FICHA TÉCNICA



Eventos IV Ciclo de Lectura Dramática Ola Nueva

Referencia Noé Morales, “Ola Nueva: cuarto ciclo teatral”, en La Jornada Semanal, 10 enero 2010.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

La Jornada Semanal   |   10 de enero de 2010

Columna El mono de alambre

Ola Nueva: cuarto ciclo teatral

Noé Morales

Concluye un año más y no podrá decirse que se acaba un período dorado del arte escénico mexicano, pues más allá de las excepciones de rigor y del esfuerzo y la dedicación de buena parte de los hacedores de teatro en México, la política cultural del país, con sus contradicciones y torpezas, se ha encargado de convertir un terreno de por sí accidentado en un campo minado modelo Vietnam circa 1969. Los augurios para el siguiente, entonces, no pueden ser distintos a los que se vislumbran para el país entero: entre la precariedad y el conflicto, no queda sino desear que las cosas sigan fluyendo, así sea, como siempre, por obra y gracia de algún tipo de milagro.

En medio de este estado de cosas, proyectos como los emprendidos por el grupo de teatreros acapulqueños agrupados en torno al festival de lecturas dramatizadas Ola Nueva, que desde hace cuatro años se realiza en la ciudad cuya vida nocturna supieron disfrutar Frank Sinatra, Luis Miguel y Félix Salgado Macedonio, se vuelven una bocanada de aire fresco ante tanto ahogo. Para esta ocasión, en la que el evento hubo de celebrarse a mediados de diciembre debido a la tardanza en la asignación de presupuestos por parte de la burocracia local, pueden verse los primeros frutos de una iniciativa pensada para incidir en la comunidad artística y el público acapulqueño en el mediano y largo plazos. El más importante de ellos es la rehabilitación de un espacio, que como tantos otros a lo largo y ancho de la República, alcanzó una subutilización lindante con el abandono más vergonzoso. Así, el Teatro Domingo Soler, que durante años vivió el ostracismo natural de las bodegas, los viveros de hierba mala y los nidos de roedores, albergó con su mejor cara posible las actividades del ciclo, compuesto por lecturas escenificadas, talleres, conferencias y charlas en torno a lo que implica hacer teatro a estas alturas del siglo.

Por principio de cuentas, vale consignar que los textos seleccionados no tuvieron el mismo estándar de calidad que los que se presentaron en las tres ediciones anteriores. Ello no puede atribuírsele necesariamente a los organizadores en tanto que la respuesta a la convocatoria que lanzaron meses atrás recibió poca respuesta por parte de los dramaturgos jóvenes nacionales, el grupo de hacedores sobre el cual descansan las intenciones primordiales del ciclo. Por ello mismo, y a excepción de las lecturas de Alicia, de Luis Santillán, Los cuatro cantos de la bestia, de David Herce y de los montajes invitados de La inocencia de las bestias, de Verónica Bujeiro, y de La eroticomedia, de Mariana Hartasánchez, todos autores con alguna experiencia, los textos mostrados corrieron a cargo de dramaturgos recién egresados, o en vías de egreso, de algunas instituciones de enseñanza teatral, con la subsecuente carga de inmadurez, apego a las enseñanzas de los maestros y carencia de voz propia típica de todos quienes alguna vez fuimos jóvenes y tomamos la pluma. En los trabajos de Iván Arizmendi –quizás el más sólido de los jóvenes escritores invitados–, Mario Conde y Alberto Ruiz, se perciben, más allá de algunos signos que denotan talento y habilidad, el trecho que los separa del dominio pleno de sus herramientas de expresión, estilo y solvencia autoral. Queda esperar que, más allá de la recepción de sus trabajos, se queden con la experiencia de haberlos presentado a un público ajeno a su círculo cercano.

Cuatro días es un período insuficiente para resarcir, ni parcialmente, los rezagos y las carencias que en materia de formación teatral profesional muestra Acapulco, al igual que un sinfín de puntos en la República. No obstante, la labor de Gabriel Brito y los demás integrantes de Ola Nueva deja ver que la iniciativa ha dejado huella entre los teatreros locales. El crecimiento como director del joven actor Ilian Blanco o el rendimiento actoral de Elsa López y Gloria Ramírez, son las pruebas fehacientes del impacto que los hacedores fuereños han dejado en la escena local a lo largo del cuatrienio. Queda esperar que la charla sabia y espléndida de David Olguín o el taller dramatúrgico de Fernando Martínez Monroy sean los primeros detonantes de la inquietud de algún diletante que, por medio de estos eventos, ha de encontrar sentido en el teatro. Y que este ciclo mantenga su vigor y su frescura, y que siga corroborando que el teatro, cuando se despega del egocentrismo, puede ser una vía excepcional de convivio y contacto con el otro.