FICHA TÉCNICA



Título obra Un mambo con la Catrina

Autoría Cordelia Dvorák

Notas de autoría David Olguín / autor de Bajo tierra

Dirección Cordelia Dvorák

Elenco Carlos Cobos, Arnoldo Picazzo, Adriana Ríos, José Marcelino Flores

Música Erando González

Eventos XXIII Festival de México en el Centro Histórico

Referencia Noé Morales, “Un mambo con la Catrina”, en La Jornada Semanal, 25 marzo 2007.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

La Jornada Semanal   |   25 de marzo de 2007

Columna El mono de alambre

Un mambo con la Catrina

Noé Morales

Con el envión de El solitario de Pessoa, su notabilísimo debut como directora de escena y dramaturga en México, la artista alemana Cordelia Dvorák acomete un segundo proyecto personal signado por una fascinación a la que, desde luego, muchos se han rendido antes: la relación –metafísica, erótica, dialéctica, ontológica– entre el mexicano y la muerte. Recurriendo a Bajo tierra, de David Olguín como plataforma textual, Dvorák opta por articular un espectáculo intimista y austero en su producción pero ambicioso en su poética, que ella misma califica como "musical de cámara": Un mambo con la Catrina, coproducción suizo-mexicana que ha visto su estreno en nuestro país durante la semana inaugural de la presente edición del Festival de México, en el Centro Histórico.

Más o menos conocidos son los ejes temáticos esenciales de la obra de Olguín, quien subvirtió su universo referencial y creó una ficción desopilante en el sentido más estricto del término: insertó al legendario grabador José Guadalupe Posadas en una operación de contralógica y de vocación fársica, como un habitante más de su propio universo plástico, confiriéndole además la voluntad imperiosa de huir de las garras de la Parca. Dvorák mantiene el núcleo anecdótico, incluida la figura de esa suerte de Tiresias/Virgilio/Caronte llamado Homero, e interviene el texto en todas las caras de su morfología, tanto en lo dialogal como en lo enunciativo, insertando algo de lo más granado que en materia de poesía sobre la muerte ha sabido dar el robusto árbol de nuestra tradición literaria: Paz, Gorostiza, Villaurrutia, Castellanos y Sabines, entre otros, son algunos de los autores cuya voz ha sido convocada a la escena, con resultados notables en cuanto al enriquecimiento de la oralidad y a la profundidad lírica que, por pasajes, alcanzan los intérpretes.

Estructurada como una ronda de viñetas que presentan al grabador legendario (Carlos Cobos) y a su ayudante Josefo (Arnoldo Picazzo) en un juego metateatral de roles, en el que deben asumir distintos personajes para huir en definitiva de las garras de la "putilla del rubor helado", la obra de Dvorák supone la exposición de mucho de lo que solemos ubicar como manifestaciones folclóricas en torno al tema. Ora aludiendo (tímidamente) al tema doloroso de la migración, ora enfatizando el juego de paradojas y yuxtaposiciones (entre el amor y el odio, la fascinación y el horror, el humor y el miedo) del que se compone y se desprende lo que suele entenderse como una actitud vernácula frente a la finitud, Un mambo con la Catrina traza una ficción que, no obstante la fluidez de su relato y lo preciso de su manufactura, se resquebraja entre las manos de quienes, acostumbrados al tratamiento temático, nos sentimos colocados frente a algo muchas veces visto y visitado. Aun concediéndole desde luego su derecho a la ligereza, pareciera que el espectáculo ha sido confeccionado para adiestrar a quienes, lejanos, han de iniciarse en los recovecos ontológicos y simbólicos de la calavera de azúcar y la flor de cempazúchitl. Si, aunando en la misma línea, consignamos las muchas alusiones burlonas a más de un episodio de la vida política mexicana reciente, en especial de los últimos doce meses (como las muchas frases vergonzosas de Fox, las conversaciones telefónicas Marín-Nacif, el oprobio electoral, los episodios iniciales del gobierno calderonista), nos será dado concluir que la puesta ha sido diseñada y destinada, al menos en primera instancia, para el espectador extranjero, un espectador acaso no demasiado familiarizado con nuestra historia o nuestra actualidad, pero con la información suficiente como para aterrizar la hipótesis que la obra subraya: que estamos, los habitantes de esta tierra, particularmente dotados para reírnos de la desgracia, y que debemos ver en ello un rasgo definitivo de identidad.

Disfrutable entonces si se le considera en su justa dimensión (la de un divertimento pulcro y amable), el montaje ofrece más de una oportunidad para el regocijo: las actuaciones de Cobos (notable y dúctil como casi siempre), Picazzo, Adriana Ríos y José Marcelino Flores; la música de Erando González; la corroboración de un estilo de puesta en escena al que sólo habría que reprocharle tanta fidelidad a sí mismo, y la subordinación de la imagen al poder de la palabra y la actoralidad.