FICHA TÉCNICA



Título obra La luna: 100 watts

Notas de autoría Luis Ayhllón/ autor de La historia del ser que soñó un amuleto bajo tierra

Dirección Martín Acosta

Elenco Rodrigo Vázquez, Mariana Hartasánchez, Mariana Giménez, Manuel Rodríguez

Espacios teatrales Centro Cultural Manuel Gómez Morín

Referencia Noé Morales, “La luna: 100 watts”, en La Jornada Semanal, 31 julio 2005.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

La Jornada Semanal   |   31 de julio de 2005

Columna El mono de alambre

La luna: 100 watts

Noé Morales

A Miranda, por la levedad de su viaje

Del original La historia del ser que soñó un amuleto bajo tierra, el equipo que se ha encargado de llevar a escena la obra de Luis Ayhllón (que mereció el Premio Nacional de Dramaturgia Manuel Herrera 2004) ha virado el título a La luna: 100 watts, y con tal nombre la ha estrenado, bajo la dirección de Martín Acosta, en el Centro Cultural Manuel Gómez Morín de la capital queretana. A saber si en tal cambio no se esconde cierta malicia, pero lo cierto es que la puesta en escena no ha conseguido trascender las limitaciones de un texto que, ante todo, da pie para el desconcierto.

Desconcierto justificado ante un joven autor que al querer desandar sus pasos y dirigirlos en otro sentido más bien parece haber tropezado. De un realismo sucio y masculinizado, Luis Ayhllón ha buscado mutar hacia una dramaturgia que deja de lado giros idiomáticos propios de los bajos fondos urbanos para perseguir una poética distinta a partir de lo neutro y de lo verbal; lo primero a partir de una dialogación aséptica y elusiva, con personajes menos identificables en algún lugar o estrato social determinados, y lo segundo con una apuesta que privilegia la palabra como materia prima del drama, dejando de lado acotaciones y casi cualquier sugerencia de acción escénica. Ambas características parecerían evidenciar, en primera instancia, un intento por empatarse con cierta dramaturgia contemporánea, pero Ayhllón, en su transformación como autor, se despoja de mucho de lo que enriquecía sus textos anteriores: la agilidad mental de sus parlamentos, su destreza narrativa y su humor (inmediato, mala leche), tensando los hilos de su teatro a partir de la irrupción, o al menos de la inminencia, de la violencia como signo de los tiempos y como motor primario del comportamiento humano.

En La luna: 100 watts, obra que como se ha mencionado se erigió con el cimiento de la verbalidad, la palabra dramática se siente hueca, intrascendente; la acumulación de diálogos que se pretenden sintéticos y elusivos para construir a partir de ellos a personajes vencidos ante la proximidad de su fracaso no consigue tensión, sino hastío; el conflicto narrado en dos planos (un escritor en pleno bloqueo y la prostituta high class con la que convive, y los personajes de la ficción que aquél urde a cuentagotas), que busca ser alegoría sobre las veleidades de la creación y del rol del artista, se queda en una confesión involuntaria sobre la propia insolvencia dramática. Pero lo que quizás resulte más estorboso es la pretensión lírica de un autor cuyo aliento poético es más bien corto, cuando no de plano pobre: la travesía de Ahyllón llega, cuando mucho, a una simbología de bolero, candorosa en su simplicidad: la luna, la noche y las estrellas como motivos, el cuerpo de mujer que es una isla a invadirse, etcétera. Empobrecido el lenguaje, sobredesarrollada la anécdota, descoloridos los personajes, estancada la acción, la luna teatral de Ayhllón se apaga de a poco y con angustia no tanto por su poco wattaje lírico o simbólico, sino más bien por su pretensión obstinada y desprolija en demostrar lo contrario.

La puesta en escena de Martín Acosta opera en líneas maestras similares a las de su montaje de Yo también quiero un profeta, obra de Ximena Escalante que el guanajuatense presentara el año anterior, y deriva en los mismos hallazgos y en las mismas carencias. Entre los primeros un ascetismo formal, una frialdad maquinal en la creación del espacio (aquí atípico en sus dimensiones y distribución, y cuyo diseño se debe a Fernando Flores) que sitúa la atmósfera en un punto medio entre lo onírico, lo impersonal y lo bello que deslava un poco el lugar común del que el texto no puede desafanarse nunca, y que abre, al comparecer en la sala, la esperanza de una exégesis mayor que por desgracia no llega a darse jamás. Porque Acosta, al igual que con Escalante, busca oro donde no lo hay, y convierte a su puesta en una experiencia tediosa hasta el desespero, que podría finalizar hasta tres veces antes de que tal cosa suceda. Pausas inorgánicas, silencios injustificados con los que se quiere reforzar una dimensión poética que el texto no tiene, y que redundan en un tempo dilatado con fórceps hasta el desenlace. Ni actores tan capaces como Rodrigo Vázquez o Mariana Hartasánchez, vacíos y dejados a su suerte, ni menos otros más cuestionables como Mariana Giménez o el debutante Manuel Rodríguez logran salir airosos de una experiencia que duele en todos sentidos.