FICHA TÉCNICA



Título obra La casa de Bernarda Alba

Autoría Federico García Lorca

Elenco Alicia Rodríguez Montoya (Ana Lou), Virginia Manzano, Virginia Fábregas, Clara Martínez, Pilar Mata, Lucía Altamirano, María Stein, Elodia Hernández

Espacios teatrales Teatro Virginia Fábregas

Notas Función en honor y beneficio de Virginia Fábregas

Referencia Armando de Maria y Campos, “Función en honor de Virgina Fábregas y recuerdos de García Lorca”, en Novedades, 22 septiembre 1946.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Función en honor de Virginia Fábregas y recuerdos de García Lorca

Armando de Maria y Campos

La pieza póstuma de Federico García Lorca La casa de Bernarda Alba, fue elegida por doña Virginia Fábregas para representarla durante su función de honor y beneficio que inicia la serie de funciones de esta índole comunes a los fines de temporada. La ilustre actriz estrenó en el Bellas Artes esta obra tan discutida como inconclusa de un gran autor dramático, y logró representarla con la sala llena las cuarenta fechas de que pudo disponer en el siempre complicado calendario de nuestro gran coliseo. Entonces, la rodearon lindas y entusiastas actricitas del cine nacional, en tanto que ahora todos los papeles fueron encargados a actrices profesionales, con lo que la nueva presentación de la pieza de García Lorca ganó en emoción, en verdad teatral.

Juzgado y ampliamente comentado por nosotros este patético drama de mujeres sin hombre, no hace falta darle una nueva vuelta a la noria del comentario, pero el tema de la interpretación siempre es nuevo, porque cada vez que una pieza es representada por nuevos artistas, pasa como si se la descubriera de nuevo. Como en esta ocasión, con el papel de Martirio, confiado esta vez a una actriz de larga experiencia no obstante su juventud, la Srita. Alicia Rodríguez Montoya, hija de nuestra eminente trágica María Tereza Montoya y del excelente actor español Julio Rodríguez, Alicia Rodríguez Montoya, conocida también en el teatro por Ana Lou, heredó de su ilustre madre altas calidades de actriz dramática, que, haciendo esta mujer lorquiana, la han situado en un escalón del que no quisiéramos verla descender. Magnífica dirección, gesto hondo y sobrio, ademán justo y elocuente, dominio del personaje, todo esto y una gran emoción personal, puso Alicia Rodríguez Montoya para componer el difícil y complicado personaje, que iluminó en claro la seguridad con que la joven artista pisa las tablas.

La actriz Virginia Manzano logró, también, una magnífica creación del otro personaje difícil, el de la hija menor de Bernarda Alba, Adela, que actuó y dijo con su característico énfasis dramático. Alicia y Virginia recibieron al lado de doña Virginia, y de las demás intérpretes –Clara Martínez, Pilar Mata, Lucía Altamirano, Carmen Cortés, María Stein y Elodia Hernández– los aplausos aprobatorios de un público que llenaba la sala y que recibió a doña Virginia con más flores y más ovaciones, y no es hipérbole, que en otras funciones de esta índole. Doña Virginia, casi está de más decirlo, compuso una irreprobable interpretación de la protagonista, que si no fue escrita para ella, lo hubiera sido, de haberla conocido el poeta de Granada.

Al final de la función dirigió unas palabras al público el veterano periodista y autor teatral español don Fernando de la Villa para recordar, con comunicativa emoción, la primera temporada que hizo en España Virginia Fábregas, a principios de siglo, refiriendo anécdotas que muchos desconocían. Fue cariñosamente aplaudido.

Nobleza obliga: yo voy a recordar ahora algunas cosas del autor de La casa de Bernarda Alba, que tal vez ignoren muchos. Se refieren a sus días de estudiante en la Residencia de Estudiantes, en Madrid, por los principios de los veinte, poco antes de la dictadura de Primo de Rivera, cuando también empezaban a destacar Salvador Dalí, Emilio Prados, Luis Bañul. La anécdota que voy a referir pinta a maravilla el carácter pícaro, simpático y desenfadado del autor de Bodas de sangre.

García Lorca y Dalí se sentían los mimados de la Residencia, aunque pasaban los días sin blanca, brujas, para ser más exactos. Una vez –refiere un profesor de la Residencia, ahora en México– hicieron una faena de pícaros con un matrimonio sudamericano, personas del mundo diplomático. Discurrieron invitarlos para venderles un cuadro de Dalí por las buenas. Encargaron dulces a la mejor pastelería de Madrid, la de Lhardy, tomaron té, platicaron, tal vez Lorca tocaría el piano, se rieron mucho, entre alabanzas a la obrita que querían colocar, pero los diplomáticos no parecían darse por enterados. Y, entonces, García Lorca, con una gran desenvoltura y pícaro desenfado, le dijo al señor: "¿No tendría usted en su cartera un par de billetes de cinco duros?" El señor sacó su cartera y los dos billetes. ¡Muy bien –exclamó García Lorca–, éste para Salvador y éste para mí! Y vámonos, Salvador, que estos señores son unos pelmazos". Los diplomáticos sudamericanos se desconcertaron, pero luego reaccionaron conforme al protocolo. Presentaron sus quejas al director de la Residencia de Estudiantes, Jiménez Fraud.

Con anécdotas de juventud, con sucesos íntimos, con frases que se confían al viento voluble y que quedan como lápidas, es como el tiempo va formando las personalidades verdaderas. De García Lorca hay tantos recuerdos minúsculos, que con esos al parecer insignificantes trozos de arcilla se puede formar, y darle vida, a un nuevo Federico. Entre los sucesos menos divulgados de su vida breve, pintoresca y azarosa, está su tremendo fracaso como autor dramático con la primera obra que llevó al teatro. El maleficio de la mariposa, pieza en verso y en tres actos estrenada en el teatro Eslava de Madrid, por Catalina Bárcena, en 1919-1920. Hay tiempo, y habrá ocasión, de recordar el suceso en esta columnilla.