FICHA TÉCNICA



Eventos III Muestra Nacional de Joven Dramaturgia

Referencia Noé Morales, “Joven Dramaturgia (II y última)”, en La Jornada Semanal, 28 agosto 2005.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

La Jornada Semanal   |   28 de agosto de 2005

Columna El mono de alambre

Joven Dramaturgia (II y última)

Noé Morales

En La poesía en la práctica (1985), Gabriel Zaid cita a Baudelaire para hablar de un riesgo inherente a quien se inicia en las lides artísticas: "Hay cierta gloria en no ser comprendidos", frase que lleva a Zaid a hablar de adolescencia literaria, de mocedad e inexperiencia y de ese doloroso (aunque a veces el dolor sea prefabricado) despertar a la vida; pero también a hablar del autor, representado por Baudelaire, que se asume consciente e íntegramente como un espectador de su propia condición. Esto es, el autor que no sólo se asume como autor, sino que llega a plasmar en su obra, insertándose como un personaje de su propia creación, el vacío o la lucidez de su periplo vital (he allí la imagen de Velázquez junto a sus meninas como ejemplo, como nos lo dice Michel Foucalt en Las palabras y las cosas). Poetas de sí mismos, cada uno a su manera, que Zaid se encarga de enumerar: el mismo Baudelaire (el dolor de saberse lúcido), Cernuda (la conciencia del abandono), Neruda (la melancolía del pasado), Sartre (la ironía ante la fatalidad), etcétera.

¿Son los jóvenes dramaturgos, a su modo y guardadas las distancias correspondientes, conscientes de su condición autoral? Más aún: ¿han procurado, alguno al menos, una extrapolación poética de su posición en el mundo, fuera del pataleo adolescente que Zaid nos recuerda, que los lleve a plasmar en su obra su momento vital, sea éste crítico, gozoso o nebuloso? ¿Son ellos, aun antes de pedir el diálogo con los otros, los interlocutores ideales de su propia voz poética, son los personajes esenciales de su propio drama? ¿Se asumen a sí mismos, en síntesis, como autores en el sentido pleno del término?

Los hay quienes han intentado, siguiendo el paradigma de Pirandello en Seis personajes en busca de autor, una alegoría de la creación literaria a partir de la relación entre el autor y el personaje. El primero aparece como un personaje más de la pieza teatral, pero su función, confesional para el escriba, es efectiva para el espectador en términos exclusivos de arquitectura textual, en tanto se inserta como una pieza más del entramado de la ficción, participa de las fuerzas que suscitan el conflicto y coadyuva a su desenlace, pero carece de hecho de profundidad reflexiva; se limita a ser un desdoblamiento que no significa nada en términos de creación artística, sino apenas algo (la propia incapacidad, la exposición de un bloqueo temporal) en los de la confección de la obra dramática en turno.

Hay otros que no han seguido ese modelo, pero que de la misma manera malentienden la confesión biográfica como una toma de postura frente a su quehacer y frente a su medio. La aportación de tales obras, en las que se propone la ecuación: "a más folclor privado, más autenticidad y distinción", es equiparable al enriquecimiento que nos proporcionan los exegetas que, influenciados por el psicoanálisis, se dedican a detectar, en cuanta obra tienen a su alcance, los traumas, complejos y vicios de los creadores artísticos.

En El teatro de la esencia (1984), Jan Kott relata su experiencia al presenciar el ensayo de un Hamlet que un amigo suyo habría de poner en escena. En dicho ensayo, más bien una lectura, Kott atestigua cómo confluyen, en la voz de un joven intérprete del príncipe danés que duda y replantea, en plena sesión, su abordamiento al texto, las múltiples acepciones, interpretaciones y significados de la obra shakespeariana. "Se detuvo de nuevo –nos cuenta el crítico polaco–, como anonadado, como si todo le resultara novedoso y nunca hubiera leído esas líneas. No, me equivoco, como si las estuviera escuchando por primera vez." El teatro es el arte comunal por excelencia no sólo por su formato de representación, sino también por su manera de volver significante la palabra, escrita en el papel por el autor, en el verbo, traducido en acción por el actor. Por ende, escribir teatro, como nos dice Zaid de la poesía, es también leer, leerse. "El que escribe va leyendo. No es una pequeñez: es la tensión de dos que se buscan; que se hablan sin conocerse, pero que no se quieren engañar, que se exigen… es la decepción o la claridad de encontrarse en una claridad habitable, en una comunidad consigo mismo como otro."

Tal debería ser objeto de persecución para la dramaturgia joven, la dramaturgia de tinta roja. Si quienes los han precedido se lo han planteado o no es, como tantas otras cosas, asunto menor, garrote de cómicos.