FICHA TÉCNICA



Título obra Trabajando un día particular

Notas de autoría Ettore Scola / director de la película Un día muy especial

Dirección Laura Almela y Daniel Giménez Cacho

Elenco Laura Almela, Daniel Giménez Cacho

Espacios teatrales Teatro El Milagro

Referencia Noé Morales, “Del formato y otras quimeras (I de II)”, en La Jornada Semanal, 27 junio 2010.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

La Jornada Semanal   |   27 de junio de 2010

Columna El mono de alambre

Del formato y otras quimeras (I de II)

Noé Morales

I

El teatro, ese arte viejo y testarudo, parecer haber sido confinado, al menos por los creadores de estas latitudes cuasi bicentenarias, a una dependencia severa hacia la manera en que organiza sus componentes epidérmicos; esto es que, al menos para buena parte de quienes lo perpetran, la morfología y el formato ocupan un lugar preponderante en sus concepciones poéticas. De esto último, del formato y de sus posibilidades, se quiere ocupar esta entrega, partiendo del análisis de dos puestas en escena; por un lado, la casi universalmente aclamada Trabajando un día particular, de Laura Almela y Daniel Giménez Cacho, presentada en temporada en el Teatro El Milagro capitalino; y por el otro, el debut en sociedad de la recién conformada Compañía Estable del Complejo Cultural Universitario de la poblana BUAP, con una versión al Fausto, de Marlowe, el genio isabelino de triste, misterioso y tabernístico fin.

II

Lo que detonó la imaginación de Almela y Giménez Cacho fue una eventualidad: esperaban, se dice, el texto escrito ex profeso por un director que lo iría cincelando durante el trabajo directo en la sala de ensayos. Se dice pues que ninguno de los dos, es decir, ni el texto ni el director, hicieron acto de aparición. Y que el binomio decidió tomar al toro por los cuernos y apostó por desnudar los mecanismos de ese arte que, ya se ha dicho, los tiene ya medio vetustos y con cierta urgencia de lubricación. El dueto de actores, tras desechar la espera por un texto terminado, procedió a poner en acción el gerundio del verbo construir, y mediante ello persigue abrir la ficción y problematizar, aunque sea tímidamente, algunos de esos mecanismos añejos que se relacionan con la representación teatral en su sentido más básico y esencial. Trabajando un día particular más que esconder, evidencia su referente principal –el filme Un día muy especial, de Ettore Scola, protagonizado por Sofía Loren y Marcello Mastroianni– y genera a partir de él una puesta que ancla en una austeridad que algunos pensarían franciscana y que a otros nos remite, sin duda alguna, al ideario algo empolvado del viejo Grotowsky y su teatro pobre, ése que veía en el actor el oficiante único de una liturgia que no precisaba del oropel para alcanzar un sentido y significado profundos. La fórmula no es nueva ni novedosa, pero acaso el relumbrón de ambos actores pueda hacer olvidar, por citar sólo un ejemplo de varios, la puesta en escena de Ángeles probables, que la dramaturga Zaría Abreu hiciera de su propio texto hace unos años y que, al igual que ahora lo hacen Almela y Giménez Cacho, utilizaba trozos de gis para trazar, insinuar, sugerir y dislocar los distintos ambientes y elementos propuestos en sus respectivos relatos, aun cuando la obra de Abreu tuviera un carácter menos realista y más poético en todos sentidos. Como sea, la apuesta de los actores sirve, de igual forma, para subrayar ese cierto tono de calidez, ligereza y candor que marca la relación entre los dos personajes, desarrollada en plena eclosión de Il Duce Mussolini como dictador fascista. Locutor de radio defenestrado por su condición homosexual él, ama de casa tradicionalista y estoica ella, ambos se entregan, no sin titubeos, al derribamiento paulatino de sus prejuicios, y encuentran en el otro el reflejo mutuo de sus propios caracteres… En fin, que el filme es conocido.

El caso es que este recurso, que de hecho constriñe y delimita el dispositivo escénico y el espacio de la representación, parece limitarse a acrecentar los rasgos carismáticos de ambos personajes y, por extensión o asociación directa, también los de los dos actores. Pues el espacio mental de ambos, que no sólo en esto acusan la falta de un monitor externo que los observara y encausara, parece corresponderse en poco con los espacios que habitan en la realidad: Giménez Cacho llega a tener problemas de dicción y proyección, mientras que Almela, extrañamente, se anticipa a casi todos los estímulos y habita una histeria que cuando menos resulta llamativa. Se podría esgrimir, y no sin razón, que ello corresponde al ámbito de la dirección de actores, pero también valdría la pena traer a cuenta una sentencia de Bachelard: que el espacio de la poesía no puede ser otra cosa que la revelación de un espacio íntimo.

(Continuará)