FICHA TÉCNICA



Título obra Postales

Autoría Martín López Brie

Dirección Martín López Brie

Elenco Claudia Trejo, Eduardo Castañeda

Iluminación Matías Gorlero

Espacios teatrales La Capilla

Referencia Noé Morales, “Postales”, en La Jornada Semanal, 22 febrero 2004.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

La Jornada Semanal   |   22 de febrero de 2004

Columna El mono de alambre

Postales

Noé Morales

Conocido principalmente como diseñador de vestuario teatral, Martín López Brie incursiona y debuta en la dramaturgia y la dirección de escena con Postales, que se presenta los miércoles en el teatro La Capilla. Suerte de monólogo a dos voces, la obra ofrece dos líneas narrativas: en primera instancia, un recorrido lineal por la biografía de Isabel (Claudia Trejo), joven de Nueva Orleans que encuentra en la invención de historias fantásticas la mejor forma de colorear su entorno; y, como complemento intertextual, la serie de historias compuesta por la propia chica al alimón con su amigo de la infancia Eddie, y que tienen por protagonistas al Capitán Jason y a Chabelinha, par de personajes que evoca, aunque sólo evanescentemente, cierta literatura norteamericana decimonónica (Whitman, Melville, de algún modo Twain), en específico toda aquella tradición que ha abordado el vínculo atávico entre el hombre y el mar.

Dividida en capítulos que se nombran "postales" (aludiendo a las cartas que Isabel suele recibir de su padre, constancia de su desapegada relación), la obra sobrevuela los terrenos de un realismo que, si bien se pretende poético, parece quedarse más en un plano tenuemente simbólico, que busca explotar el carisma de un personaje inquieto, lozano e irreverente, pero a la vez atado a los convencionalismos de su entorno. Siempre al servicio de los hallazgos formales que pueda proveer el trabajo de puesta en escena, la obra de López Brie consigue, sobreponiéndose a sus intermitencias, un acercamiento mal que bien verosímil a la cosmovisión de una mujer estadunidense de la era del jazz, transmite por momentos la sensación de un discurso sólido en tanto puede mantener por lapsos razonables las convenciones que plantea –los saltos temporales, los múltiples escenarios que propone con todo y lo austero de su utilería, los desdoblamientos a los que se somete el trabajo histriónico de Trejo y el de Eduardo Castañeda, por cuya cuenta corren los personajes masculinos. Pero, simultáneamente, el planteamiento no profundiza; parece ser apenas la provocación para un juego escénico que no trasciende. Pronto queda expuesto que, más que apostar por una historia multidimensional o por una trayectoria sugerente del personaje, el proyecto es una suerte de homenaje al ludismo políticamente correcto que se asocia con la infancia, una invocación al niño interno que se supone todos llevamos dentro. El aceptar esta convención depende, por supuesto, de la disposición o el humor de cada espectador, pero haría falta un trabajo mucho más complejo de construcción del personaje, una vocación por rebasar la mera evocación historiográfica o de ambientación en la anécdota, para dotar a Isabel de las peculiaridades que la volvieran decididamente entrañable. Que se evitara, en síntesis, suscribir el cliché de que la ternura o el candor es la mejor vía para acercar un personaje al público.

Es notoria la influencia de Martín Acosta en el López Brie director. De entrada, por la nula presencia de pirotecnia escénica y la escasa escenografía: el espacio prácticamente vacío salvo por una tina, la creación de ámbitos basada principalmente en el juego luminotécnico (de Matías Gorlero), e incluso la utilización polifuncional de un par de maletas. Estéticamente, el montaje es pulcro y funcional, aunque demasiado parecido en su resolución a los del director guanajuatense.

Claudia Trejo, que a partir de improvisaciones con el director inspiró y dio forma a buena parte de la obra, se ve favorecida en un principio con la inocencia y picardía con la que se maneja preponderantemente a Isabel, pero no puede evitar perder frescura y ganar rigidez en cuanto la obra da giros hacia tonos menos festivos. Por momentos ceñida a la historia como quien se somete a las incomodidades del arnés, Trejo deja ver la amplitud de su registro y buena parte de sus posibilidades expresivas, aunque el texto y las pautas de dirección no le permitan un lucimiento pleno. Eduardo Castañeda, en cambio, matiza poco sus muchas caracterizaciones y, aun concediendo que la función hoy reseñada fue particularmente accidentada, mostró serias dificultades de dicción. En resumen, cabría esperar que Martín López Brie se desmarcara de sus influencias y diera en su siguiente proyecto pasos más contundentes en la búsqueda de una voz propia como autor y de un sello más definido como director.