FICHA TÉCNICA



Notas El autor continúa la reflexión, iniciada en la entrega pasada, sobre las pautas de la actividad teatral en diferentes partes del mundo, durante la primera década del siglo XXI

Referencia Noé Morales, “Las rebeliones en silencio (II y última)”, en La Jornada Semanal, 2 mayo 2010.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

La Jornada Semanal   |   2 de mayo de 2010

Columna El mono de alambre

Las rebeliones en silencio (II y última)

Noé Morales

Curioso es que un testimonio tan lúcido y crítico sobre la existencia en el siglo XXI haya provenido de la vertiente más ortodoxa, como lo es la dramaturgia, de un arte que en sí mismo se ha debatido largamente entre la fidelidad a sus formatos inmutables y su relación, nunca del todo lograda ni plenamente asumida, con otras disciplinas artísticas. En cierto modo, Attempts on Her Life fragua la certeza de que los recursos para criticar dialéctica y despiadadamente al mass media pueden ser distintos a los que el propio mass media utiliza; muy al contrario de lo que, en su inmensa mayoría, ha podido verse en las tablas cuando los hacedores de teatro se han inmiscuido en proyectos transdisciplinarios. Salvo excepciones, el maridaje es formal, tendiente a una espectacularidad que ha devenido anacrónica anticipadamente; como paradigma de ello, la trayectoria de la afamada agrupación catalana La Fura dels Baus. Otrora símbolo de la renovación estética de la España democrática, la compañía ha incurrido en un despeñamiento gradual en su concepción de las tensiones entre teatralidad, espectacularidad y multimedia, a grado tal que uno de sus más recientes montajes, Boris Godunov, inspirado en la célebre toma de rehenes en un teatro ruso a manos de extremistas chechenios en 2002, revela una verdad inexorable: cuando se juega abierta y sencillamente al viejo juego de la ficción teatral –en este caso, la ópera a la que los espectadores rusos supuestamente comparecían antes de ser capturados por los extremistas– se logran resultados mucho más genuinos que cuando se quiere problematizar la representación a partir de una recreación de un suceso histórico –la toma de los rehenes, la relación entre los “terroristas” y los “actores”. Dicho de otra manera: si el teatro ha sabido ser, en más de un sentido, la oferta sublimada de un sistema de ilusiones, acaso sea más honesto obviar los trucos antes que pretender ataviarlos con las ropas bastardas del gatopardismo.

Si bien es cierto que este tratamiento de las éticas y estéticas del desastre, sea en sus causas o en sus efectos, han sido poco frecuentado por el hecho escénico, es menester referir algunos casos en los que el teatro se ha ocupado ejemplarmente de derruir algunos de sus preceptos fundamentales para ocuparse del reordenamiento personal y social que los sucesos geopolíticos mas importantes han suscitado. La compañía suizo-alemana Rimini Protokoll, por ejemplo, compuesta por artistas formados en el performance y el arte acción, se ha abocado a la creación de espectáculos que parten de lo real sin tratarlo ni sublimarlo, sino aislando algunas de sus partes para evidenciar, incluso sarcásticamente, los avatares de la migración y el exilio. Call cuta, uno de sus montajes más renombrados, ofrece un vínculo directo con los fenómenos migratorios de la actualidad mediante un dispositivo sencillo y contundente: el espectador es provisto con un teléfono celular en donde recibe la llamada de un inmigrante radicado en la ciudad india de Calcuta quien, además de relatarle sus sensaciones en el exilio, le indica los movimientos que ha de efectuar en la sala teatral. El escenario se dispone a la manera de los locutorios existentes en las urbes que registran un índice alto de migrantes, y hace partícipe al receptor, evidenciando los artificios, que esa realidad, no obstante su lejanía contextual, puede interesarle en términos estrictamente emocionales.

Otra perla revestida de rareza la provee la obra dramatúrgica del argentino Daniel Veronese, en particular su texto La forma que se despliega, escrito por encargo por una directora interesada en el psicodrama y la terapia. Con apenas catorce páginas de extensión, la obra muestra a una pareja que habla, oblicuamente, del vacío que habita tras la muerte del hijo de ambos y, en contraposición, a otra pareja que se encarga de desmentir, frontal y abiertamente, la veracidad de ese dolor de padres, evidenciando a cada momento la condición de actores de todos los involucrados en el relato y ciertas referencias al pasado militarizado de la historia argentina reciente. Veronese pone en crisis la efectividad del arte actoral para transmitir un dolor creado y por ende incomparable al verdadero y, por otro lado, desnuda a los ojos del público los procesos imaginativos del histrión sin el menor intento por poetizar lo impoetizable: el teatro, ese arte vetusto y anacrónico, puede ser también el más genuino justamente por el grado de inventiva que puede alcanzar en sus momentos más notables.