FICHA TÉCNICA



Notas Con motivo del a presentación de Mapy Cortés en el Teatro Lírico, el autor hace comentarios sobre la rumba considerando el texto de José Juan Tablada Bailes Exóticos

Referencia Armando de Maria y Campos, “A propósito de las rumbas que baila Mapy Cortés en el Lírico”, en Novedades, 29 octubre 1946.




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Columna El Teatro

A propósito de las rumbas que baila Mapy Cortés en el Lírico...

Armando de Maria y Campos

Mapy Cortés, tiple de Puerto Rico aclimatada al aire más transparente del Valle de México, ha dejado por una breve temporada los sets cinematográficos para bailar rumbas en el escenario del teatro Lírico. Pero... ¿no decían que la rumba está desapareciendo de Cuba? Exacto. Quienes visitan La Habana, se sorprenden con el fenómeno visible. ¡No ven bailar la rumba por ninguna parte! Se baila otra cosa, mezcla de danzón, conga y son. "Sólo en juergas secretas de elementos del bajo fondo social –aclara Alberto Arredondo–, la rumba se cultiva como baile de seis o siete parejas". Y agrega, definitivo: "Los cubanos nos reímos a mandíbula batiente, cuando vemos en películas y noticieros a ciertas parejas bailando un tipo de rumba que está a una distancia astronómica de lo que en verdad constituye en nuestro país tal baile".

La rumba tiene su historia, que desconocen quienes, como Mapy Cortés, hacen de este ritmo un baile espectacular, simplemente teatral. La rumba surgió de ritos africanos y es una mezcla de vibrantes cantos guerreros, melancólicos rezos religiosos y del sombrío, torvo y doloroso apetito sexual. Su cuna fue un barracón de esclavos, creció en los centros donde se rendía culto al ñañiguismo, mezclándose salvajemente a los ritmos del bembé y a los llamados toques de santos. Cuando se sintió mayor de edad, se echó a la calle, como exhibición de una pareja, dentro de los grandes grupos que integraban las comparsas. Más tarde, el gobierno colonial español suspendió –a mediados del siglo XIX– las alegres, báquicas comparsas, y la rumba se quedó sola; para no morir, saltó, con mayores o menores pujos artísticos, a los escenarios, y aun se impuso en los salones, pero en uno y en otro sitio, como espectáculo, nunca como baile colectivo. Expurgada de la antigua liturgia, porque el bembé y el santo, y el canto bélico, sólo se practican en ritos clandestinos, la rumba se impuso como la danza que tiene un fin: la conquista, la posesión.

Un gran poeta nuestro, José Juan Tablada, espíritu refinado y curioso, la vio bailar en La Habana, durante su destierro político entre 1914 y 1916, fijando las emociones que le despertó la rumba en el capítulo "Bailes exóticos" de su libro Los días y las noches de París. Creo que la crónica de Tablada es la más bella y exacta descripción de la rumba afroantillana.

"Junto a la rumba cubana –escribió el maestro Tablada–, los bailes españoles que parecieron a Paul de San Víctor y al gran Theo colmos de sensualidad, resultan espirituales y místicos. La misma Danza del Vientre, el espasmódico Kuchi-Kuchi, junto al frenético baile cubano, se atempera con vaga solemnidad ritual, a la que contribuyen el dorado atavío del ídolo y los invariables gestos canónicos, hieráticamente rimados de la Ouled-Nail..."

En la rumba auténtica son protagonistas la criolla cubana, apenas cubierto el cuerpo ondulante y cálido por un amplio ropón de vaporosa muselina, y el "moreno", que, en la patética historia que relata este baile, "personifica el ahínco viril rondando en torno de la hembra". Tablada fijó con fotográfica emoción la rumba que vio bailar en el Alhambra, de La Habana: "Al aparecer la bailarina, sola en el tablado, la orquesta la saluda con un apóstrofe violento y clamoroso, ahogado al instante en un ritmo cadencioso, a cuyos compases ella principia a moverse con vaivén de abanico, con lento balanceo de hamaca, y como si el ropón que le envuelve fuera ardiente y la falda que la ciñe la quemara, toma ésta por ambas manos por los flancos y se separa del cuerpo que como libre y aligerado, comienza entonces a iniciar un estremecimiento menudo y febril como escalosfrío que, partiendo de los hombros, recorre la espalda y seno y muere en mitad del cuerpo... Tembladeras llámase este gesto peculiar de la mujer cubana y que en vano bailarinas exóticas tratan de imitar..."

¿Verdad que nada tiene que ver la "rumba de teatro" que últimamente nos han bailado, desde Margot Alvariño hasta Mapy Cortés, pasando por Maritoña Pons, con la típica rumba de Cuba, sombría y profundamente sensual? ¿Cómo se concibe bailar bien la rumba, cuyos todos sus movimientos tienden al mismo fin: la conquista, la posesión sin... pareja? Si de buenos y castizos bailadores de rumba se trata, unos le dan sentido alegre y liviano, sonoro como un cascabel; otros le imprimen cadencias de melancólica sensualidad, y muchos le inyectan el juego caliente que da la emoción intensa de furiosa acometida... Pero, ellas o ellos, ¡con pareja!

Cuando la mulata de Camagüey o de Guanabacoa baila la rumba como hace apenas un cuarto de siglo la vio bailar en La Habana Tablada, exaltada y magnificada por la posesión erótica, la danza de Cuba asume las proporciones del pecado bíblico y legendario. "La hembra entonces –sigue describiendo Tablada– de la augusta pasional que de su ser poseída irradia en el auditorio entero, parece gozarse en exaltarlo y volviendo las espaldas y mirando al público de soslayo, por encima del hombro, recorre todo el proscenio, pausada y lateralmente, mientras con ambas manos ciñe el tenue ropón a su cuerpo sacudido en rotundo contoneo y en alternativos regates".

Es cuando la bailarina se perfila y fija la vista en los bastidores del teatro, adelanta un pie arqueado y un muslo impetuoso, y entonces el negro que la acecha brinca al tablado con un grito ansioso de ímpetu salvaje, queriendo coger en el aire, como el mono atrapa al vuelo la fruta que se le arroja, las promesas de deleite que son todas las actitudes de la bailarina, que, al fin, deja de esquivarse, cede y con gesto enlazador y ritmo lento parece entregarse al negro tembloroso, de boca húmeda y mirada ardiente... Un frenético raspar de güiros, la percusión desesperada de la tambora y el nudo de los bailadores enlazados que parece desplomarse sobre el tablado dan al profundo y acongojado baile cubano un hondo sentido de simbólico suspiro que viene de muy lejos, que se confundió con una lágrima de España, y que, conforme con todo, se expatrió voluntariamente.

En la actualidad ese suspiro de Cuba, que fue temblor en la garganta de una negra y humedad en los ojos de la criolla, anda por Nueva York, entiende el inglés, y para salir del pecho, le hacen falta "high-balls"...