FICHA TÉCNICA



Notas Comentarios del crítico sobre el libro de Manuel Capetillo, Principio y fin de la puesta en escena. Visión del espectador, editado por la Universidad Veracruzana

Referencia Noé Morales, “Principio y fin de la puesta en escena. Visión del espectador”, en La Jornada Semanal, 3 julio 2005.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

La Jornada Semanal   |   3 de julio de 2005

Columna El mono de alambre

Principio y fin de la puesta en escena. Visión del espectador

Noé Morales

Como un eslabón más de su sempiterno debate, personal y literario, entre el aislamiento del místico y los deberes mundanos de quien sabe del carácter colectivo y gregario del hecho escénico, Manuel Capetillo presenta en Principio y fin de la puesta en escena. Visión del espectador su credo personal acerca del teatro en la era de la desconstrucción, en lo que resulta ser un llamado a revalorar los elementos esenciales del teatro en tanto rito, evento artístico y hecho social relegado cada vez más, por selección natural y por la acción de tantas otras manifestaciones, a un nicho elitista y selectivo dentro del entramado de manifestaciones culturales de nuestros tiempos.

Escrito a la manera de un ensayo largo que sin embargo otorga autonomía a cada uno de los textos breves que lo componen, el libro, editado por la Universidad Veracruzana, pone énfasis en lo que debiera ser un combate decidido en contra de la vacuidad inmediatista, efectista y taquillera que ha ganado una preponderancia peligrosa en nuestras carteleras, y que Capetillo, con todo lo cuestionable que el empleo del término puede ser, relaciona con el postmodernismo, o con lo que él mismo entiende por postmodernismo, cuando su reclamo parece tender más hacia la recuperación, ante todo, del rigor como la única vía para hacer un teatro de altas pretensiones poéticas que se aleje por completo de la condescendencia y de la simulación.

Como bien refiere Rodolfo Obregón en su libro Utopías aplazadas, la definición de Antoine Vitez del teatro como "un conservatorio de las formas del pasado" pinta de cuerpo entero una de las paradojas más fascinantes del hecho escénico: su naturaleza conservadora, en tanto recoge y encorseta –cuando en él confluyen, como en ninguna otra manifestación, casi todas las bellas artes (pintura, danza, arquitectura, música)–, siempre con retardo, los hallazgos de las vanguardias dentro de un formato de representación que poco ha variado desde su origen, al menos en Occidente, en las festividades dionisiacas de la Grecia Antigua. Quizás consciente de estos dos aspectos (el conservadurismo ineludible y el contrapeso tradicional del teatro frente a la experimentación de otras artes), Capetillo apuesta por un regreso al teatro como rito, como la forma más sublimada de autoconocimiento y autoconfrontación, lo que lo lleva a hablar, en los primeros capítulos del libro, del espectador como dramaturgo y actor de su propio drama personal, que encuentra en el drama de la ficción su espejo complementario e ideal. A la manera de David Mamet en Los tres usos del cuchillo, Capetillo demanda del espectador (y creador a un tiempo) sumergirse sin miramientos en el evento teatral, en aras de descubrir en el teatro lo que de él mismo desconoce, y poder provocar una catarsis auténtica y reveladora, en la que el crecimiento espiritual se dé en dos direcciones: la que lleva al creador artístico y a esa suerte de compareciente ideal.

No solamente se detiene la mirada del escritor en esta condición mística y ritual del teatro, sino que profundiza en él como acto contemplativo, como una oportunidad para que la mirada se pose y descubra, tal vez, algo más allá de lo aparente. Y para tal efecto, nos dice el autor de Plaza de Santo Domingo, habría que acudir a la sala: "Sin que haya nada y sin que estemos, y, en cierto modo, casi sin ser, para luego dirigir la vista a contemplar y a contemplarnos. Prescindamos del juicio, descartemos su imposible objetividad que nos previene. Acudamos al vacío, vacíos."

Más allá de la autoexploración mística que él mismo propone, Capetillo quiere un teatro, y un espectador para él, que vuelva a ser un detonador del placer estético, un motivo para regocijarnos en la contemplación, tan cara a ciertas artes todavía, pero denostada por la preeminencia del análisis, de lo cerebral. Es sin duda alguna Capetillo un analista implacable, pero a la vez un hedonista que busca en el rito la fuente original del placer, por más que éste pueda conllevar, en su revelación, algo de dolor.

Habrá que preguntarse si los referentes que Manuel Capetillo propone como un teatro paradigmático (De la vida de las marionetas, de Bergman-Margules, La guía de turistas de Strauss-De Tavira, etcétera), originados todos por la interpretación de un texto dramático, no descalifica al que no parte de tales presupuestos. En todo caso, se tratará de una paradoja más de un libro inevitable y de un personaje, pensante y polémico, indispensable en nuestro medio.