FICHA TÉCNICA



Título obra El muchacho que se quería casar

Dirección Ignacio Miranda

Grupos y compañías Plataforma Teatro

Espacios teatrales El FARO de Oriente

Referencia Noé Morales, “El muchacho que se quería casar”, en La Jornada Semanal, 26 septiembre 2004.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

La Jornada Semanal   |   26 de septiembre de 2004

Columna El mono de alambre

El muchacho que se quería casar

Noé Morales

A Rafael Toriz, camarada de los que quedan pocos

El Faro de Oriente, con sus paredes pródigas en graffitti y sus interminables pasillos poblados de perros de todos tamaños y presentaciones, recibe a la compañía callejera Plataforma Teatro un sábado a mediodía, uno de esos sábados recientes marcados por los cielos grises y los diluvios otorgados por la racha de huracanes que asuelan el territorio caribeño. El agua es a tal grado copiosa que la compañía, beneficiada con una de las giras urbanas del programa Artes Por Todas Partes de la Secretaría de Cultura del DF, debe adecuarse por primera vez a un escenario cerrado para dar función de su espectáculo El muchacho que se quería casar, basado en narraciones orales de la tradición indígena de la sierra de Puebla, con el que han recorrido no sólo buena parte del Distrito Federal sino varios puntos del interior del país. Pese a las inclemencias climáticas y a las dificultades de promoción que por desgracia se han convertido en características de los cada vez más escasos eventos culturales patrocinados por el gobierno capitalino, alrededor de cuarenta y cinco personas deciden abstraerse del futbol por televisión y de los preparativos para las celebraciones patrias para dedicar noventa minutos, algunos por primera vez en su vida, a un evento teatral.

La tradición de teatro callejero, itinerante y de vocación social, ocupa desde luego una lugar preponderante en la historia teatral de nuestro país, con todo y que en las últimas dos décadas se ha observado cierto decaimiento en cuanto a calidad y cantidad de grupos especializados. El origen se remonta a la época colonial: uno de los vehículos de evangelización predilectos de los misioneros fueron los dramas litúrgicos, que encontraban su escenario natural en los atrios y en las plazas próximas a los templos religiosos. Pero no solamente se trataba de registrar y respetar los modelos prehispánicos de representación, sino de no violentar la significación que los nativos daban al espacio. "En rigor –dice Antonio Magaña Esquivel–, los franciscanos no hicieron más que aprovechar los escenarios a los que ya estaban acostumbrados los indígenas y trasplantar las piezas religiosas con el propósito de difundir el nuevo credo." La simbiosis, pues, pasó básicamente por un rescate de los modos de representación prehispánicos, cuya filiación era preponderantemente de carácter popular y de espacios abiertos. Desde los últimos estertores del dominio español, y aún hasta principios del siglo xx, y ya sin ninguna vocación evangelizadora, un sinúmero de compañías, independientes en su mayoría, se encargó de llevar a todos los rincones del país el teatro de su tiempo, mayormente obras que copiaban la tradición decimonónica española, un lastre del que tomaría varios años desafanarse.

Aun sin un perfil claro de alfabetización o de posicionamiento político, el teatro de esta joven compañía dirigida por el chileno Ignacio Miranda mantiene vínculos sanguíneos con el teatro campesino de los años sesenta, que buscaba llevar a las zonas marginales algo más que entretenimiento: el teatro como vehículo de concientización política y social, la posibilidad de retribución a los pueblos indígenas, un regreso al origen. Miranda ha tomado la anécdota de un cuento indígena, la de un joven obsesionado en casarse que comete todo tipo de equivocaciones para no cumplir su anhelo, y ha creado a partir de ella un relato escénico que conjuga elementos típicamente callejeros como los zancos, las máscaras, y música en vivo. Hay un equilibrio entre el relato dramatúrgico, decididamente anecdótico, y el escénico, que evita la ilustración y potencia cada uno de los eventos de la narración, materializándolos logradamente en la escena. La relación entre narración e imagen, aun con lo básico que la primera puede ser, arroja como resultado un montaje con un tempo fluido, ameno, que consigue retener la atención de espectadores no habituales de teatro sin caer en concesiones que traicionen en modo alguno la teatralidad. Con un desempeño actoral muy logrado en cuanto a las caracterizaciones (especialmente por las mujeres, Dora Luz Hagerman y Citlali Huezo entre ellas), El muchacho que se quería casar recupera y revitaliza, aun sin actualizarla, una tradición sobre la que valdría la pena poner mucha más atención de la habitual.