FICHA TÉCNICA



Eventos VI Muestra Nacional de la Joven Dramaturgia

Referencia Noé Morales, “VI Muestra Nacional de la Joven Dramaturgia”, en La Jornada Semanal, 10 agosto 2008.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

La Jornada Semanal   |   10 de agosto de 2008

Columna El mono de alambre

VI Muestra Nacional de la Joven Dramaturgia

Noé Morales

A los que apoyan siempre

Merced a la iniciativa de Luis Enrique Gutiérrez y Edgar Chías, y al auspicio inteligente de Manuel Naredo, Querétaro ha calibrado, a lo largo de cinco años, la salud y el porvenir probable de la joven dramaturgia nacional. La MNJD ha sabido librarse de un carácter meramente expositivo para devenir encuentro, intercambio reflexivo, espacio generador de proyectos más allá de la inmediatez mortal que socava el modus operandi del teatro nacional. Es ahora, cuando el evento ha cumplido un lustro, que la comisión organizadora ha decidido poner el balón bajo la suela y hacer un recuento del juego transcurrido. Para ello se aunó a las actividades acostumbradas (puestas en escena, lecturas, talleres, presentaciones editoriales) una serie de mesas redondas en las que un grupo de críticos se batió en duelo con los trabajos de la sexta generación de autores teatrales mexicanos, con resultados francamente desfavorables, en su mayoría, para el bando de los analistas.

Al estreno de El crimen del Hotel Palacio, de Martín López Brie (ya reseñada en esta columna), se sumó otra puesta en escena, la primera coproducción que realiza la MNJD y la primera obra de una autora extranjera presentada en el evento queretano. Once Upon a Time in West Asphixia o Hijos mirando al infierno, de la catalana Angélica Liddell, desentraña el infierno de las relaciones familiares, del abuso y del parricidio desde la óptica de dos hermanas en pleno uso de su pubertad. La obra testimonia el ascenso raudo del edulcoloramiento sado-tierno y del esteticismo emo en cierta dramaturgia contemporánea, y ha encontrado en Alonso Barrera, novel director queretano, una resonancia fría que destaca las cualidades (cierta contundencia, cierto lirismo) de la propuesta textual.

Sin lugar a dudas fue El carbón en la boca de Porcia, de Daniel Serrano, el trabajo más logrado de la Muestra. De entrada, por el apunte escénico de Uriel Bravo, diestro en la creación de atmósferas, en el manejo del espacio y en la construcción honda de sus personajes. Pero ante todo supone un salto de calidad innegable para el dramaturgo sonorense avecindado en Tijuana. Acaso por primera vez, Serrano no confía excesivamente en el ingenio de su premisa anecdótica, y sostiene con pericia una intriga que sacude el intríngulis cotidiano de un pequeño pueblo sonorense. El misterio descansa en una creación lingüística que recoge el habla coloquial y lo reelabora en un realismo pleno de ironía, que a partir de la oralidad se despliega hacia estratos mucho más complejos que el simple retrato de costumbres. El infierno del pueblo chico, la pulsión severa de la envidia, el tedio existencial en un lugar a mitad de la nada emparienta a Serrano con alguna de la mejor narrativa sureña estadunidense y hace pensar que los trabajos de su madurez están por arribar.

Con fortuna irregular desfilaron por La Cancha del Museo de la Ciudad Lizzie Borden, de Leonor Enríquez (un acercamiento a los motivos de una asesina en clave de narración coral), Ya no habremos vuelto mañana, de Rodolfo Palma Rojo (centrada en una familia atrapada bajo los escombros que legó un temblor, que divirtió al parecer involuntariamente), Todo lo que encontré en el agua, de la yucateca Conchi León (un texto lirista que se asoma al erotismo de una ninfa, y que todavía demanda trabajo y refinamiento), entre otras. Queda claro que la dramaturgia emergente ha producido obras de calidad irregular, casi ninguna definitiva, y que la MNJD es un muestrario de las muchas vetas elegidas por los jóvenes escritores escénicos para dar cuerpo dramático a sus obsesiones autorales.

Queda esperar que los críticos invitados, y otros ausentes, reconsideren su metodología de estudio hacia la producción dramática de estos y otros autores, de cualquier edad y filiación. El coloquio de la MNJD, más que revelar nada, desnudó la pobreza de los aparatos críticos en los analistas teatrales nacionales. Con excepciones notables (Bruno Bert, Hilda Saray), pero con el anacronismo y la falta de referentes como común denominador, estas mesas podrían apuntalar un par de silogismos peligrosos: que la crítica, ese demonio, correrá siempre a la zaga de las artes, y que el verdadero intercambio dialéctico en este tipo de eventos sucede en las cantinas y no en las prescindibles actividades de un congreso. Queda en ellos desmentirlos.