FICHA TÉCNICA



Título obra La muerte de Büchner

Autoría Edén Coronado

Notas de autoría Georg Büchner / autor de Woyzeck

Dirección Edén Coronado

Elenco Enrique Ballesté, Antonio Herrero, Bernardo Gamboa, Antígona González, Mauricio Jiménez

Escenografía Edén Coronado y Edyta Rzewuska

Grupos y compañías El Rinoceronte Enamorado

Espacios teatrales Teatro El Milagro

Referencia Noé Morales, “La muerte de Büchner”, en La Jornada Semanal, 24 enero 2010.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

La Jornada Semanal   |   24 de enero de 2010

Columna El mono de alambre

La muerte de Büchner

Noé Morales

Se sabe que a toda generación de artistas le llega, en un momento o en otro, la tentación ineludible de dialogar con los clásicos. Al joven teatrero potosino Edén Coronado, fundador y miembro activo de la emblemática compañía El Rinoceronte Enamorado, la tentación le alcanzó inclusive para ser reescritura, la revolución de signos mediante los cuales intenta comunicarse con quien, sin duda alguna, fundó el teatro contemporáneo para Occidente: Georg Büchner, su estela, su figura, su escritura.

En su fugaz paso por el mundo, el joven médico de Goddelau, anatomista al fin, diseccionó como pocos artistas el alma de los hombres. Mucho se ha hablado, y con justicia, sobre sus virtudes estilísticas, pero poco sobre el que quizás sea su legado principal: la certeza de que la existencia es incompleta, imprecisa, llena de cuarteaduras en su sentido y la concatenación de sus eventos.

Entre ambas vertientes se inscribe el nuevo montaje de Coronado, novedoso y sorprendente si se considera que es la primera vez que el director se encarga de llevar a escena un texto de su propia autoría. La muerte de Büchner, título bajo el cual la pieza se ha estrenado recientemente en el Teatro El Milagro, muestra a Coronado plenamente consciente de que en Büchner, como en muy pocos autores, confluyen vida y obra hasta el punto de la fusión más entrañable. Hay en el texto referencias evidentes a la propia existencia del autor alemán, a la relación, tirante y crítica, que mantuvo con su contexto histórico (allí el vínculo con Hölderlin, entremezclado en el drama con figura del padre de Büchner) y, desde luego, una vocación de intertexto con la obra dramática del autor de Woyzeck. En su lectura como texto, la obra de Coronado se vincula estilísticamente con Büchner en tanto que construye, decididamente, un sentido inacabado: la pieza escrita proyecta, sugiere y traza un mapa general del drama a corroborarse en la escena. En efecto, el texto de Coronado elabora una ficción, como las del autor que homenajea, que parte de un principio de incertidumbre, aquél que conviene que la dramaturgia funge, ni más ni menos, como una plataforma sobre la cual se han de erigir los cimientos de un relato que sólo ha de alcanzar totalidad en la escena. De esta manera, la lectura ofrece, tal y como supo conseguirlo el dramaturgo alemán en su momento, una serie de vacíos que, antes que restar solidez a la narración, la problematizan y le proveen con un potencial sin duda alguna estimulante y atrayente.

Cabía esperar que la puesta termine de galvanizar la escritura de un joven director que, como dramaturgo, transita ejemplarmente los caminos de la incertidumbre y la profundidad emocional, virtudes no menores en todo aquel que, por alguna razón u otra, se aventura a trazar una idea de mundo en las leyes de la escena. En efecto, la puesta en escena del propio Coronado gana para sí misma todo aquello que el texto proyecta, al darle forma y volumen concretos, al volver carne un discurso que se quiere construir a varios niveles. A diferencia de otras de sus puestas, Edén demuestra en este montaje una cierta preocupación por las imágenes, una cierta inclinación por un formalismo que no rechaza la belleza ni la denuesta, pese a que por momentos se perciba acaso un cierto preciosismo que resta espontaneidad en un elenco que tiene ante sí una tarea descomunal, por las características de los personajes que encarnan y las múltiples líneas de la historia que cuentan. De cualquier modo, los actores habitan el espacio diseñado por el propio Coronado y por Edyta Rzewuska con solidez y prestancia, sin rehuir el compromiso de una puesta que, como suele ser del gusto del director, transita los caminos de la gravedad en su tono y de la densidad en su argumento. En todo caso, Coronado logra amalgamar los diferentes estilos actorales: Enrique Ballesté y Antonio Herrero, que vuelven a actuar después de un tiempo, no desmerecen ante la fuerza tanática de Bernardo Gamboa como un Büchner oscuro y radical; la joven Antígona González, como Mina, es el vistazo al mundo femenino que se contrapone a Mauricio Jiménez, sobresaliente como el Padre de Büchner y, diríamos, el padre de muchos otros más. La puesta es, sin duda, la confirmación de un talento joven al que, además, no le tiembla la mano para entrometerse en empresas de largo aliento.