FICHA TÉCNICA



Notas El autor comenta las pautas de la actividad teatral en México durante la primera década del siglo XXI

Referencia Noé Morales, “Una década de excepciones”, en La Jornada Semanal, 18 octubre 2009.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

La Jornada Semanal   |   18 de octubre de 2009

Columna El mono de alambre

Una década de excepciones

Noé Morales

Bien vista, la primera década del teatro mexicano en el nuevo milenio ha supuesto el testimonio de un extravío extendido que, de a poco, ha conquistado algunas certezas, la mayoría vinculadas a todo salvo al optimismo. Habitar un país devastado por la incertidumbre, por el desmoronamiento de sus instituciones y por el quebrantamiento moral de su sociedad, impone una reflexión respecto a los motivos y el significado de ejercer una profesión que, tal como lo han demostrado los hechos, parece prescindible ante la magnitud de los acontecimientos que día a día convulsionan a este país. La realidad, ese miasma en el que nos desenvolvemos, no se corresponde con la narrativa que cuentan y se cuentan quienes detentan el poder, que se desmarcan de sus antecesores por sus altos alcances absurdistas. Dicha reflexión, sin embargo, parece haber sido socavada por la obstinación del teatrero nacional por la conservación de su parcela, como si no se diera cuenta de que dicha parcela, tal y como la procura, da para poco más que el monocultivo y la endogamia.

Allí podría radicar una de las asignaturas pendientes del teatro mexicano del nuevo milenio: cuestionar la ficción, su sentido y pertinencia, en un país cuyo estado de cosas haría palidecer los más grandes relatos de la historia de la literatura. Ello parece haber afectado poco la manera de entender un oficio que en esencia tendría que haber asumido ya, y desde hace años, su condición periférica y su impacto personal antes que masivo. Esto parece pasarnos de noche a quienes persistimos en acometer las tablas, anclados en la creación de ficciones cerradas, engolosinados en la contemplación de nuestros ombligos, ajenos a lo que sucede ante nuestros ojos. Insistimos en el asunto de la creación de públicos, por ejemplo, cuando lo que habría que crear es un teatro que en algo se vincule a ser en este contexto particular.

Allí lo que hasta el momento ha ofrecido la renovada Compañía Nacional de Teatro como signo evidente de este divorcio: una teatralidad rebasada hace décadas que, además, supone que el espectador ha de conmoverse sólo si se acomide a acercarse a Coyoacán. Podría rebatirse que buena parte del resto de la producción poco tiene que ver con el teatro taviriano. Y podría acotarse, en contraparte, que dedicarle tanto tiempo y energía retórica a esta oposición es un síntoma de que ese resto ocupa casi nada en gestar un contrapeso real desde la escena, ese páramo que pese a las limitaciones sigue ocupando sin saber muy bien para qué.

De tal manera, el teatro nacional ha reincidido, en esta década, en la repetición sin diferencia: de modelos estéticos y de producción, desde luego, pero también en la enunciación de alternativas a dichos modelos sin que se manifieste una repercusión concreta. “Sacar al teatro de la sala”, “sacudirse el yugo del circuito institucional”, “incidir en una población más allá de los mismos hacedores de teatro” son consignas que, hasta el momento, no han sido más que una expresión de deseos e intenciones poco sustentadas en lo estético. Y mientras se siga pensando en la factura de dispositivos y mecanismos antes que en la poetización de los espacios (aunque fueran los institucionales, competidos hasta la desesperación), mientras se siga priorizando la pirotecnia corporal, gestual, corporal y verbal antes que la sobriedad, mientras se continúe la producción de un teatro pensado para sorprender más que para empatizar, dichos deseos seguirán perteneciendo al fértil terreno de las evasiones con las que el teatro mexicano niega su crisis y se hunde más en ella.

Así, los momentos lúcidos y pertinentes del teatro nacional del nuevo siglo son contados. La dramaturgia de LEGOM y de Edgar Chías, áspera en su poética pero estilizada en la palabra, la Noche árabe, de Mauricio García Lozano, el abismamiento existencial de David Olguín, el virtuosismo estupefaciente de Gerardo Trejoluna en Autoconfesión, el poderío testimonial de Amarillo, de Jorge Vargas, entre otros pocos, han sido las hojas que nos han tapado el bosque de fondo, en el que yace la reconsideración de asuntos fundamentales para la profesión. Y si se prosigue en la ceguera y la estulticia, dicha reconsideración permanecerá como un koan para el que no se quiere una respuesta, acaso porque dejarlo irresuelto también es cómodo y autoindulgente.


Notas

* Texto leído en la mesa redonda Las obras más influyentes de la década, celebrada en el marco de la Feria del Libro Teatral del INBA.