistas como él, cargados de familia, sin poder muchas veces conseguir un pedazo de pan para llevarlo a las ansiosas bocas de sus "ratoncitos", como él decía, es decir, de sus pequeños hijos.

"El actor orador terminaba su peroración conmoviéndose hasta verter lágrimas, para pedir a los que no habían asistido, a los "ausentes" de la función, que el domingo siguiente no fueran a incurrir en la crueldad de no presentarse en el salón, pues la urgencia monetaria de él, como artista decano, era grande hasta el grado de adeudar seis meses al casero, un pícaro capaz de cobrar su adeudo, no en una libra, sino en una arroba, de las fláccidas carnes del famélico cuanto desdichado comediante. Naturalmente, los aludidos, los faltistas, no daban ninguna importancia a la amarga querella del infeliz anciano, porque como no se hallaban presentes no tenían conocimiento de nada".

Cuando el lamentoso Gerardo López del Castillo –concluye Ceballos–, había terminado su plañimiento, secándose el copioso llanto con un pañolón de florones encarnados, convertido como por arte de magia en otro hombre, avanzando en actitud de perdonavidas hacia el apuntador, hecho un etcétera tras de su concha, soltaba con su cavernosa voz de cómico viejo, una tirada de fanfarronas estrofas de arte mayor, que dejaban boquiabiertos y desconcertados a los oyentes, que acababan por aplaudir ruidosamente al singular cómico, "primer actor dramático nacional", según rezaban los carteles.

Una noche que hacía el don Juan Tenorio en el teatro Principal, de Pachuca, como le aplaudieran con más fuerza y calor, se adelantó hasta las candilejas, y no sabiendo cómo agradecer los aplausos, declaró que hacía votos al cielo para que si había de morir repentinamente, la muerte le llegara con un rayo, cuando representara el Tenorio, para caer desplomado en escena, envuelto en la capa gloriosa de don Juan...

Murió pobre y achacoso, en su lecho, y fue sepultado en el panteón de Dolores, pero como sus familiares no pudieron asegurar la perpetuidad de la fosa, los restos del gran comediante mexicano se perdieron para siempre...