FICHA TÉCNICA



Título obra Play Medea

Autoría David Hevia

Notas de autoría Eurípides / autor de Medea

Dirección David Hevia

Elenco Carolina Politti, Miguel Cooper, Annette Hildebrand, Lech–Hellwig Gorzynski, Mónica Jiménez, Paola Traczuck, María Goycoolea, Valentina Martínez

Escenografía Sergio Villegas

Espacios teatrales Teatro El Galeón

Referencia Noé Morales, “Play Medea”, en La Jornada Semanal, 22 febrero 2009.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

La Jornada Semanal   |   22 de febrero del 2009

Columna El mono de alambre

Play Medea

Noé Morales

Casi todo el mérito de la versión del dramaturgo y director David Hevia al mito griego se concentra en lo estilístico; en su escritura resuenan los ecos de otras voces y se evidencia un intento por encontrar coincidencias entre los sucesos de esta época y los de la saga de la hija de Eetes y Circe. Hevia ha construido un texto poderoso al oído y evocativo en la enunciación, que no niega el clasicismo al que se alinea; de hecho, mucho se apega a la tradición y poco hace por subvertir y/o reelaborar la constelación de significado derivada del mito, de la figura mítica que lo encarna y de las probables repercusiones de una resignificación en el contexto de nuestros días. La historia que Hevia relata y presenta en el Teatro El Galeón es en esencia –en su anécdota y en su trasunto fundamental– la misma de Eurípides y la misma que la historiografía literaria de Occidente nos ha legado: es el relato de la venganza de una mujer traicionada por su marido, al que ha entregado no sólo la expresión desmedida de su amor, sino también la sangre de su estirpe. Con todas las virtudes literarias anteriormente descritas, hay que decir que su aportación no es en rigor una reescritura, sino apenas un apunte, entre varios hechos a lo largo de la Historia, al relato de la esposa abandonada por Jasón durante su travesía por Corinto.

Se dice apunte porque la Medea de Hevia –y ulteriormente de Carolina Politti, la extraordinaria actriz que le da cuerpo– no hace honor al riesgo que su título pretende conferirle; la Medea de Hevia no juega, en más de un sentido, con lo que su figura representa y significa. La complejidad de su condición de madre, de amante traicionada y de extranjera en una tierra inhóspita, aparece insinuada y/o evidente en la maquinaria textual que los actores de Hevia enuncian; pero el problema mayor radica en el hecho de que nada de eso sucede en escena, casi nadie exhibe o refleja o se vincula con la carga de un pasado brutal en el plano bifronte de la ficción en sí misma y de la tradición precedente, con lo que el relato escénico de Hevia desmerece la intención sediciosa de su relato literario. Un signo elocuente de lo anterior es el espacio, diseñado por Sergio Villegas: una carpa de jardín en la que se celebrarán las nupcias de Jasón (Miguel Cooper) y Glauce (Annette Hildebrand), a la que se nos hace pasar tras escuchar, desde la butaquería, un prólogo con reminiscencias de Heiner Müller, y que hace prever una revisión contemporánea que, ya se ha dicho, no termina sucediendo del todo. Al centro de ella, en una tarima, transcurre la ficción. Se sabe que transcurre porque así lo indica la dramaturgia, no porque el elenco la habite y/o la incorpore. Entonces el espacio, que debe ser por ejemplo la cabaña de Medea o el campo, o efectivamente el palacio de Creón (Lech-Hellwig Gorzynski), se limita a ser una tarima en medio de una carpa, en tanto que casi ninguno de los actores habita, resemantiza ni genera la imaginería necesaria para dotar a ese espacio con la profundidad y la complejidad que la ficción dramática demanda, y que el estilo de puesta de Hevia pretende conformar.

Así en el espacio como en la actoralidad; Hevia no consigue que su elenco encarne la tragedia, sino que apenas la transite o la enuncie sin plena conciencia de lo que realiza. Politti tiene momentos espléndidos, pero parece confundir permanentemente la intensidad con el grito, el dolor con el chillido. Cooper traza un Jasón errático, reducido casi a un inocente que deja un amor por otro sin malicia alguna, en detrimento del hombre sediento de poder que quienes antecedieron a Hevia supieron configurar. Este extravío es notorio en el resto del elenco, confundido en su relación con los mecanismos trágicos y por ende en su desempeño en la escena. Mónica Jiménez desperdicia la importancia de su personaje, péndulo y pivote de la tragedia, y entrega a una Nana liviana hasta el desvanecimiento. El coro (Paola Traczuck, María Goycoolea, Valentina Martínez) intentan dibujar contornos individuales que se quedan a mitad de camino. Al final, pareciera que Hevia entiende que la tragedia es sólo un género literario y no la confluencia de una serie de referencias dramáticas y escénicas que generan tonalidades y particularidades actorales sumamente concretas. Y que escribió su mejor obra y no encontró, en sí mismo, al director que mejor la verificara en la escena.