FICHA TÉCNICA



Notas El autor hace una semblanza crítica del dramaturgo Harold Pinter, a propósito de haber recibido el Premio Nobel de Literatura

Referencia Noé Morales, “Harold Pinter”, en La Jornada Semanal, 23 octubre 2005.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

La Jornada Semanal   |   23 de octubre de 2005

Columna El mono de alambre

Harold Pinter

Noé Morales

En esta época de fronteras evanescentes, en el que la noción de propiedad es más que nunca una quimera difusa, Harold Pinter ha hecho de su obra una consistente relatoría alegórica sobre la territorialidad, cuestionando en cada una de sus piezas lo que entendemos por status quo. Indagando en la miseria que subyace en las apariencias, el dramaturgo inglés, recientemente galardonado con el Nobel de literatura, se ha encargado de espetarnos que no debemos confiarnos jamás de lo que nuestros ojos registran y, sobre todo, que debemos ver al presente como una consecuencia perturbadora de los vicios del pasado y de la historia. Resulta exacto entonces que el documento con el que el jurado ha divulgado su decisión haga énfasis en que el teatro del autor de Traición y Cenizas a las cenizas "descubre el precipicio de las conversaciones cotidianas e irrumpe en los espacios cerrados de la opresión".

La de Pinter ha sido, como la de muchos otros, una batalla que se basa en buena medida en una exploración del lenguaje. Si bien menos radical que la de Beckett, pero más arriesgada que la de Fo (otros dos dramaturgos premiados por la Academia Sueca), la renovación lingüística pinteriana altera la palabra dramática y se zambulle sin miramientos en el inconsciente, dejándonos ver la influencia de sus lecturas juveniles (en especial la de Kafka y, desde luego, la de los experimentos de Joyce y sus monólogos interiores), ampliando las posibilidades del realismo, tan denostado y tan opuesto a la búsqueda de muchos de los autores dramáticos fundamentales del siglo XX. No obstante, Pinter ha sabido evolucionar del teatro intimista de sus primeras obras (La habitación, El guardián, El montaplatos), atravesando una etapa de preocupación por la síntesis dramática (que encuentra su obra maestra en Traición, de 1978, notable retrato de un dilatado triángulo amoroso), hasta llegar a experimentos formalmente más libres, como Cenizas a las cenizas (1996), una revisión perturbadora del deterioro moral provocado por el nazismo.

Ambiguo y enigmático en su teatro, la biografía del dramaturgo británico resulta mucho más clara en sus convicciones y en su discurso. Descendiente de judíos, el Pinter adolescente renuncia, inmediatamente después de su bar mitzvah, a la fe de su raza, y enfila sin más hacia una congruencia notable en su ideario personal. Inconforme por necesidad, su corazón ha latido siempre hacia la izquierda, llevándolo a ser un crítico acendrado de los vicios del poder y de los excesos de la clase gobernante, siendo su blanco recurrente quienes han hecho de la guerra moneda corriente. Opositor a las dictaduras militares sudamericanas de los años setenta, contrapeso feroz a las múltiples cruzadas bélicas del gobierno estadunidense en los últimos años, Pinter se ha erigido como una voz imprescindible en su capacidad analítica y en su sensibilidad para expresar su postura ante el oprobio. Esta faceta política ha alcanzado también su producción artística, retratando en algunas de sus obras (La lengua de la montaña, El nuevo orden mundial) los excesos del poder, centrándose en el desnudamiento de las relaciones entre verdugos y víctimas, evadiendo el panfleto o el adoctrinamiento sensiblero.

Aunque su teatro ha sido escenificado en nuestro país en más de una ocasión (por directores como Manuel Montoro, Marta Luna, Ludwik Margules, Rodrigo Johnson y Mauricio García Lozano), se antoja que el acercamiento mexicano a Harold Pinter ha sido insuficiente. No sólo en lo concerniente a la puesta en escena de una de las producciones dramáticas más trascendentes de nuestra época, sino a un estudio cabal de su poética. Una dramaturgia nacional tan marcada por el realismo como la nuestra, y una escuela de dirección contemporánea que tanto ha vituperado esta dependencia, tiene en Pinter un ejemplo destacado de renovación y actualidad.

Tan sorpresivo ha resultado el nombramiento que ni el propio autor se lo esperaba. Harold Pinter tomó todo con la naturalidad de los sabios: terminó de leer los diarios, tomó el desayuno y se decidió a brindar con su esposa con un poco de champaña antes de responder a la pregunta obligada de la prensa con un "yo también me pregunto por qué me han dado este premio". Quienes sabemos los motivos, y celebramos que de nuevo el teatro ocupe un sitio preponderante en la escena artística mundial, no podemos sino unirnos a ese brindis.