FICHA TÉCNICA



Título obra Colette

Autoría Ximena Escalante

Dirección Mauricio García Lozano

Elenco Emma Dib, Arturo Beristáin, Irene Azuela, Sandra Burgos, Mariana Giménez, Lucía Muñoz, Mauricio Isaac, Andrés Zuno

Espacios teatrales Foro Sor Juana Inés de la Cruz

Referencia Noé Morales, “Colette”, en La Jornada Semanal, 11 septiembre 2005.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

La Jornada Semanal   |   11 de septiembre de 2005

Columna El mono de alambre

Colette

Noé Morales

La dramaturgia de Ximena Escalante, que conocemos hace relativamente poco, produce obras a cuentagotas, como puliéndolas con obcecación –al contrario de varios de sus coetáneos–, y se detiene mayormente, en su vertiente mexicana, en la revitalización de los mitos (con desigual fortuna en los casos de Fedra y otras griegas y Yo también quiero un profeta), contando con el antecedente, durante su residencia en España, de un acercamiento a iconos contemporáneos, como en los casos de La siesta de Pirandello y Cary Grant. Ahora nos es dada la oportunidad de presenciar otra de sus obras en el Foro Sor Juana Inés de la Cruz de la UNAM: Colette, bajo la dirección de Mauricio García Lozano.

Escalante ofrece su abordamiento al contexto y a la figura de la dramaturga y novelista titular, de quien le interesa, pronto queda claro, la biografía sobre la obra literaria. Desde el programa de mano se perfila la idea de que para la dramaturga mexicana la escritora francesa le atrapa más por lo que representa ahora que por lo que hizo entonces, sobre todo en lo que se relaciona con la transgresión de las convenciones sociales de la época. Porque aunque hay una consideración de sus hábitos y de sus actos (su bisexualidad, su oscilación entre la frivolidad y el ejercicio literario, sus amoríos con hombres menores, su independencia económica y de criterio frente a un mundo dominado por los hombres...), lo que pareciera más significativo para Ximena es que en Colette hay un caso histórico a admirar, y ello hace que su dramaturgia tienda más hacia el homenaje o la reivindicación que a una exégesis decididamente autónoma o al menos un tanto más distanciada. La ficción, e incluso el dibujo y las interrelaciones de los personajes (desnivelados en razón de la protagonista), parecen predispuestos y subordinados al ensalzamiento de una figura de suyo atractiva. No se discuten ni las contribuciones sociales ni artísticas de Colette ni la probable empatía de nuestra autora hacia ella, sino cuánto puede atomizarse esta lectura hacia lo blanco y lo negro sin demasiados matices.

Hay otros puntos de tensión que apuntan a páramos más interesantes, aunque no alcancen a detonar del todo. El primero tiene que ver con lo estilístico, y lo refiere a vuelo de águila García Lozano también en el programa de mano. Que Escalante, dramaturga de la síntesis si las hay (al menos en México), se haya ocupado de una escritora tan desaforada y por ende tan opuesta a ella misma en tantos sentidos, ¿no es piedra de toque para el intertexto, para el choque dialéctico? No hay tales porque las referencias al respecto son escasas y tangenciales, permeadas siempre por un tono paródico que la dirección subraya en los pasajes en que los actores de la compañía de Colette y de su esposo Willy ensayan los textos de la primera. Como si Escalante propusiera como heroína de su teatro a una escritora cuya obra no la entusiasma por completo, o no tanto como sus usos y costumbres.

El segundo punto lo expone el director en razón de un equilibrio precario entre la intimidad de los conflictos y lo público del espacio teatral, ámbito principal de las acciones en escena. Una paradoja a priori seductora, pero que no alcanza a ser determinante porque la intimidad es entendida tan sólo como la exposición de las interrelaciones de los componentes de una compañía teatral que no trasciende lo conocido –las actrices egocéntricas y banales, el director tirano, el mozuelo encandilado con la farándula, etcétera. Con todo, se habilita lo mejor de la poética de la dramaturga: su minimalismo dialogal, su ritmo dramatúrgico basado en lo sintético, el humor bitchy, su reducción de los hombres, siempre a la zaga de las mujeres.

García Lozano, como el sensible director de actores que es, logra de Emma Dib una actuación sólida en el protagónico, y amalgama al resto del elenco en un rendimiento compacto y sin estridencias. Arturo Beristáin, Irene Azuela y Sandra Burgos, cada uno a su estilo y desde su registro, habitan la ficción con convicción y solvencia; Mariana Giménez (sobre todo ella), Lucía Muñoz, Mauricio Isaac y Andrés Zuno entregan interpretaciones fluidas, conformando un bloque uniforme y discreto. Hay un trabajo en resumen pulcro y efectivo de todo el equipo, pero sin demasiados sobresaltos, un tanto indoloro. Como distanciado, acaso por algunas de las razones que aquí se han aventurado.