FICHA TÉCNICA



Notas El autor hace una semblanza crítica del director de escena Fernando Wagner, a propósito del centenario de su nacimiento

Referencia Noé Morales, “Fernando Wagner”, en La Jornada Semanal, 8 mayo 2005.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

La Jornada Semanal   |   8 de mayo de 2005

Columna El mono de alambre

Fernando Wagner

Noé Morales

De los tres centenarios teatrales que el calendario actual nos impone conmemorar, quizá sea el de Fernando Wagner el que menos tinta en los periódicos y menos palabras en los homenajes consiga convocar, dada la rutilancia innegable de los otros dos personajes a remembrar (Rodolfo Usigli y Seki Sano). Pero es igualmente importante la aportación de Wagner a la historia de nuestra escena y a la conformación de las instituciones que de alguna u otra manera siguen funcionando hasta nuestros días.

El primer teatro de Wagner, que según nos ha contado Antonio Magaña Esquivel "tuvo a la inocencia como característica particular", se da entre el ecuador y los estertores del cardenismo, en cuyo proyecto de nación cabía la ponderación de las artes como elemento de identidad cultural, y el desarrollo estabilizador del alemanismo, cuya aparente bonanza económica hizo suponer que el país pasaba del campo a la ciudad definitivamente y sin traumas. En medio de este tránsito de una postura antagónica a otra, con los costos sociales y económicos correspondientes, una de las pocas cosas que quedaron claras fue la claudicación definitiva del teatro ante el cine como opción de esparcimiento masivo; esto es, la corroboración del teatro como un quehacer artístico en crisis permanente, con dificultades para definir y conservar un público y por ende estrecho de recursos monetarios.

Con todo esto, cuesta imaginar, para quienes nos ha tocado vivir una época tan frívola y pragmática, con tanta ligereza en los discursos y tanto aburguesamiento en nuestra cartelera, cómo es que los personajes de nuestra historia teatral vivieron y produjeron su teatro con una pasión que, de no ser por algunos sobrevivientes de tiempos pasados, nos sería totalmente inconcebible. El teatro como una forma de vida, como la épica de quienes supieron, o al menos intuyeron, ser partícipes en la conformación de una identidad y de una tradición; de quienes se opusieron a lo establecido con la vehemencia de la juventud, pero que también sembraron y cosecharon frutos artísticos que representaron una alternativa sólida y una renovación plena de la escena mexicana de su tiempo.

Allí es donde Fernando Wagner, nacido en Campeche o en Tabasco o en Toluca o en Berlín, vive su odisea por sistematizar y profesionalizar un oficio hasta ese entonces regido por la improvisación y la vacuidad, proclive siempre a la repetición de fórmulas que aseguraran, al menos en el corto plazo, la subsistencia económica. Tal es su principal aportación, pues se sabe que su teatro, formal, épico y plástico, pero de poca profundidad, en modo alguno puede situarse en lo vanguardista o lo renovador –Margules ofrece un testimonio al respecto en 3 crónicas del teatro en México, de Carbonell y Mier. Más pedagogo que artista, más un ordenador teórico que un pensador teatral, Wagner se encargó a un tiempo de acercarnos al mejor teatro europeo (Schiller, Wedekind, Büchner), del que era admirador confeso, y de poner en escena, a contracorriente del aparato comercial, los primeros textos de la generación de dramaturgos mexicanos emergentes, Sánchez Mayans y Basurto entre los más destacados. Por sus manos pasaron actores señeros, a quienes transmitió su disciplina prusiana y su método marcial; Luis Gimeno, Miguel Córcega, Sergio Jiménez, entre otros, han dado fe de sus hallazgos, inconsistencias y contradicciones, con la distancia de quienes no fueron nunca actores –fetiche, núcleo duro, presencias recurrentes. El temperamento de Wagner, que lo hacía recurrir al insulto y a la humillación para motivar a sus dirigidos y que formó la leyenda negra que lo acompañó para siempre, imposibilitó que pudiera moldear a un grupo estable de actores.

Fue Wagner, junto con Usigli y Ruelas, uno de los precursores de la carrera de arte dramático en la Universidad, en donde se formarían Carballido, Magaña, Ibargüengotia y Luisa Josefina Hernández. Su labor docente se extendió también a la Escuela de Arte Teatral del INBA. Su mayor legado es Teoría y técnica teatral, quizás el único estudio riguroso acerca de las particularidades de la actuación en televisión, medio en el que también fue pionero. Bastaría con ello para recordarlo con respeto. Más significativo sería, sin embargo, estudiar y valorar su obra en su justa medida.