FICHA TÉCNICA



Título obra Palomas

Autoría Jesús Coronado

Dirección Jesús Coronado

Elenco Antonio Zúñiga, Teresa Rábago, Marie Triboulet, Edén Coronado

Escenografía Angustias Lucio

Iluminación Xóchitl González

Música Enrique Ballesté

Grupos y compañías El Rinoceronte Enamorado

Eventos XXXV Festival Internacional Cervantino

Referencia Noé Morales, “Palomas”, en La Jornada Semanal, 21 octubre 2007.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

La Jornada Semanal   |   21 de octubre de 2007

Columna El mono de alambre

Palomas

Noé Morales

Elegida para representar a San Luis Potosí en la trigésimo quinta edición del Festival Cervantino, la obra de la compañía El Rinoceronte Enamorado pone luz sobre uno de los tantos personajes perdidos en la noche de los tiempos de nuestra historia: el general potosino Saturnino Cedillo. Contemporáneo de Lázaro Cárdenas, protagonista fundamental en el triunfo oficialista en la Guerra cristera para luego acoger en su seno a más de un elemento del bando derrotado, Cedillo encarna las virtudes y defectos arquetípicos de la vieja clase política mexicana, con su megalomanía, despotismo y contradicción. No extraña, entonces, la presión que sobre la compañía ejercieron algunos descendientes del general, que pretendieron incluso impedir ruidosamente el preestreno en la capital potosina y amenazaron con regresar si su petición de no manchar el nombre de su antepasado no era cumplida de acuerdo a su muy particular criterio.

El caso es que Jesús Coronado no ha querido hacer una dramaturgia anclada en la investigación formal de hechos comprobables, sino que urde la ficción a partir de premisas mucho más libres; una de sus licencias principales pasa por objetivar referencias pertenecientes a la rumorología y a la tradición oral, como la supuesta relación incestuosa que Cedillo (Antonio Zúñiga) mantuvo con su hermana Higinia (Teresa Rábago), y la influencia de ésta en las decisiones del político a lo largo de su vida. Coronado no apuesta al retrato fiel de una figura conspicua, sino a la teatralización de pasajes que configuran el rostro de un hombre de claroscuros y dubitaciones y, en definitiva, con un perfil idóneo para el drama. Valiéndose de recursos próximos a la narrativa, al testimonio y a la intertextualidad, Coronado despliega una pieza que combina la intimidad del lecho con la faceta pública y hasta mediática de un poderoso casi siempre en declive, cuya summa poética parece conferirle las características de un Macbeth vernáculo y moderno, sitiado por igual por su ambición y por su pusilanimidad. El resultado es fructífero en cuanto a la creación de atmósferas y a la potencia del retrato hipotético de la figura en cuestión, pero pareciera inconsistente en términos de ritmo narrativo, con una primera parte ralentizada –en la que se relatan los eventos que orillan al general al encierro en su tierra y que muestra su enfrentamiento con el poder central– y con un tempo francamente desigual, y que influye ostensiblemente en el balance general, signado por un desenlace súbito, poco incorporado al desarrollo previo. Quizás demasiado dependiente de sus recursos formales (la narratividad y multiplicidad de ámbitos ya mencionada), Palomas no logra consolidar la figura que procura potenciar a una dimensión sobresaliente, y ello parece causa en gran medida de esta disparidad estructural. El pathos entonces no alcanza a suceder enteramente, la entrada definitiva del caudillo en el abismo no consigue constituirse como el evento que nos vincule ulteriormente con su persona intratable.

Como el director solvente e intimista que es, Jesús opta por construir su puesta basándose en la actoralidad, en la habitación plena del espacio a partir de elementos mínimos y esenciales. La escenografía de Angustias Lucio, el diseño lumínico de Xóchitl González y la notable partitura de Enrique Ballesté se confabulan para recrear, con ciertos elementos que recuerdan la narrativa visual cinematográfica (los encuadres con bastidores corredizos que alguna vez hiciera Phillipe Amand), el ambiente opresivo y bucólico del rancho que da nombre a la obra y para evocar sin demasiada parafernalia el universo rural de la época revolucionaria.

Insertos en un proceso accidentado, el reparto parece no haber escalado aún a lo más alto de sus posibilidades. Zúñiga está todavía distante de la complejidad del general Cedillo; podemos decir que en su interpretación hay demasiada luz, poco crespúsculo. Teresa Rábago es ya el poder detrás de la silla, pero tiene un trecho por recorrer hacia la perversidad absoluta. Marie Triboulet es acaso la más regular en sus múltiples interpretaciones, logrando la escala de emociones que cada una de sus partes sugiere. Edén Coronado oscila entre el grito y la caracterización formal, con momentos de mayor y menor fortuna. Con todo, cabe esperar que el equipo alcance la tesitura intrínseca de una puesta que, eso sí, no escatima intensidad.