FICHA TÉCNICA



Eventos III Muestra Nacional de Joven Dramaturgia

Referencia Noé Morales, “[Joven Dramaturgia (I de II)]”, en La Jornada Semanal, 14 agosto 2005.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

La Jornada Semanal   |   14 de agosto de 2005

Columna El mono de alambre

[Joven Dramaturgia (I de II)]

Noé Morales

Justo cuando la Muestra Nacional de Joven Dramaturgia queretana llega a su tercera edición, los organizadores (Edgar Chías y Luis Enrique Gutiérrez, dramaturgos ambos) han decidido un giro que representa en sí mismo una toma de postura, pues al dar prioridad al aspecto formativo sobre la discusión interna entre colegas (cuyo nivel, en los años anteriores, había sido pobre, hay que decirlo) se reconoce en el rezago pedagógico una de las mayores carencias del teatro mexicano en general. Consecuentes con ello, los organizadores ofrecieron cursos (a cargo de Fernando de Ita, Luis Mario Moncada, Otto Minera, Nicolás Núñez, el propio Chías y el director argentino Christian Drut) que al no limitarse a los terrenos específicos de la escritura lograron convocar a un buen número de actores, directores y dramaturgos de diversas partes de la República y, quizás más importante aún, terminaron por atrapar al fin el interés de la comunidad teatral queretana, que se dejó ver, en cantidades aceptables, en los distintos eventos programados a lo largo de una semana de agradable clima humano y teatral.

El transcurso de tres años de igual forma sirve, o debiera servir, para un análisis más amplio del fenómeno dramatúrgico joven (si mediante tal término englobamos a los escribas menores de treinta y cinco años) que asoma la cabeza a través de los reductos que el aparato teatral, si es que existe tal, les ha deparado como escaparate inicial.

Poco son, hasta ahora, quienes se han interesado en analizar aunque sea a vuelapluma la poética de esta generación emergente; si acaso, se puede mencionar la intervención de Ximena Escalante en una mesa redonda de la más reciente Muestra Nacional de Teatro, en la que más que análisis armó una apología de su propia generación y la de algunos de sus antecesores; los escritos periodísticos de Fernando de Ita; y la introducción de Coral Aguirre a la antología de dramaturgos jóvenes neoleoneses, publicada hace algunos años. Fuera de ello, y salvo alguna omisión por ahora no recordada, se cuenta con poco material que sustente la idea de que el stablishment se interesa, salvo por algún caso aislado, por la nueva dramaturgia nacional.

En lo que se suele coincidir, a fuer de ser obvios, es que el teatro de los nuevos dramaturgos es el teatro de la violencia. "Teatro de tinta roja", lo ha llamado De Ita. Inmanente, latente o explícita, estilizada, parodiada o sin condimentos, la violencia se narra ya sin ningún ánimo de crear conciencia o de crítica social, sino con la intención inmediata de purgar vivencias, demonios, infiernos. Un universo barriobajero, lumpenizado, amoral con estridencias pero sin afanes escandalizantes, en el que conviven arquetipos suburbanos pasados por la óptica de quienes comparten con ellos el día a día. Asistimos pues a un teatro que deja de objetivar nociones que incluso para la generación inmediata anterior (esa cuyos textos, algunos, Ximena Escalante calificó de "rompedores") resultan ineluctables: las relaciones de pareja (para los jóvenes mucho más móviles y a priori contempladas como recurso de acompañamiento vital, no de felicidad), la crisis de la clase media (prácticamente inexistente ahora), el uso del pasado histórico como oráculo del presente, y cierta tendencia internacionalizante. Los escritores jóvenes, casi todos pues, encuentran en su círculo próximo de realidad los incentivos suficientes para sentarse ante la pantalla en blanco sin necesidad (y a veces sin oportunidad) de ver allende.

Podría pensarse en primera instancia que, en general, se busca un desmarque de la poética de los predecesores inmediatos (tal y como se aventuró en este espacio hace poco más de un año) que los acercaría, casi por decreto, a quienes se encaramaron al escenario hace casi treinta años, agrupados bajo la etiqueta de Nueva Dramaturgia. Tampoco es el caso, y como llave de entendimiento se pondera un recurso pocas veces visto en los primeros y en los segundos, y que los emergentes desarrollan casi como patente de corso: el distanciamiento paródico, irónico, con el que se intenta catapultar tan apabullante marco de realidad hacia nuevas estelas poéticas. Cierto es que las mocedades impiden en casi todos los casos debutar con genialidades, pero allí está el ejemplo del propio Luis Enrique Gutiérrez, más bien ubicable en un nicho intermedio, cuya obra corrosiva y aun atípica (en su capacidad metaforizante, en su contundencia poética y del lenguaje) causa un merecido furor en la república del teatro.