FICHA TÉCNICA



Título obra Pescar águilas

Notas de autoría Peter Handke / autor de El pupilo quiere ser tutor; Enrique Ballesté / parafrásis

Dirección Jesús Coronado

Elenco Jesús Coronado, Edén Coronado

Grupos y compañías El Rinoceronte Enamorado

Espacios teatrales Teatro del IMSS de San Luis Potosí

Referencia Noé Morales, “Pescar águilas”, en La Jornada Semanal, 27 marzo 2005.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

La Jornada Semanal   |   27 de marzo de 2005

Columna El mono de alambre

Pescar águilas

Noé Morales

I

Enrique Ballesté cuenta la historia: iniciaban los noventa, él moraba en un departamento de la Guerrero, la economía estrecha, el teatro rácano, la vida estática; en suma, nada salvo el tedio. Entonces, un día cualquiera, se le aparecen un par de amigos añejos, de toda la vida, con un libro negro en la mano. Se trataba de una compilación de tres obras de Peter Handke editada, en los primeros setenta, por Alianza Editorial. Necesitamos, dice Ballesté que le dijeron sus dos amigos, una adaptación de la última. Vamos a pagarte tres mil pesos ("¡tres mil pesos de aquel entonces!", remarca mientras finiquita una cerveza durante una taquiza en la fría noche potosina) y la necesitamos para tal fecha. El texto a trabajar era El pupilo quiere ser tutor.

El resto forma parte de la más noble historia del teatro mexicano reciente. Pescar águilas, que así se llama la paráfrasis al texto de Handke, supuso la fundación de El Rinoceronte Enamorado en San Luis Potosí, confirmó a Jesús Coronado como director señero, y permitió la presentación real ante la sociedad teatral de Edén Coronado. Y de esto se desprendió, desde luego, el éxito en la Muestra Nacional de Teatro, el periplo por ciertas zonas de la república y más de una temporada en el Distrito Federal.

Pero todo eso ya no lo menciona Ballesté, en parte porque todo el mundo lo sabe y en parte porque no le interesa. Estamos en la taquiza posterior a la develación de placa por la reposición de Pescar águilas en el Teatro del IMSS de San Luis. En pocos casos un calificativo, manido hasta la cursilería, se amolda tan naturalmente al calificado: sencillez. En un medio como el nuestro, plagado de diletantes y de divas (o de analistas escleróticas, que prefieren la bula descarada a la mínima exégesis crítica), gente como los Coronado y Ballesté son una especie al borde de la extinción, que quizás se preserve en reservaciones de San Luis Potosí o de la colonia Guerrero.

II

Es curioso y no es contradictorio: en Pescar águilas está y no está Handke al pie de la letra. Por supuesto que el hecho de que el original prescinda del diálogo y sea un gran relato acotacional impide que la traición se consume en lo evidente, la estructura dialógica. Se han respetado, además, ciertos elementos del relato del autor de Insultos al público: el juego con la manguera, la cubeta con arena, etcétera. Pero la paradoja fascinante radica en que, en la versión de El Rinoceronte Enamorado, el desencanto frío y centroeuropeo del austriaco coexiste con una visión netamente mexicana del conflicto esencial: las relaciones de poder (entre tutor y pupilo en la original; entre padre e hijo, en una vuelta de tuerca ligera pero perversa, en la paráfrasis). Ballesté y los Coronado trasladaron el relato al altiplano potosino, región, como muchas en nuestro país, plena de miserias y contradicciones (los lugareños cazando animales exóticos para malvenderlos en la carretera a Laredo, de allí el título). Se ha reforzado, así, el perfil onírico pero a la vez neutro de la pieza, y se ha cambiado de un contexto lejano a uno mucho más familiar, pero sin incurrir en el folclorismo ni en el costumbrismo inanes. La dosificación en el empleo de elementos vernáculos (el canto cardenche, la choza, el vestuario, la música que suena en la radio) anula la posibilidad del melodrama, y distancia para bien cualquier emoción fácil. Porque la fuerza terrible de la puesta en escena radica en la interiorización y proyección de los dos actores, que aún sin diálogos ofrecen una narración, como ellos mismos dicen, de un silencio elocuente.

III

Hay que ver cómo crecen los Coronado en escena. Abajo, en el espacio de la cotidianidad, se ven menudos, delgados, casi insignificantes –entiéndase en qué acepción. Pero en subiendo al tablado, su presencia se magnifica, su corporalidad se potencia; en una frase, llenan la escena. No hablamos de un asunto meramente antropométrico, sino de la relación entre construcción mental y ejecución corpórea del intérprete teatral. Quizás sea la claridad en los conceptos y objetivos actorales, la precisión de los movimientos, pero, sobre todo, la organicidad de las acciones, aún mínimas, las que originen esta impresión. De cualquier forma, y renunciando ya a academizar lo que no necesita de maraña teórica, la reposición de Pescar águilas no ha sido un ejercicio de rescate museístico, sino la corroboración de las más fascinantes virtudes del hecho escénico.