FICHA TÉCNICA



Título obra Estampa mexicana

Autoría Ángel Rabanal

Elenco Concepción Piquer (Conchita), Rosalía Álvarez, Trini Morén, Niño de Utrera, Francisco Reyes (Paquito), Carlos Alonso (El Sevillanito), Nieves Suárez, Manuel Alonso

Coreografía Rafael Díaz

Espacios teatrales Teatro Arbeu

Referencia Armando de Maria y Campos, “Una Estampa mexicana por la compañía mexicana Conchita Piquer”, en Novedades, 17 septiembre 1946.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Una Estampa mexicana por la compañía española de Conchita Piquer

Armando de Maria y Campos

Conchita Piquer y Antonio Márquez presentaron en el teatro Arbeu, la noche del 13, para cubrir airosamente el compromiso de ofrecer a su público, como todas las compañías que esa noche ofrecen espectáculos, algo "muy mexicano", con estrofas del Himno Nacional, serpentinas y confetti, mientras afuera, en la calle, estallan las "brujas" y los cohetes, una Estampa mexicana, inspirada en el título de una canción oaxaqueña, muy popular a fines del siglo pasado, Dios nunca muere, de Macedonio Alcalá, en que, por un momento, se sintieron muy mexicanos la valenciana andaluza Conchita Piquer, la argentina Rosalía Alvarez, la catalana Trini Morén, el andaluz Niño de Utrera, el madrileño Paquito Reyes, el argentino que conocemos por El Sevillanito.

La Estampa mexicana de Conchita Piquer es de las más bonitas, decorosas, movidas y teatrales que hayan presntado en nuestros escenarios artisas nacidos fuera de nuestras fronteras. A todos los extranjeros que nos visitan ha seducido el vestir, cantar y bailar nuestros bailes y tonadas. La primera que quiso vestir de china poblana fue la primera embajadora que España envió a nuestro México independiente, la condesa Calderón de la Barca. Lo quiso lucir en un baile de disfraces, y causó escándalo, porque el traje de china poblana era, entonces a manera de uniforme de las mujeres alegres que vendían caricias.

Pero la primera gran artista de fama internacional que llevó a escena en nuestros propios teatros, y luego lo exhibió en Europa, uno de los más bellos, suntuosos y teatrales trajes de nuestro folklore suntuario fue Tórtola Valencia, que vistió el de tehuana, para una danza del Istmo, por 1918. Por esa misma época Ana Pavlowa incorporó el jarabe tapatío a su repertorio de divirtimientos o fin de programa, estilizando su coreografía, bailándolo de puntas, pero respetando el carácter del castor, de la camisola bordada, de los zapatos de color, del rebozo de bolita, Conchita Piquer eligió para su intervención en esta estampa el bello traje de las tehuanas de Juchitán, cantando una bella canción de Tata Nacho, La Chaparrita, que interpretó con hondo sentimiento, imprimiéndole a su cálida, cariciosa voz de acentos dramáticos, las dulces y características inflexiones de nuestro modo de cantar.

Después, cuando toda su compañía bailaba las melodías de la sandunga, al final del cuadro, Conchita cantó la copia alusiva:

Aunque yo soy española
hoy me visto de tehuana
para postrarme a las plantas
de vuestra Guadalupana.

Aparece al fondo, al levantarse un telón pintado con motivos de batea michoacana, la virgen del Tepeyac, y toda la compañía, vestidas las primeras de chinas y ellos de charros, el conjunto de tehuanas baila la sandunga, según la versión musical que el maestro vasco, Germán Bilbao, hizo en 1920 para María Conesa, y que es la que pasa oficialmente como la auténtica sandunga tehuana.

La Estampa mexicana de Conchita Piquer, que escribió para esta ocasión el autor asturiano Ángel Rabanal –de larga permanencia entre nosotros–, y cuya coreografía puso el maestro Rafael Díaz, se inicia con un diálogo entre un chicharronero metropolitano (el señor Chacón) y un jarocho (el señor Catalá), para anunciar los números que van a desfilar, después de justificar el título de la Estampa mexicana, que es el del vals de Alcalá, Dios nunca muere, que baila Rosalía Alvarez, vestida de tehuana; en seguida Paquito Reyes, como charro de Bajío, baila Las espuelas de Amozoc, de Castro Padilla, con agilidad extraordinaria y mucho carácter; el Niño Utrera, acompañado a la guitarra por Torres, los dos vestidos de charros tapatíos, canta la Malagueña salerosa, y si lo obligan a repetir, lanza una saeta a la virgen de Guadalupe; continúa con La bamba, el viejo baile iberoantillano que tanto se bailaba en las costas del Golfo de México, en el siglo XVIII y que llegó a nuestros escenarios a principios del siglo XIX, bailada por Rosalía Alvarez y El Sevillanito. Nieves Suárez y Paquito Reyes se marcan un jarabe tapatío, mejor que ella. Para que nada del folklore teatral falte a esta estampa, Rosalía Alvarez y El Sevillanito saltan a la tarima para bailar ese baile tan español de Andalucía que es la jarana yucateca, casi un tanguillo de Cádiz, con su correspondiente "bomba" a cargo de Manuel Alonso, que la dice como cualquier auténtico mexicano. Concluye la Estampa mexicana con la aparición de Conchita, suntuosamente vestida de tehuana, a la que le hace marco toda la compañía, vestidas ellas de chinas y tehuanas, ellos de charros, para cantar La chaparrita, de Fernández Esperón.

Muy rica en su presentación suntuaria la Estampa mexicana de Conchita Piquer, arrastra el entusiasmo por la alegría dinámica de sus bailes ejecutados con mucha propiedad y garbo por los expertos bailarines Rosalía Alvarez y Trini Morén, Nieves Suárez, Paquito Reyes y El Sevillanito, que hallaron en Rafael Díaz un magnífico profesor, quien también supo mover con tanta precisión como buen gusto a las segundas figuras de la compañía. La canción elegida por la Piquer, fue un acierto; es de las más bellas de Tata Nacho, y ella la canta con sencillez y deliciosa dramaticidad.

La Estampa mexicana se inicia con la brillante marcha Zacatecas, tocada a telón corrido. La marcha Zacatecas, que dedicó Codina al general Aréchiga, zacatecano como él, uno de los seguidores del movimiento de Tuxtepec que llevó a la silla al general Díaz, es nuestro segundo Himno Nacional, tal vez el primero por ser más mexicano. Jenaro Codina, organizador de la Típica Zacatecana, una de las primeras en su género, autor de Grata ilusión, Presentimiento, Traje azul, Gracia, Idilio, Duquesa, merece un homenaje –ahora que Zacatecas está de fiestas–, lo mismo que Alcalá, el autor de Dios nunca muere, recordados por una gran artista española, al medio siglo de desaparecidos ambos. Alcalá murió en 1896, Codina en 1901, pero su música de mexicanos llega a nuestro corazón porque tiene ese no se qué de caricia de madre que se nos ha ido y que no nos abandona. La caricia invisible y constante de la Patria...