FICHA TÉCNICA



Título obra Me cago en Dios

Autoría Iñigo Ramírez de Haro

Dirección José Luis Saldaña

Elenco Omar Medina

Escenografía Alejandro Ainslie

Iluminación Alejandro Ainslie

Grupos y compañías Compañía Complot/Escena

Espacios teatrales Foro La Gruta

Referencia Noé Morales, “Me cago en Dios”, en La Jornada Semanal, 30 mayo 2004.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

La Jornada Semanal   |   30 de mayo de 2004

Columna El mono de alambre

Me cago en Dios

Noé Morales

La expresión castiza que da título a la obra del escritor vasco Iñigo Ramírez de Haro engloba perfectamente las dos características principales de la propuesta: su afán irreverente y su crítica acérrima de las instituciones eclesiásticas católicas. Aun cuando esto último suene bastante trillado, baste consignar la agresión que sufrieron el actor de la versión española y el propio dramaturgo a manos de un comando de ultraderecha el pasado 2 de mayo en el Círculo de Bellas Artes de Madrid (episodio que recuerda inevitablemente lo sucedido hace veintitrés años en el Centro Cultural Universitario a la Infantería Teatral de la Universidad Veracruzana, cuyos miembros, que representaban Cúcara y Mácara, de Oscar Liera, fueron apaleados por una turba que, como sus émulos españoles, irrumpió en el escenario al grito de "Que viva Cristo Rey"), lo que permite concluir que, pese a los desfases en su tratamiento, el tema abordado mantiene un alto nivel de pertinencia.

En México, por fortuna, el montaje que la compañía Complot/Escena hace del monólogo en cuestión no ha detonado la furia fascista de algún grupo radical aunque, por las malditas dudas, un policía con macana aumenta su cultura teatral cada fin de semana en el Foro La Gruta. Interpretado por Omar Medina y dirigido por José Luis Saldaña, Me cago en Dios transita, esencialmente, por la ruta de la acumulación. De episodios autobiográficos relacionados con los efectos de la práctica religiosa, de denuncias acerca de los muchos vicios y excesos de la Iglesia católica o de la doble moral de sacerdotes, obispos, y otros intermediarios de la divinidad. Referida ya su pertinencia temática, esta acumulación opera sin embargo en sentido opuesto al contemplado por el autor, en tanto diluye su contundencia favoreciendo la mera irreverencia blasfémica, y en tanto ve debilitada la línea del relato debido a la arbitrariedad e inconsistencia de los eventos de la escena.

Sucedido enteramente en un cuarto de baño (que en la versión escénica que hoy se reseña reproduce Alejandro Ainslie como iluminador y escenógrafo), el monólogo recurre al estreñimiento como metáfora de la represión y la autocensura provocadas por la culpas que en nuestras frágiles y manipulables almas siembra la católica, apostólica y romana. El único actor que cita al escenario Ramírez de Haro, entonces, ha de desdoblarse para interpretar a los múltiples interlocutores insertos en la narración (que van de un cura con tendencias pedófilas a Santa Catalina de Siena, cuya alusión nunca termina por justificarse por completo), lo cual, amén de denotar un evidente anacronismo formal, es una herramienta que se agota en sí misma y lastra un texto dramático que termina siendo a tal grado cansado que invoca peligrosamente la maldición que Peter Brook llama "el demonio del aburrimiento". Después de todo, Ramírez de Haro quedó mejor con el diablo que con Dios, aunque no de la manera en que lo hubiera deseado.

Si la experiencia resulta atractiva es por la labor como director de escena de Saldaña y, sobre todo, por la interpretación de Medina. Complot/Escena se ha decantado por trabajar la farsa, a veces con hallazgos innegables, otras con tosquedad evidente. En el caso que nos ocupa, por fortuna, Saldaña presenta un trabajo más pulido, exprimiendo al máximo el humor sarcástico de Ramírez de Haro sin caer definitivamente en lo esperpéntico, una tentación cercana e inherente a las características del texto. Consistente de tempo, ágil casi siempre en las transiciones, consiguiendo la empatía del espectador con el personaje y con las situaciones presentadas, el director sabe subordinar su construcción escénica al servicio del actor, dándole la libertad suficiente para explotar sus cualidades, pero al mismo tiempo canalizándolas en la dirección que considera correcta.

De Medina podría subrayarse no únicamente su esfuerzo encomiable, el que sin más "se la rife" sobre el escenario en un tour de force intenso y demoledor. Lo más destacado es que logre sobreponerse a lo limitado de su registro físico y actoral, que no descanse exclusivamente en su carisma, como ha sucedido en ocasiones anteriores, y que se atreva a confrontar y redefinir algunas de sus herramientas actorales en un proyecto que exige cualidades muy precisas de quien ha de interpretarlo. Sin duda, lo más valioso del montaje es atestiguar el proceso de maduración del lenguaje teatral de esta joven compañía mexicana.