FICHA TÉCNICA



Título obra La condenada

Autoría Ceferino R. Avecilla

Elenco María Teresa Montoya

Notas Semblanza autobiográfica de Ceferino R. Avecilla

Referencia Armando de Maria y Campos, “Las andanzas teatrales de Ceferino R. Avecilla, que esta noche estrena La condenada en beneficio de la Montoya”, en Novedades, 18 octubre 1946.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Las andanzas teatrales de Ceferino R. Avecilla, que esta noche estrena La condenada en el beneficio de la Montoya

Armando de Maria y Campos

Esta noche estrena María Tereza Montoya una comedia dramática de Ceferino R. Avecilla, obra especialmente escrita por el autor y periodista español para nuestra ilustre comedianta. La larga vida teatral de Avecilla abunda en hechos que conozco unos referidos por él, otros que llegaron a mí por diversos conductos, todos llenos de interés.

De lo mucho que de Avecilla conozco, recuerdo –casi con las mismas palabras con que él me los refirió– los siguientes sucesos, que forman una autobiografía que los lectores de estas informaciones estoy seguro leerán con gusto:

–Estrené por vez primera en Madrid, en diciembre de 1913. (Es curioso; entonces tenía 33 años y ahora se cumplen otros 33. Es decir en la mitad justa del tiempo actual de mi vida). Creo que fue también el día 13. En todo caso al siguiente del estreno de La malquerida. Esto es para mí inolvidable, porque Jacinto Benavente, que ya era entonces gran amigo mío, no obstante lo que nos separaban los años –tiene ahora 80–, dejó de asistir a la segunda representación de su drama y fue al estreno de mi drama. Creo que esto fue la causa de su gran éxito. Durante mi estreno, el público la aplaudió con fervor exaltadísimo. Y como él, que no aplaude nunca, aplaudió mucho mi drama, lo hizo el público mucho más de lo que hubiera hecho en otro caso. El drama se llamaba Silencio..., y era una adaptación libre de L'Alibi, de Trarieux. Se estrenó en el famoso Coliseo Imperial de la Concepción Gerónima, y fueron sus intérpretes, entre otros, don Manuel Espejo, Josefina Cobeña, el luego famoso Aguirre, (el galán cómico de Martínez Sierra y Catalina Bárcena), Isbert, Luz de las Heras, la gran actriz malograda por la muerte, Ramón Gatuellas y no recuerdo quién más.

Es también curiosa la historia del estreno y en ella se declara además cómo cambian las cosas y lo que va de una cupletista a un primer actor... Es ésta: La temporada anterior fue empresario del Español un doctor Madrazo que escribió dos o tres comedias patológicas, y director artístico "Alejandro Miquis". Yo hacía la crítica de teatros en La tribuna, diario entonces famoso, en el que los jóvenes nos despachábamos a nuestro gusto. Gatuellas estaba de "segundo" en el Español. En una reposición de Guzmán el bueno, de García Gutiérrez, le puso en ridículo un reparto absurdo. Y yo dije en una crónica todas las verdades indispensables. Gatuellas me escribió una carta, que entonces fue famosa, dándome la razón y naturalmente se fue de la compañía. Y cuando se puso al frente de la del Coliseo Imperial, me encargó una comedia.

En el teatro Alvarez Quintero, que estaba en la calle ancha de San Bernardo (el barrio universitario de Madrid), había entonces una compañía dirigida por el viejo don Juan Espantaleón, padre del actual Juan Espantaleón, que también estaba en ella. Allí estrenó a los pocos meses, un sainete que se llamaba Tupi-Palace, que fue lo último que en su vida estrenó don Juan Espantaleón, y Su afectísimo amigo, una comedia en tres actos, en la que hizo uno de sus primeros papeles Nicolás Rodríguez, el hijo de Manolo Rodríguez. Nicolás Rodríguez está ahora en México y fue en la última temporada primer actor del Ideal.

En aquella misma temporada, estrené en Lara El enemigo malo, con Catalina Bárcena, doña Leocadia Alba, Ramón Peña, Luis Manrique, Isbert, Amalia Sánchez Ariño. Es también curioso que los papeles pequeños los hacían Tordesillas y Collado, que acababan de dejar de ser meritorios. Ya sabe usted que Tordesillas es el primer actor de la Comedia de Madrid, y Collado el marido de Pepita Díaz.

En realidad yo no he tenido ese calvario de que hablan los autores de mi tiempo, en Madrid. A partir del estreno en Lara, fueron más las solicitudes que las posibilidades de servirlas. Invadí la zarzuela y descubrí al maestro Millán, que tocaba el violín en la orquesta del teatro de la Zarzuela. Estrené con él la opereta en tres actos, Las alegres chicas de Berlín y en sainete La mala tarde, y con el maestro Pablo Luna Su majestad. Dí en Apolo unas batallas a Muñoz Seca con El estudiante de Salamanca, escrita en verso con un asunto del Gil Blas y música extroardinaria de un señor Luis Pujol, que parece que ocultaba al jesuita Padre Donostia. Luego escribí para la compañía famosa de Antonia Plana y Luis Llano. Mis dos éxitos mayores con ellos fueron La máscara de don Juan y El hombre desconocido. Después escribí para Morano. Con él estrené en el Teatro de la Princesa, El ocaso de los demonios. Aquí están Amparo Villegas, que era, como usted sabe, su primera actriz, y Paco Fuentes, que tuvo en El ocaso de los demonios el primer gran éxito en su vida de actor. Después escribí para Miguel Muñoz, gran amigo mío. Y también está aquí Manuel Martín Galeano, que era de aquella compañía y él un hombre de teatro muy inteligente.

odo esto y otros estrenos más fueron hasta 1922, en que me fui a vivir a París con la corresponsalía de La voz, primero, de La libertad e Informaciones, después. Pero seguí enviando comedias a los teatros. En uno de mis viajes a Madrid, estrené La loba. Fue en Lara. La estrenaron Gonzalo Delgrás y la Robles, su mujer. Luego la hicieron Anita Adamuz y Manolo París, que dieron con la obra la vuelta a España. Aquí la han hecho, doña Prudencia Grifell.

Lo último que estrené –en España y durante la guerra– fue Circo en Lara, con Loreto Prado y Enrique Chicote, y No te vendas, mujer, en el teatro Español, de Barcelona, en colaboración con "Amichatis".

La condenada la compuse en el campo de concentración de Saint-Cyprien, de memoria, y pensando siempre en María Tereza Montoya, que era para mí la personificación de México. Me la llegúe a saber, escena por escena y palabra por palabra. Cuando luego de mi paso por París y por Tolosa me la puse a escribir en mi "residence asigné" –un pueblo por cárcel– de Grenadé-sur-Garone, la escribí como si la copiara de mi pensamiento.