FICHA TÉCNICA



Título obra La Caramba

Autoría Rafael de León

Elenco Concepción Piquer (Conchita)

Música Manuel Quiroga

Notas Con motivo de la función de despedida de Conchita Piquer con la tonadilla biográfica La Caramba, el autor escribe una semblanza de María Antonia Fernández Vallejo, tonadillera española del siglo XVIII, conocida como La Caramba

Referencia Armando de Maria y Campos, “Evocación de La Caramba por Conchita Piquer”, en Novedades, 26 octubre 1946.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Evocación de "La Caramba" por Conchita Piquer

Armando de Maria y Campos

Con La Caramba, tonadilla biográfica de María Antonia Fernández, letra de Rafael de León y música de Manuel Quiroga, se ha despedido del público de México, Conchita Piquer. Con La Caramba, zarzuela en tres actos del compositor madrileño Federico Moreno Torroba, debutará en breve, en el mismo escenario en que esta noche todavía canta la Piquer, la compañía de zarzuela del propio músico español.

¿Quién es esta "Caramba" que así apasiona a músicos nacionalistas del tipo de Moreno Torroba, discípulo de Turina, y a compositores de tonadillas comerciales como Quiroga?... La caramba fue la tonadillera representativa del manolismo chulapón y majo del siglo XVIII español. Lo popular ibero, en su más auténtico primitivismo, es lo que triunfó en los tablados de Madrid con María Antonia Fernánez Vallejo. Nació "La Caramba", en Granada –en Motril–, sitio típico del cruce entre lo árabe y lo católico español. Hay que decir el año en que nació: 1751. Murió en 1787. En la tonadilla que canta la Piquer se dice:

La Caramba era una rosa
cuando vino de Motril,
a sentar plaza de maja
en la Villa de Madrid.

Su biógrafo Nicolás González Ruiz, dice de "La Caramba" en su magnífico libro Vida alegre y muerte ejemplar de una tonadillera del siglo XVIII (Madrid, 1944) que "cantaba con ayes andaluces que levantaban del asiento, se movía con garbo acentuado y vigoroso; era una belleza morena" y que, "dándole al público lo que ella tenía, resultaba intérprete de sus sentimientos primarios y provocaba hasta la exageración para llevar sus expresiones siempre un poco más allá". Durante varios años tuvo revuelto al público con su gracioso desenfado. Era juncal y dicharachera. Lo más valioso de su arte era lo espontáneo y lo primitivo, lo que da la tierra y enciende el sol, lo que hace bailar porque sí a las muchachas de sangre caliente y pájaros en la cabeza. Fue muy pronto famosa por su graciosa picardía, por las murmuraciones que levantaba su vida. El aura popular la señaló –como a las elegidas– por un mote, que se le colgó de manera sorprendente y arbitraria. Una noche cantó una tonadilla apicarada en la que figuraba ser una maja de tronío que se resiste a las insinuaciones de un señorito muy petimetre:

Un señorito, muy petimetre
se entró en mi casa cierta mañana
y así me dijo al primer envite:
–Oye usted: ¿quiere ser mi maja?
Yo le respondí con mi sonete
con mi canto, mi baile y soflama:
–¡Qué chusco es usted señorito!
Usted quiere... ¡caramba!, ¡caramba!
¡Qué sí quieres, quieres ea!
¡Vaya, vaya, vaya!

La picaresca entonación de ese "¡caramba!", el gesto insinuante son que lo acompañaba la tonadillera granadina, demostraban con tal gracia y picardía lo que deseaba el petimetre, que el público reía maliciosamente, y el último verso de la copla pasó a ser uno de esos "timos" o modismos que repite hasta el cansancio y monotonía el pueblo. No había majo o chula que no dijera. "Usted quiere... ¡caramba!, ¡caramba!". Y la mujer que había popularizado el dicho pasó a ser ¡la Caramba! También un gran lazo de listón que graciosamente se colocaba sobre el pelo María Antonia, se llamó "caramba".

María Antonia "La Caramba" fue durante años la amante del público de Madrid. Andaluza castiza, de cálida voz y arranques llenos de brío, todos sus biógrafos aseguran que con un ¡ay! prolongado lograba que se levantase en torno suyo la tempestad de la ovación. Su desenfado para las aventuras amorosas nutría su leyenda de mujer generosa que se quemaba en su propia llama. Pero había de tener mucho de artista. Otra tonadillera de la época, María Raboso, definía el arte de cantar tonadillas en una muy popular y certera:

Si para cantar tonadas
bastase con afición,
ninguna otra cantaría
más tonadillas que yo.
Más quiere destreza,
gracejo y primor,
y sobre mil sales
una buena voz.

Porque todo esto, y un poquito más, tiene Conchita Piquer, su creación y evocación de "La Caramba", luciendo un traje que es copia fiel de los que usó María Antonia Fernández, subyuga y conmueve, como la vida real de la gran tonadillera de Motril que quemó su juventud entre las candilejas y los cirios. ¿No sabéis cómo acabó? En pleno triunfo, reventando en madurez, como era muy española, un día se le impuso repentinamente como un flechazo del cielo, la noción del pecado. "Y reaccionó –resume en su crónica biográfica González Ruiz– en español y como una cómica: ofreciendo al pueblo que había aplaudido su descaro, el espectáculo edificante de su arrepentimiento". Se retiró de los tablados; se hizo beata, pobre y penitente. Y se fue de la tierra dejando tras de sí –canta un romance madrileño– un confuso perfume que obligó a muchos a evocar el recuerdo de Santa María Egipciaca. Olvidada de todos –público y amantes–. María Antonia Fernández "La Caramba" fue enterrada una mañana del mes de junio de 1787 en la capilla de la Novena, de la iglesia de San Sebastián, en Madrid. ¿Olvidada?... No. Conchita Piquer la evocó anoche en un escenario de México.

(Era en verdad la Piquer la que cantaba, o era la propia Caramba la que estaba allí, huí de la tela en que la fijó Goya, cantando su añorante tonadilla). Una, u otra, evocó la triste historia:

Ay, María Fernández
te quiero a ti. Ay, Caramba, Caramba mía,
todo por ti canta de noche y día.
¡Viva el jaleo! ¡Que viva!
¡Viva la Alhambra!
¡Qué vivan los ojos negros, negros, negritos
de la Caramba!