FICHA TÉCNICA



Título obra Eduardo II

Autoría Christopher Marlowe

Notas de autoría Alfredo Michel / traducción

Dirección Martín Acosta

Elenco Gabino Rodríguez, Roldán Ramírez, Ari Brickman, Harif Ovalle, Arturo Macías, Mario Oliver, Nailea Norvind

Espacios teatrales Teatro Jiménez Rueda

Referencia Noé Morales, “Eduardo II”, en La Jornada Semanal, 28 junio 2009.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

La Jornada Semanal   |   28 de junio de 2009

Columna El mono de alambre

Eduardo II

Noé Morales

A la memoria de Ari Cazes Sancho (1968-2009),
con cariño y gratitud

Los dispositivos de la tragedia, incontestables de suyo, son en el rey Eduardo II aún más definitorios en tanto que, como todas las pasiones, emanan de la entraña y escapan a cualquier continente o referencia racional. Su caso, el que traza el isabelino Marlowe a partir de la biografía del séptimo rey de la casa de los Plantagenet, reviste el agregado de la condena social y el estigma segregacionista: el soberano ha visto inflamados sus ímpetus y empatada su alma con la de un hombre igual a él. La combinación funesta entre la subordinación ciega a sus propios impulsos y la homofobia descarada de su corte desembocará en los mecanismos lapidarios del pathos, como una confirmación grosera de que, de cuando en cuando o acaso con mucha frecuencia, la estulticia impone y determina.

En la puesta que del Eduardo II, de Christopher Marlowe, traducido por Alfredo Michel presenta Martín Acosta en el Teatro Jiménez Rueda sobresalen varios rasgos. Lo primero es que, salvo algunos pasajes específicos (el tango entre el rey –Gabino Rodríguez– y su amante Gaveston –Roldán Ramírez–, un tanto sobredesarrollado), no hay un recargamiento vacuo en el perfil homoerótico de la pieza. Se trata, evidentemente, de un montaje que hará las delicias de los entusiastas de los queer studies tan en boga en tanto que buena parte de su contenido es abiertamente homosexual; pero más que eso se trata de un espectáculo que expone una serie de masculinidades en riesgo y en conflicto con algunas de las nociones que supuestamente las determinan y las rigen. Son, los muchos hombres de la tragedia de Marlowe y de la interpretación de Acosta, una serie de cuerpos masculinos que encarnan la redefinición, o al menos la problematización, de su condición masculina y masculinizadora. El rey, ahogado por su pasión, que renuncia a un ejercicio lúcido de su poder y depone de a poco su personalidad en favor de los consortes, sexual, simbólica y tácticamente se impone a sí mismo una castración paulatina. Gaveston, objeto del deseo y sujeto de la voluntad ajena, cuerpo a la deriva y en pos de un afecto que lo signifique más allá de la sexualidad y la urgencia. Mortimer (Ari Brickman), macho alfa movido por la ambición y la sed de poder, avezado en los mecanismos de la seducción y el avasallamiento. El muestrario de la masculinidad que la obra ofrece es, en síntesis, total y contrastante.

Esta disección de lo masculino, antes que una probable apología y engolosinamiento en la las claves del amor entre hombres, convierte a este montaje en uno de los más notables y complejos en la trayectoria reciente de Martín Acosta. El director guanajuatense construye su teatralidad, como casi siempre, anclado en su pericia formal, pero en este caso, a diferencia de otros de sus montajes, este formalismo obcecado se complementa con un sensación abismal, una complejidad sombría que sin dudas se vincula con el espectador a través de canales distintos al los del mero regocijo visual. Las escenas con banda de guerra, por ejemplo, o los pasajes que evocan la liberación testosterónica de un match de rugby son elocuentes en este aspecto: abismados, contenedores y generadores de cierto hálito mortecino, nocturnos en el sentido pleno de la palabra, equilibrados entre ese preciosismo en la forma ya referido y el sustrato del discurso que lo ordena y le da sentido.

Esta atmósfera oscura y con elementos que anacronizan la temporalidad de la puesta, enmarca el trabajo del elenco por revestir a sus personajes de ese cruce de conflictos generados entre el deseo, la moral, el reconocimiento ajeno y el impulso por cumplir los deseos propios. Gabino Rodríguez es un Eduardo desvalido ante la metralla de un amor incorrecto; afeminado y fuerte, decidido y pusilánime, conforma un trabajo actoral notable, salvo por los pasajes en los que sucumbe a un amaneramiento artificial. Brickman, Harif Ovalle y Arturo Macías, como algunos de los nobles conspiradores, cubren los muchos espectros de la ambición masculina y entregan personajes sólidos y definidos, a diferencia de Mario Oliver y Nailea Norvind como la Reina, que parecen plasmar a partir de trazos más gruesos. Como sea, Eduardo II es un espectáculo complejo y estimulante que desnuda las contradicciones que radican en la exclusión y la intolerancia, y que de paso retrata la historia de un amor, como se decía en otros tiempos, que es de otro modo.