FICHA TÉCNICA



Título obra Fotografías explícitas

Autoría Mark Ravenhill

Notas de autoría Ana Graham / traducción

Dirección Martín Acosta

Elenco Luis Miguel Lombana, Arturo Ríos, Ana Graham, Antonio Vega, Eduardo Arroyuelo, Verónica Segura

Escenografía Auda Caraza y Atenea Chávez

Espacios teatrales Teatro Helénico

Referencia Noé Morales, “Fotografías explícitas”, en La Jornada Semanal, 16 mayo 2004.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

La Jornada Semanal   |   16 de mayo de 2004

Columna El mono de alambre

Fotografías explícitas

Noé Morales

Mark Ravenhill, uno de los dramaturgos ingleses más exitosos de la última década, tiene a la fecha una asignatura pendiente: hacer que sus padres asistan a ver sus obras. "No hay caso, mi teatro no es para ellos", declara a un periodista británico, quien ante la confesión ilustra su sorpresa con una acotación predecible: "Detrás de ese aspecto duro, late un tierno corazón." A los mexicanos quizás no nos consta fehacientemente su ternura, pero sí dimos fe de lo imponente de su físico y lo afable de su trato hace unas semanas, cuando vino al estreno de su texto Some explicit Polaroids, traducido y producido por Ana Graham y escenificado por Martín Acosta en el Teatro Helénico.

En esta obra, traducida como Fotografías explícitas, Ravenhill refuerza su característico diagnóstico del desencanto de la juventud británica actual, contrastándolo con el de personajes de una generación anterior. Nick (Luis Miguel Lombana) es un ex activista de izquierda encarcelado por años tras un fallido intento de asesinato, en plena era Thatcher, contra el prohombre Jonathan (Arturo Ríos). Su salida de prisión, que pasa por el reencuentro con su ex pareja Helen (Ana Graham), quien de opositora y rebelde se ha acomodado como legisladora, implica el redescubrimiento de un mundo que tras su confinamiento le resulta incomprensible: carencia de ideales, desorientación política, vacuidad, inmediatez. Inevitablemente, se da el choque con los veinte-treintañeros Tim (Antonio Vega), homosexual seropositivo; Víctor (Eduardo Arroyuelo), go-go dancer ruso que aquél contrata como chulo particular; y Nadia (Verónica Segura), bella musa de table dance golpeada a diario por su amante, con la que Nick se involucra emocionalmente.

Es curioso que la mirada precisa de lo juvenil que ha prestigiado al autor muestre aquí signos de miopía y maniqueísmo. Los tres jóvenes se jactan una y otra vez de su suficiencia y su felicidad infeliz, de su conformidad con la ausencia de compromisos de todo tipo. Pero al final, ni la repetición ad nauseam de este postulado los salva de una verdad inobjetable: nadie puede ni nadie debe vivir sin amor. Tim y Víctor se enamoran, y la muerte del primero, que él mismo fuerza al suspender su tratamiento, resulta un cisma que los lleva a lo que dicen no permitirse: sentir. Incluso el muerto se arrepiente, y pronuncia el anatema desde ultratumba: "Te amo." Nadia, por su parte, repara en que ni las drogas sintéticas compensan lo humillante del maltrato físico, y acepta su amor por el viejo Nick. El matiz humorístico del texto (que tiene momentos de una acidez sobresaliente), y el hecho de que el escritor pertenezca a una tradición teatral distinta, no parecen argumentos suficientes para rebatir que Ravenhill no esconde ternura tras su ferocidad aparente, sino que, al menos en el caso que hoy nos ocupa, incurre en el juicio moral de sus personajes, cuya rebeldía termina convirtiendo en mera bravata adolescente. No puede haber gran crítica generacional en quien traiciona su planteamiento primario y opta por el aleccionamiento edificante, sino apenas un hueco afán escandalizante, resumido en la frase publicitaria del montaje: "Aquí el sexo es una marca registrada, y los sentimientos están pasados de moda."

El montaje presenta la característica austeridad de recursos escénicos de Martín Acosta. Empero, el diseño espacial, de Auda Caraza y Atenea Chávez, pareciera desfavorecido dadas las dimensiones de un teatro como el Helénico, cuyo gran escenario a la italiana no empata del todo con las atmósferas intimistas planteadas en el texto dramático. Con todo, el trazo escénico del director es más que pulcro, y habilita una composición plástica obcecada y sugerente.

Son los personajes maduros, construidos más vívidamente que los estereotipados jóvenes, los que permiten un desempeño histriónico más convincente. Aunque poco matizados, Lombana y Ríos resuelven sus papeles con solvencia, a diferencia de Graham, lastrada por su tendencia al grito y a proyectar la voz desde la garganta. En tanto, Segura y Vega logran caracterizaciones sólidas, mientras Arroyuelo construye a Víctor desde lo formal, acento incluido, aunque con poca verosimilitud. Al final, quizás haya sido mejor que los padres de Ravenhill no escogieran esta obra para acercarse al teatro de su hijo; hubieran concluido que ser joven hoy, en Inglaterra o en donde sea, implica tal desorientación que requiere de las moralejas de los adultos especializados en el oprobio y la estulticia.