FICHA TÉCNICA



Título obra Fausto en carne propia

Notas de autoría Christopher Marlowe / autor de Fausto

Dirección Ángel Hernández

Elenco Amancio Orta, Rodolfo Rodríguez, Adriana Guzmán, Jorge Arturo Chávez, Rodrigo Alcántara, Trixi Márquez

Notas de Música Shaday Larios / diseño sonoro

Grupos y compañías Compañía Estable del Complejo Cultural Universitario BUAP

Espacios teatrales Teatro del Complejo Cultural Universitario, Puebla

Referencia Noé Morales, “Del formato y otras quimeras (II y última)”, en La Jornada Semanal, 11 julio 2010.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

La Jornada Semanal   |   11 de julio de 2010

Columna El mono de alambre

Del formato y otras quimeras (II y última)

Noé Morales

Si en Trabajando un día particular, con todo y sus virtudes innegables en cuestión de austeridad, la imaginación de los actores parece toparse y detenerse en cuanto se relaciona con la conformación poética del espacio, dando cuerpo a la hipótesis de que el desempeño histriónico se ve afectado por este desencuentro, en el caso del Fausto en carne propia, proyecto con el que la Compañía Estable del Complejo Cultural Universitario de la BUAP poblana debuta en sociedad, la tensión entre el relato y el espacio se manifiesta en rasgos distintos pero igualmente localizables en la elección y la conformación, más que en el espacio de la ficción, del formato en el que el director Ángel Hernández presenta esta tentativa de revisitación de la fábula marlowiana.

El teatro del Complejo Cultural Universitario, ubicado en una zona exclusiva de la periferia poblana, presenta las características de un auditorio para espectáculos masivos de tamaño mediano antes que las de un teatro a la italiana de gran formato. Y si bien las fronteras entre ambas categorías son más bien difusas –si es que existen de hecho–, la puesta en escena se encarga de ponderar, suponemos que involuntariamente, la distancia entre el espacio concreto de la representación y el espacio interior que la mayoría de los actores, que suman más de veinticinco en escena, hacen fluir a cuentagotas durante la hora y media que la versión retrabajada tras el estreno se extiende.

Hernández ha apostado por no intervenir prácticamente en modo alguno la dramaturgia marlowiana; la saga del doctor en teología que vende su alma al diablo se desenvuelve ante nuestros ojos con apego estricto a la narrativa isabelina en cuestiones anecdóticas, de relatoría y de estilo lingüístico. Fuera de un trabajo de compactación consistente en reducir el tiempo de la representación a partir de la supresión de algunas escenas, la obra de Marlowe ha sido respetada enteramente, y se le hace suceder escénicamente en un espacio que, al menos de entrada, compele a pensar en una apuesta austera: el escenario ha sido dispuesto con sólo unas mamparas, enormes eso sí dadas las dimensiones del auditorio del Complejo, sobre las cuales se hacen desfilar proyecciones que de alguna manera se relacionan con los sucesos de la escena. Pronto, no obstante, tales elementos se propulsan a un protagonismo que se antoja superabundante no por carencias o deficiencias estéticas, sino porque parecen ahogar el imaginario actoral y porque evidencian un choque semántico entre el espacio, su habitación y el desarrollo de la ficción propiamente dicha. El devenir de estas proyecciones se vuelve cada vez más constante y preponderante y, sumado al diseño de audio por parte de Shaday Larios, igualmente estimulante y logrado pero también igualmente excesivo en cantidad y duración, termina por mandar el trabajo de los actores a un plano decididamente secundario. Sea por desconfianza o por impericia del director en algún grado, lo cierto es que la metamorfosis del Doctor Fausto, las irrupciones mefistofélicas y el trance transcurridos entre el pacto con Lucifer y el desenlace fatal no alcanza a ser imaginado, evocado y encarnado cabalmente por el copioso elenco, aunque existan pasajes en concreto y actuaciones en particular (como las de Amancio Orta, Rodolfo Rodríguez, Adriana Guzmán, Jorge Arturo Chávez y, en menor medida, Rodrigo Alcántara y Trixi Márquez) que son excepcionales en ese sentido. No habría que soslayar la innegable capacidad de Hernández para la construcción de imágenes y atmósferas, pero tampoco podría dejar de mencionarse que, en tanto que el desempeño del reparto ostenta tal irregularidad, la virtud de la imaginería y la ambientación no rebasa lo estrictamente formal. La sensación general, entonces, es que una dramaturgización más radical de la obra de Marlowe y un trabajo de dirección de actores realmente profundo hubiera contribuido a que el divorcio entre el formato monumental de la representación y la puesta en escena propiamente dicha no resultara tan evidente y, en consecuencia, hubiera coadyuvado a crear una intimidad y hondura en la interpretación que dejara atrás tales paradojas y conflictos formales.