FICHA TÉCNICA



Título obra Mirra Efros

Autoría Jacobo Gordin

Notas de autoría Cristóbal de Castro / traducción

Notas de dirección Maurice Gelber / asesoría

Elenco Virginia Fábregas, María Teresa Montoya, Ricardo Mondragón, Fernando Mendoza, Manolo Fábregas, Manuel Santamaría, Clara Martínez

Grupos y compañías Compañía Fábregas-Montoya

Notas Comentarios del autor sobre el teatro judío

Referencia Armando de Maria y Campos, “Justicia e injusticia de los temas judíos en el teatro israelita”, en Novedades, 22 agosto 1946.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Justicia e injusticia de los temas judíos en el teatro israelita

Armando de Maria y Campos

Vivimos –¡en México!– víctimas de tremenda desorientación, resultado de una no menos tremenda ignorancia de lo que pasa fuera de nuestras fronteras. Son tantos los extranjeros ilustres en sus especialidades, que nos visitan, que hemos cerrado ojos y oídos a cuanto no nos quieran hacer ver u oír quienes por causas de nadie ignoradas se han impuesto el dulce yugo de compartir nuestra vida. Teniendo tan cerca de nosotros mundos lejanos, creemos saber de ellos cuanto, desgraciadamente, ignoramos.

Quiero enfocar el tema a la materia teatral. Se está representando en el teatro Fábregas una obra de autor y asunto judíos, anunciada, con fines de propaganda, como la obra cumbre de la escena yiddish, o representativa del arte dramático judío, y, claro, como no es ni lo uno ni lo otro, desconcierta a cronistas y los hace poner el grito en el cielo de Israel. Y es que se ignora el verdadero valor de Mirra Efros, de Jacobo Gordin, vieja novedad no sólo en la escena judía sino también en la farándula europea, y lo que ha venido ocurriendo en la historia del teatro hecho por judíos, especialmente para judíos.

Por cierto que Mirra Efros ha sido presentada con estupenda propiedad por la compañía de Virginia Fábregas y de María Tereza Montoya que dirige Mondragón, bajo la asesoría de Maurice Gelber, y que en su interpretación logra uno de sus más rotundos éxitos doña Virginia Fábregas –una Mirralé tallada en granito–, si eminente en los cuatro actos, inmejorable en la escena central de la pieza y última del 2o. acto, cuando revela a sus hijos Josele y Dania en qué consistió la herencia de su padre. También logran entrar magníficamente en sus papeles María Tereza y Mondragón, Mendoza y Santamaría, y Clara Martínez, que compone su bello personaje con el talento y el dominio de su arte, que son privativos de esta grande y olvidada actriz mexicana.

Tal vez sería oportuno repetir aquí, lo que ya he dicho sobre las temporadas teatrales que los judíos radicados en México vienen haciendo para ellos desde hace más de cuatro lustros, representando todas las obras de su teatro y las mejores del teatro universal traducidas al yiddish, a veces por eminentes artistas traídos exprofeso. Prefiero difundir algo de lo mucho nuevo y bueno que tiene el teatro lírico y dramático judío, con la esperanza de que el conocimiento de algunos de sus más interesantes aspectos nos saque del robinsonismo escénico en que vivimos.

Dividiré mi información –no aspiran a otra cosa estas notas– en tres partes igualmente principales. La primera, para hablar de la vida de uno de los más grandes directores y productores del teatro del arte yiddish: Maurice Schwartz; la segunda, para divulgar lo que en materia de ópera se hace desde hace mucho tiempo atrás en Palestina, y que no deja de tener actualidad ahora que disfrutamos de una gran temporada lírica, y, la tercera, a comentar la que sí está considerada como la obra cumbre del teatro judío contemporáneo, el drama David Golder, de la ya famosa autora judía Irene Nemirowsky.

David Golder es, en cierto modo, una prolongación de Mirra Efros. En ambas obras la pasión dominante de sus protagonistas es el dinero. Y aquí viene un oportuno comentario sobre el espíritu que parece alentar a todo el teatro judío.

La psicología profesional descubrió a mediados del siglo pasado que los israelitas eran sensuales, codiciosos y avaros, y para dar a aquel descubrimiento ciertos visos de equidad, les adjudicó dos cualidades compensadoras de sus defectos: la inspiración creadora y el amor a las bellas artes. Esa definición de la moral de una raza no fue improvisada. La habían anticipado numerosos textos literarios, entre ellos el célebre drama shakespeareano El mercader de Venecia, en los cuales aparece el judío con el estigma de avaro. La psicología no hizo más que seriar aquellos testimonios, articulándolos en un sistema capaz de durar. Es el destino de todo lo que se afirma con pretensiones científicas. Primero sorprende por su novedad y luego es admitido, sin previo examen, como un dogma. Pero no todo el mundo cree porque sí. Es un placer del crítico independiente investigar lo que conserva de vivo y de actual una verdad que se ha hecho vieja. Al sostener que la raza judía es sensual, codiciosa y avara, la psicología no la calumniaba, pero omitía la verdad complementaria, que obliga a recoger en las gentes de otras razas los mismos vicios que atribuimos a los judíos. Todo el que ha sabido acumular un poco de experiencia ha podido observar la escasa originalidad de sus contemporáneos en cualidades y defectos. Si cada vez que nos topamos con una mujer ardiente o con un avaro creyésemos que esas modalidades del temperamento o del carácter son exclusivas de Israel, cometeríamos una injusticia.

¡Muy cómodo resultaría para nosotros, cristianos, eximirnos de aquellos defectos, cargándoselos a la raza errante! Pero la experiencia, si no contradice a la psicología en este caso, amplía su descubrimiento, haciendo un reparto más equitativo de vicios y virtudes entre todos los nacidos.

La pieza de Gordin, Mirra Efros, como la de Irene Nemirowsky, David Golder, es una biografía de la avaricia, del amor al dinero, de los apetitos de la carne, pero sus protagonistas también pueden pertenecer a razas cristianas, budistas, mahometanas. Su simbolismo no debe localizarse en la avaricia. La fuerza del teatro judío contemporáneo, y también la del antiguo, está en que su raíz, su sustancia y su sangre, es la misma siempre: Israel. Y en su raro valor estético, en su vasta amplitud étnica, en su profundidad racial y –para los ojos– en la animación y colorido de sus escenarios...