FICHA TÉCNICA



Título obra La improlucha

Dirección Omar Medina y José Luis Saldaña

Elenco Sergio Bátiz, Daniela Arroio, Maricarmen Núñez, Juan Carlos Medellín

Grupos y compañías Complot/Escena

Espacios teatrales Foro Shakespeare

Referencia Noé Morales, “La improlucha”, en La Jornada Semanal, 7 octubre 2007.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

La Jornada Semanal   |   7 de octubre de 2007

Columna El mono de alambre

La improlucha

Noé Morales

Desde hace poco más de un sexenio, cierta parte significativa de la escena teatral chilanga –y de alguna en otros puntos de la República– está ganada por la impro. La encontrará durante todo el año en alguno de sus múltiples formatos: desde el match, que utiliza los códigos de la parafernalia futbolera, hasta el concierto, que aprovecha las cualidades vocales de sus ejecutantes para crear partituras instantáneas. Existe también ataviada de menú gastronómico, estructurada como juego infantil, como monólogos o duetos, como obra para adolescentes… Impro por acá, impro por allá… Demasiada impro, demasiada y sin atenuantes.

Esta sobresaturación ha conllevado, naturalmente, al agotamiento de sus propios formatos y convenciones. Pero antes que contrarrestar la senectud anticipada de su forma, la impro mexicana se debe a sí misma un examen riguroso de sus códigos actorales. Improvisar en México no ha supuesto el regreso del intérprete al grado cero de su conciencia expresiva, no la ha forzado a desaprender recursos y metodologías viciadas en aras de forzarse al límite o a la reinvención lozana de algunas de sus herramientas. En el mejor de los casos, y siendo acaso un poco generosos, la mayor parte de los improvisadores han rozado parcial y momentáneamente el aguzamiento de su mente en términos de velocidad de reacción (aunque esto bien podría la virtud de un automóvil o de un tenista) y se han hecho más conscientes de su relación con el otro en escena. Pero en esencia se ha traducido en autocomplacencia, autorreferencialidad y otras formas de una especia de narcisismo endémico y colectivo, con todo y el éxito taquillero que sus propuestas han cosechado.

2006 trajo la posibilidad de viento fresco. La vertiente hacia la renovación pasaba por enraizar en referentes nacionales, por despojar aunque fuera parcialmente a la impro de su hálito a humor televisivo estadunidense. De esta idea surge la ecuación mediante la cual Omar Medina y José Luis Saldaña, titulares de Complot/Escena, vinculan las faenas del improvisador con cierto folclor vernáculo. La improlucha procuró aglutinar a lo largo de su exitosa temporada en el Teatro La Capilla lo mejor de tres lenguajes pocas veces mancomunados pese a su adyacencia: el vértigo de la improvisación, la poética siempre fascinante de la lucha libre nacional y, como telón de fondo, el correlato musical en clave de surf. La conflagración perfecta, a priori, para inyectarle oxígeno a un género que enfila irremediablemente hacia el tedio en su intento por evadirlo.

La segunda temporada de La improlucha en el Foro Shakespeare amenazaba con expandir sus límites en todos sentidos. Se insinuaba que las seis duplas de luchadores/improvisadores llegaban a esta versión con un mayor dominio de la técnica del catch y también con un entrenamiento actoral decididamente específico, con más de cien ejercicios creados ex profeso. Renovación a la vista, un poco de optimismo en épocas más bien oscuras.

Mas todo se derrumba casi desde el inicio por razones que tienen que ver con algo de lo expuesto líneas arriba. Una central: la actoralidad. No sólo no puede decirse que no se percibe progreso o refinamiento, sino que hay indicios irrebatibles de parálisis e involución. Razones hay varias. Antes que nada, la relación del improvisador con sus propios recursos, entre ellos la poética corporal. A Sergio Bátiz –por mucho el mejor de los “gladiadores” que pudimos observar– y su juego integral con todos los matices de su voz, de su cuerpo y de su registro, se oponen Daniela Arroio y Maricarmen Núñez, que parecen concluir que caracterizar pasa exclusivamente por alzar los hombros o jorobarse, o por llenar la voz de melismas y/o sonsonetes reconocibles. Otros como Juan Carlos Medellín se sienten de plano pesados, carentes de dinámica, y de los otros miembros del elenco puede decirse que son capaces de dar marometas o de sacar adelante una escena, pero nunca las dos cosas juntas ni por mucho tiempo. Lo más lamentable es que la segunda mitad del espectáculo naufraga sin remedio por la única razón que los mismos improvisadores no deberían permitirse: el agotamiento de la imaginación. Acaso la impro mexicana haya dejado pasar una oportunidad invaluable para demostrar por fin que sus hacedores son capaces de generar un discurso particular y de hacer de su oficio un divertimento hilarante y luminoso. Una pena si ello fuera cierto.