FICHA TÉCNICA



Eventos III Festival Internacional de Teatro de Calle

Referencia Noé Morales, “Festival Internacional de Teatro de Calle”, en La Jornada Semanal, 7 noviembre 2004.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

La Jornada Semanal   |   7 de noviembre de 2004

Columna El mono de alambre

Festival Internacional de Teatro de Calle

Noé Morales

Afectado por las restricciones presupuestales características de un cambio de gobierno estatal, el Festival Internacional de Teatro de Calle se llevó a cabo, por tercer año consecutivo, en diversos puntos del centro histórico de Zacatecas, en medio de una tibia incertidumbre ante los eventos a presenciar, en tanto los avatares políticos de los últimos meses imposibilitaron la presencia de grupos de renombre o con espectáculos de gran formato.

Pero esta ausencia de grupos internacionales rutilantes, lejos de inhibir el análisis, posibilitó una reflexión más clara acerca del status quo del teatro de calle nacional, con casos que ejemplifican lo mejor y lo menos logrado del discurso mexicano en la especialidad. La programación se compuso casi toda, además, de espectáculos creados en provincia, lo que permitió atisbar el fenómeno desde una perspectiva más amplia.

La primera conclusión la confiere una pauta recurrente: la falta de especificidad en su lenguaje escénico callejero, la ausencia de un discurso teatral que sólo pueda comprobarse y cumplirse cabalmente en el espacio público. Buena parte de los montajes, más allá de virtudes artísticas de suyo irrefutables, son susceptibles de representación en recintos teatrales convencionales. Pareciera que existe una tendencia a creer que la diferencia entre una puesta para espacio cerrado y otra para uno callejero se circunscribe, primero, a lo meramente isóptico o métrico: un alargamiento del trazo escénico, una mayor proyección de la voz; y, en segundo lugar, a la utilización de recursos pirotécnicos (zancos, tambores, mojigangas, fuegos artificiales) vinculados a la tradición de festejos religiosos o carnavalescos de corte eminentemente popular, pero sin procurarles un replanteamiento o actualización, con lo que se obstaculiza la conformación de discursos más contundentes y estructurados, que consideren el espacio público como un escenario con particularidades que demandan otro tipo de recursos expresivos. En términos dramatúrgicos, de entrada: las narraciones escénicas fueron casi todas convencionales en su estructura y estilo, pasando por alto las fugas de atención, abandonos o incluso reciclaje del público durante una representación callejera, el uso del espacio como un elemento discursivo determinante, y un acercamiento a expresiones más cercanas a lo parateatral, alejados de una concatenación de eventos lógica en lo anecdótico.

Pero aun en esta incipiencia del teatro de calle mexicano (que interesa no sólo a los grupos artísticos, sino a pedagogos, funcionarios, críticos e investigadores), hay muestras irrefutables de talento, vocación y disciplina, principalmente en provincia. Cielo rojo, Ayapín, cielo rojo, fábula sobre la fundación de Culiacán escrita y dirigida por el joven teatrero culichi Juan Mendoza, se constituyó como un evento sólido y sugerente en lo que respecta a uso del espacio, manejo de actores y composición plástica. La compañía de danza chilanga El Circo ContemporáNEO, por su parte, ofreció en 14 suspenso, 11 sorpresa, 9 locura una muestra clara de su dominio del oficio, con todo y ciertas intermitencias temáticas e incursiones en lugares comunes del teatro danza que minaron su desempeño. Desde la blanca Mérida, tras más de treinta horas de viaje y de la mano del legendario mimo yucateco Divino Pastor Góngora, llegaron los jovencitos del grupo Ich Ka an a presentar un espectáculo itinerante que causó furor entre los transeúntes zacatecanos, atónitos ante la maestría con que un niño de ocho años dominaba las cadenas de fuego. La compañía Arte Acción, que con su Circo Ilusión convoca a intérpretes con discapacidades mentales y físicas, proveyó una lección de honradez y dignificación de una profesión que puede ser muy vapuleada por grupos como Arlequín de Saltillo, que no se conformó con llevar a un festival internacional un bodrio hecho al vapor de veinte minutos de duración, sino que se permitió pasar el sombrero entre la concurrencia después de recibir unos honorarios desmedidos para su pequeñez artística y ética.

Sin poder ver el final del evento, pues hubo que regresar a la capital tirana a ganarse la vida, dejamos Zacatecas con la seguridad de que serán los artistas, más que las instituciones que no siempre suelen estar a la altura de su tiempo, quienes procuren la evolución de una disciplina que, atomizada y todo, es aún territorio virgen para quien, con un poco de sistematización y disciplina, pueda dar con sus primeras certezas y enseñanzas.