FICHA TÉCNICA



Título obra Noche árabe

Autoría Roland Schimmelpfennig

Dirección Mauricio García Lozano

Elenco Miguel Flores, Carmen Mastache, Juan Carlos Vives, Carlos Corona, Aída López

Iluminación Víctor Zapatero

Música Mariano Cossa

Vestuario Alejandra Ballina

Referencia Noé Morales, “Noche árabe”, en La Jornada Semanal, 22 mayo 2005.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

La Jornada Semanal   |   22 de mayo de 2005

Columna El mono de alambre

Noche árabe

Noé Morales

Quizá sea a partir de esta obra del joven autor alemán Roland Schimmelpfennig que Mauricio García Lozano ha logrado crear su universo de ficción más sólido desde Las tremendas aventuras de la Capitana Gazpacho. Y, como en el montaje que prácticamente lo diera a conocer como director, ancla en la austeridad extrema como una de sus premisas esenciales.

García Lozano ha querido para este proyecto, según sus propias palabras, "un recital escénico", definición que resulta a final de cuentas precisa para hablar del resultado. Schimmelpfennig transita libremente entre lo real y lo onírico para crear una alegoría, más que de la incomunicación, de la frustración de la juventud contemporánea en cualquier gran urbe cosmopolita. Por ello y para ello se nos presenta una galería que da fe de cosmopolitismo y desazón: Franzyska, entre la sensualidad y la falsa delicadeza, cuyas fantasías detonan, al fundirse con los pensamientos de los personajes restantes, el grueso de la obra; Fátima, voraz y celosa, que no consigue ceñirse a lo que se esperaría de su rol de amante; Jalil, incapaz de domeñar sus impulsos y de no velar sus armas en la antesala del combate amoroso; Peter, chismoso de barrio que intenta proyectar en la intimidad ajena sus propias frustraciones; y Hans, hombre maduro que se redescubre, no sin vacilaciones, apasionado y entusiasta. Es la batalla contra sus impulsos, la inconformidad con sus respectivas realidades, lo que guía a los personajes, habitantes todos de un mismo edificio, a intentar una transgresión. Es este debate –más que su resolución–, sin dudas, la esencia y el mayor atractivo de una obra que, además, presenta un formato alambicado: estructurada como una narración escénica que, no obstante, apela por crear situaciones (de allí su probable aunque endeble faceta realista), el autor trenza el relato a partir del tren de pensamiento interno de los personajes, o subtexto, según se le quiera ver. Ello, aunado al traslape entre lo real y lo fantástico previamente referido, lo vuelven un tanto difícil de seguir para el espectador habituado a la relación causa-efecto inherente al realismo más tradicional.

Pero es el lirismo de su poética y su capacidad para crear imágenes lo que acorta esta distancia receptiva. García Lozano, ya se ha dicho, vuelve a la radicalidad espacial para bucear, junto con sus actores, en el entramado metafórico del texto, en el que están sus constantes simbólicas predilectas (por algo lo habrá escogido, se le ocurre a uno): sol, luz, sed, agua; deseo, lucha, combate amoroso. Allí están la iluminación de Víctor Zapatero y el vestuario de Alejandra Ballina, nuevamente ocres, terrosos ambos, para conformar la atmósfera. Y allí están los intérpretes, con nada salvo su imaginación, para recrear la historia.

Pico sobresaliente del montaje, el trabajo de García Lozano con el reparto pasa, ante todo, por uniformar estilos e intensidades, y por subordinarlos a la construcción de las imágenes del relato, en lo que demanda una labor casi personalizada del director con cada uno de ellos. Miguel Flores y Carmen Mastache, notables ambos como casi siempre, él en un Hans parco, matizado, pero insuflado de la revitalización que su travesía le despierta; ella, entre frágil y explosiva, sobreconsciente de su conflicto. Juan Carlos Vives y Carlos Corona, más el primero que el segundo, guiados hacia la contención antes que hacia lo exterior, quizás por los límites claros de sus registros actorales. Quizá sea Aída López la única que, por momentos, recurre a lo que le funciona (sobre todo en lo humorístico), para sacar adelante ciertos pasajes. Y quizá también la música en vivo de Mariano Cossa, casi siempre ilustrativa, y los escasos trazos escénicos, que intentan crear una convención de movimiento físico mediante claves que, pretendidamente alejadas del realismo, lo hacen por un camino que contraviene al transitado por la obra, los escasos elementos que parecen fuera de lugar y que permiten puntos de fuga en el universo de ficción. Y los que evitan que el recital escénico de García Lozano sea cien por ciento radical. Con todo, está la palabra y están los actores. Y eso, ahora mismo, es una virtud ineluctable, y habla de una búsqueda que no deja de ser necesaria.