FICHA TÉCNICA



Notas Comentarios del crítico sobre el libro de Argentina Casas, Mi vida con Rodolfo Usigli, editado por Editores Mexicanos Unidos

Referencia Noé Morales, “Mi vida con Rodolfo Usigli”, en La Jornada Semanal, 2 enero 2005.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

La Jornada Semanal   |   2 de enero de 2005

Columna El mono de alambre

Mi vida con Rodolfo Usigli

Noé Morales

La efemérides más importante que el teatro mexicano habrá de conmemorar en el año que apenas inicia será el centenario de Rodolfo Usigli (1905-1979), dramaturgo, narrador, pedagogo y guionista cinematográfico, padre de la dramática mexicana contemporánea e instaurador de un modelo dramatúrgico que muchos quisieran trascender de una buena vez, algunos siguen copiando a pie juntillas y otros buscan ignorar, pero que continúa siendo referencia obligada en la tradición literaria mexicana.

En medio de los homenajes institucionales que ya se avecinan, proclives como siempre a ensalzar maniqueamente a nuestros héroes nacionales, bien vale la pena echar un vistazo a la historia real, desmarcada del ascetismo oficialista, de un personaje de tal envergadura. Mi vida con Rodolfo Usigli, publicado en 2001 por Editores Mexicanos Unidos y reeditado el año pasado, supone un testimonio valioso en tanto permite conocer al ser humano detrás del nicho totémico en el que tirios y troyanos lo han colocado, desde la perspectiva de una mujer a quien le correspondió compartir un trecho significativo de su existencia: Argentina Casas Olloqui, segunda esposa de Usigli, madre de tres de sus hijos y testigo de buena parte de sus triunfos, derrotas y vacilaciones vitales.

Relatado en primera persona y bajo la estructura característica del libro de memorias, Mi vida con Rodolfo Usigli consigue rebasar la inmediatez del gossip para configurar un retrato vívido y multifacético de quien fuera influencia capital, a veces alentadora y otras demoledora, en la formación de escritores como Juan José Arreola, Jorge Ibargüengoitia y Luisa Josefina Hernández. Casas Olloqui confirma, a través de casi cuatrocientas páginas, la vocación paternalista y fundacional de Usigli, quien, tras su residencia estudiantil en la Universidad de Yale, nunca vaciló en echarse sobre la espalda la responsabilidad de ser la piedra referencial de la dramaturgia mexicana. Vocación que, como cabría suponer, le hizo merecedor de no pocas enemistades, muchas de ellas poderosas, que accidentaron su trayectoria al grado de exiliarse en varias épocas en trabajos de toda índole, alejado momentáneamente del quehacer teatral por los grupos de poder adversos. Como todo buen padre mexicano, Usigli cosechó por igual filias y fobias en su ejercicio de la autoridad, casi siempre moral y por momentos institucional, como cuando le fue asignada la dirección de teatro del INBA, gestión interrumpida para permitir el estreno de El gesticulador, dilatado durante años por la censura.

El libro abarca, entonces, no sólo varios de los éxitos irrefutables del dramaturgo (el estreno ya mencionado de El gesticulador, de Noche de estío y de Corona de sombras; la valoración justa de sus obras por parte de universidades e instituciones del extranjero; la adaptación cinematográfica legendaria encargada por Buñuel de Ensayo de un crimen), sino también sus conflictos sentimentales (que incluyen un amasiato con una actriz de cine renombrada), sus penurias económicas (aliviadas transitoriamente ora por un trabajo eventual, ora por el pago de derechos de alguna obra suya, hasta ingresar al Servicio Exterior Mexicano) y sus más profundas contradicciones: mientras una parte de Usigli se mostraba tolerante, en una época peculiarmente represora, con sus amistades homosexuales, otra de sus facetas boicoteaba sistemáticamente las aspiraciones artísticas de su propia esposa, cuya belleza y frescura llamaban la atención de productores teatrales y cinematográficos.

Esta frustración en sus anhelos personales no obsta para que Casas Olloqui hile el relato con imparcialidad; de hecho, este bajo perfil favorece una mesura efectiva. Sí lo desfavorece, en contraparte, la intermitencia de su ritmo narrativo y su proclividad hacia lo superficial y lo exotista, especialmente en los pasajes que evocan la etapa en que Usigli fungió como embajador en Líbano y en Noruega. No obstante estas limitaciones, a las que podrían agregarse lo descuidado de la redacción y del estilo y algunas faltas tipográficas, el volumen se antoja recomendable para quienes gusten de zambullirse en los apasionantes océanos biográficos, en el entendido de que la desmitificación de nuestros próceres artísticos más significativos, canonizados de facto por sus hagiógrafos o incomprendidos por sus miopes enemigos, contribuye a una revisión más ecuánime, y por consiguiente más inteligente, de nuestra historia cultural.