FICHA TÉCNICA



Eventos XXV Muestra Nacional de Teatro

Referencia Noé Morales, “XXV Muestra Nacional de Teatro (I de II)”, en La Jornada Semanal, 5 diciembre 2004.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

La Jornada Semanal   |   5 de diciembre de 2004

Columna El mono de alambre

XXV Muestra Nacional de Teatro (I de II)

Noé Morales

Tijuana auspició las bodas de plata de la Muestra Nacional de Teatro, otrora fiesta en la que se vio el florecimiento, el esplendor y la caída de los próceres del teatro regional mexicano, y que ahora corrobora su obsolescencia, en una coyuntura que exige, de plano, su renovación total o su muerte definitiva. Fueron en total nueve días de mesas redondas, debates, presentaciones de libros y puestas en escena que, en sí mismas y también por un efecto de acumulación, constituyeron un lento y penoso martirio para los asistentes, que hubieron de comparecer ante las más variadas formas del anacronismo teatral.

En medio de las quejas de los teatreros locales para la Comisión Artística (conformada por Luz Emilia Aguilar, Jaime Chabaud y Fernando López Mateos) y para las autoridades del Centro Cultural Tijuana y el Centro de Artes Escénicas del Noroeste por haberlos excluido de la programación (e incluir un proyecto binacional de teatro preparatoriano, inconcluso y baladí), la XXV Muestra tuvo, como pírricos momentos destacados, a El insólito caso del señor Morton, con el que Martín Zapata continua su cruzada de formación actoral en la Universidad Veracruzana, y a Ubú reciclado de Carlos Converso, divertimento sencillo de teatro de objetos, como representantes del teatro de provincia. La capital se encargó de mandar el más reciente montaje de Ludwik Margules (que merece un análisis aparte), además de ¿Dónde estaré esta noche?, de Teatro de Ciertos Habitantes, Albertina en cinco tiempos, obra dirigida por Alberto Lomnitz para la Compañía Nacional de Teatro que despertó un debate intenso tras su función, y el trabajo de la joven compañía Luna Avante, una versión pretenciosa y minimalista de El mercader de Venecia resuelta, al final de cuentas, con ingenuidad.

De allí en fuera todo fue de un nivel lamentable, aunque habría que matizar dada la diversidad de condiciones de trabajo. Una sorpresa desagradable fue ver a una profesional con la trayectoria de la regiomontana Leticia Parra entregando una puesta tan irresponsable como Fray Servando, en la que evidenció un desconocimiento total de la figura del religioso, y en la que convergió lo más complaciente del teatro juvenil. También fue desconcertante que un director probado, que hace algunos años se erigiera como uno de los más interesantes del teatro regional (Fernando Rodríguez Rojero), se aliara con una dramaturga igualmente probada y conocedora de la idiosincrasia fronteriza (Virginia Hernández) para un proyecto como Border Santo, que entre falsos homenajes a Liera y a Norzagaray se conformó con acumular lugares comunes y rebasados acerca del fenómeno migratorio.

Los despropósitos restantes los debemos a la ingenuidad. La controversia de Valladolid, farragoso texto francés carente de acción dramática, fue escogido por la compañía quintanarroense La Bambalina para acercar a la gente de su comunidad a su pasado histórico, en una puesta en escena realmente soporífera. La Nada Teatro, de Guadalajara, adaptó una obra del irlandés Martin McDonagh y la convirtió en Solitarios perdedores, que, de un tremendismo caótico, pasó por el melodrama gazmoño hasta terminar, decididamente, en la inanición teatral. La Compañía Estatal de Teatro de Coahuila, por su parte, se decantó por Qué pronto se hace tarde, de Vicente Leñero, obra menor del maestro rayana en un sentimentalismo chabacano, de la que sólo se rescata la dignidad escénica de Jesús Valdez.

En el tramo final de la MNT, Sandra Félix confirmó los rezagos formativos del CEDRAM de Pátzcuaro, al tiempo que reproducía casi al dedillo los más recientes montajes de Luis de Tavira en El inspector, la delirante farsa de Nicolai Gogol. Y como cierre, la compañía californiana de origen chicano Culture Clash presentó un collage que, aunque de un humor burdo, mostró su fuerza actoral.

Una vez curada la lumbalgia, resarcida la amigdalitis y superada la depresión, procederemos a entregar un análisis más acucioso de un evento en el que no sólo abundó el mal teatro sino la abulia y la soberbia. Y es que si realmente le damos la razón a la Comisión Artística, que jura y perjura que seleccionó lo mejor de cuanto concursó, el panorama del teatro mexicano es tan alarmante que vuelve una frivolidad pensar en una Muestra Nacional. Ya se perfilan sugerencias de renovación por parte de algunos de nuestros héroes teatrales; pero muchos de ellos, lo dicen y lo demuestran, están cansados, con la cabeza y el corazón puestos en otra parte.