FICHA TÉCNICA



Título obra La casa en orden

Notas de Título His house in order (título en el idioma original

Autoría Arturo Wing Pinero

Notas de autoría Martín Galeano /versión

Elenco Virginia Fábregas, María Teresa Montoya, Ricardo Mondragón, Fernando Mendoza, Manolo Fábregas, Manuel Santamaría, Lucía Altamirano, Roberto Catalá (niño)

Grupos y compañías Compañía Fábregas-Montoya

Referencia Armando de Maria y Campos, “Una comedia inglesa que se conserva lozana y una interpretación excelente”, en Novedades, 30 julio 1946.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Una comedia inglesa que se conserva lozana y una interpretación excelente

Armando de Maria y Campos

A Virginia Fábregas debe Sir Arthur W. Pinero ser conocido en la América española como uno de los autores ingleses más accesibles a los gustos y temperamentos latinos. Antes de que la ilustre actriz morelense estrenara en 1909 La casa en orden, Pinero era desconocido del Bravo al Plata. Su preciosa comedia fue representada por la Compañía de Virginia Fábregas en cuanto punto de América tocó en sus giras, dejando la semilla que fructificó en forma tan espléndida que La casa en orden se convirtió en obra de repertorio de casi todas las compañías españolas e hispanoamericanas que en una o en otra forma seguían los pasos de la Fábregas, guía entonces y muchos años después también del teatro europeo en América.

La pieza de Pinero parecía nueva –o reciente– cada vez que era representada, milagro de lozanía que no ha perdido, ni por su asunto hondamente dramático –que inspiró una novela: Rebeca, que el cine popularizó más–, ni por la técnica constructiva que empléo el autor, tan precisa en sus trazos como feliz en sus resultados dramáticos, ejemplo vivo de exposición, desarrollo y desenlace, que la sitúan como ejemplo permanente de buen teatro en cualquier lugar de éste o del otro continente.

Dicen quienes se la vieron hacer a Virginia Fábregas, hace años, que su Nina era admirable, por la frivolidad que sabía imprimirle durante las primeras escenas, y por el acento dramático que acertaba a darle en las escenas cumbres –cumbres borrascosas– cuando descubre las cartas que Anabella, tan ordenada en todo, se olvidó de destruir, y en el instante en que su egoísmo de mujer que ha hallado el arma con que se defenderá, renuncia a arrojarlas al fuego y las pone en manos del Sir, cuñado que, al fin, hace con ellas el uso justo a que todo caballero leal a su conciencia está obligado en caso tan difícil y dramático. Debe haber sido así, porque cuando actrices de habla castellana quisieron probar sus aptitudes, representaron esta comedia, tan fresca, que parece rosa cortada ayer mismo. En España la incorporó a su repertorio la compañía de doña María Guerrero y don Fernando Díaz de Mendoza y, como Virginia Fábregas, la representaron en cuantos sitios de América actuaron con su compañía en la última gira que hicieron, con la sobrina Mariquita como primera dama. En el Arbeu la presentaron, haciendo ya doña María el papel que ahora incorpora a su nuevo repertorio doña Virginia, y Mariquita el que por derecho de categoría corresponde al temple, el brío y la capacidad de María Tereza Montoya. Por cierto que uno de los primeros papeles que María Tereza representó cuando se iniciaba en la carrera dramática, fue el niño Roberto; la fecha: entre el año 15 y el 17. Ya he dicho que La casa en orden fue obra de repertorio desde 1909 hasta 1923 o 24, que la representaban en el Ideal, Mercedes Navarro y Julio Taboada.

Virginia Fábregas la tenía arrumbada en el archivo de su memoria –en su larga vida teatral lleva estrenados más de 3,000 títulos– y si ha vuelto a la escena la magnífica y lozana pieza de Pinero, se debe a la novela que la imita fielmente: Rebeca. El director artístico de la compañía creyó haberla descubierto, y la llevó jubiloso a las dos actrices; doña Virginia la identificó al instante y María Tereza recordó que con ella y a la edad párvula había pisado la escena. El resultado fue mandar copiar la versión de Martín Galeano, sin acordarse de la que para doña Virginia hizo en México Alberto Michel y en España, para doña María, Ricardo Baeza.

La nueva representación en México de La casa en orden ha constituido un triunfo absoluto para todos. Doña Virginia, en el personaje que ahora le toca encarnar, en gran dama y usando de la ironía con eficacia de estilete. La Nina de la Montoya, rica en veneros dramáticos, cautiva desde las primeras escenas en que hace alarde de frivolidad para ocultar su tormento, "subyuga y estremece en las que derrocha su brío dramático, de su temple humanísimo, de su capacidad de expresión, particularmente desde la escena en que la suerte pone en sus manos las cartas –fatal y efectivo recurso teatral de la escena–, antes del teléfono.

Personaje eje de esta magnífica pieza teatral es Sir Ricardo, de prueba para grandes actores que en verdad lo sean. Pues bien, nuestro eminente compatriota, Ricardo Mondragón, cuya suprema cualidad, la naturalidad que les dio sitio aparte en la escena española a Máiquez y a Romea, se toma a veces como facilidad, hizo más contundente el éxito que alcanza en esta obra, con una honda, muy responsable y humanísima interpretación de Sir Ricardo, gentleman comprensivo, sin cuya bondad, buen juicio y conciencia recta, el drama de los esposos Ridley se hubiera trocado en tragedia y convertido en sainete. Y esto sólo se obtiene cuando, como en el caso de Mondragón, se es un gran actor, cuidadoso hasta del detalle más insignificante, lo mismo en el hablar, que en el vestir, calzar o peinar. Su Sir Ricardo es una de las mejores interpretaciones de que pueda enorgullecerse la escena nacional.

Personajes claves, y por esto de peligrosa importancia, los que desempeñaron con sobriedad y dominio los actores galanes de la compañía, Fernando Mendoza –el marido– y Manolo Fábregas –el amante–. Entendiendo sus también difíciles personajes la señora Altamirano y el señor Santamaría. La escena puesta con la propiedad, buen gusto y riquezas en detalles que es caracaterística en Ricardo Mondragón.

No se olvida en este comentario al niño Catalá, sino que se le pone al final para justificiar una vez más el proverbio de que los últimos serán los primeros, y el niño Catalá, si no se tuerce o malogra, será de los primeros, de los primeros comediantes del futuro.