FICHA TÉCNICA



Notas El autor reflexiona sobre las pautas de la actividad teatral en diferentes partes del mundo, durante la primera década del siglo XXI

Referencia Noé Morales, “Las rebeliones en silencio (I de II)”, en La Jornada Semanal, 18 abril 2010.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

La Jornada Semanal   |   18 de abril de 2010

Columna El mono de alambre

Las rebeliones en silencio (I de II)

Noé Morales

I

Era de preverse el sino desastroso del nuevo milenio en tanto que su inicio simbólico se fraguó a fuego y sangre; cuando el 11 de septiembre de 2001 el mundo amaneció con la noticia del ataque a la que fuera su capital extraoficial por más de un siglo, pudimos intuir, de alguna manera, que estábamos ante la génesis de una era de beligerancia y estruendo, pero también de la amplificación y la hipertrofia. Nunca una tragedia fue más mediática, nunca el dolor de los particulares pasó a ser tan universal por obra y gracia de la retransmisión de esa zozobra distante. Se cumplía así una de las premoniciones más lúcidas de Baudrillard, quien anticipó que, más que los eventos, debíamos encarar las esquirlas que de aquellos nos legaran los filtros perceptivos de la modernidad. Ante la confirmación del encumbramiento de la telecracia, ¿qué quedaba para el teatro, laboratorio emocional por excelencia, arte viejo y apegado a sus formas milenarias, sino el exilio definitivo en el abismo de la intimidad, sino la rebelión en el territorio temible del silencio?

II

Perfilada su condición de bajo impacto desde al menos dos décadas anteriores a la entrada del nuevo siglo, la teatralidad se ha concentrado, más que en los hechos o en los orígenes de las múltiples catástrofes que nos asolan, en las consecuencias de esta imposición de la barbarie como estado de cosas. Se cuenta, desde luego, con algunas excepciones cercanas al examen de episodios históricos que, como suele suceder en todos los tiempos, se retrotraen como contrapeso crítico del presente; The Coast of Utopia, trilogía ambiciosa del dramaturgo checo avecindado en Inglaterra, Tom Stoppard, que retrata la vida de un grupo de revolucionarios rusos del siglo XIX, es un ejemplo preclaro de lo anterior: la saga comienza con los prolegómenos de la insurrección y termina con el exilio de los rebeldes en el Londres decimonónico. El idealismo frugal, la revolución como alternativa de cambio y la posterior prostitución de los idearios como metáfora de las ciclotimias de nuestras sociedades occidentales.

Empero, las subversiones poéticas más significativas, aun cuando permanezcan en cierto ostracismo a nivel internacional, se han decantado por testimoniar la fragmentación del Yo en la época del imperio de las telecomunicaciones y del libre mercado. También inglés, Martin Crimp ha concatenado, a lo largo de una obra prolífica y excéntrica, un correlato formal sostenido de la despersonalización en los tiempos de twitter. Attempts on Her Life (2001) supone su obra maestra; en esta pieza Crimp pudo conjugar un estudio de la devastación de la personalidad a los ojos del otro, incapaz de descifrar las necesidades de su semejante pese a su supuesto interés en enarbolar un sentido de comunidad, empatía y pertenencia. Los dieciséis cuadros de la obra, más que urdir una narrativa, acumulan información escasa y por momentos contradictoria acerca de una mujer, Anna, que al parecer ha huido de su vida sin dejar muchos rastros detrás. Acaso sometida y apática, acostumbrada a cumplir la voluntad de los otros, Anna parece no poder abandonar su apocamiento incluso en fantasmagoría; su ausencia señala, oblicua y tristemente, que su imagen ha de ser siempre la que los demás quieran que sea . Entonces no sólo será empática, desprendida, caprichosa o cruel, según quien hable de ella, sino que Crimp la convertirá en un buzón de voz o un automóvil último modelo; a tal grado ha llegado la devastación de su Yo, tal es la medida del afecto que los demás le prodigan. Mediante ello, el dramaturgo británico configura una crítica sardónica sobre la manera de entender las relaciones entre lo que se necesita y se consume, a la vez que redefine algunas de las nociones fundamentales de la espectacularidad teatral. Pues más allá de lo temático, Crimp ha forjado un dispositivo lingüístico basado en la fragmentación, en la disolución del personaje en beneficio de la coralidad; una construcción del lenguaje que, en sí misma, se ofrece como el retrato de un abandono, como la puesta en lenguaje del silencio de quienes ven cauterizada su existencia en el escándalo delirante que implica habitar el nuevo milenio.

(Continuará)