FICHA TÉCNICA



Notas Comentarios del crítico sobre el libro Teatro norteamericano contemporáneo II, prologado por Robert Potter y editado por El Milagro

Referencia Noé Morales, “Teatro norteamericano contemporáneo II”, en La Jornada Semanal, 11 enero 2004.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

La Jornada Semanal   |   11 de enero de 2004

Columna El mono de alambre

Teatro norteamericano contemporáneo II

Noé Morales

Descomunal e inabarcable como es, el teatro estadunidense de la actualidad se muestra como un conjunto heterogéneo de voces, corrientes y estilos plenamente congruente con la composición de la sociedad que lo origina, por más que su máximo mandatario, y alguno de sus gobernadores recientemente electos, se esmere en construirle una imagen alienada e inverosímil. Como un intento por aproximarnos a una porción de este complejo panorama, Ediciones El Milagro ha sacado a la venta el segundo volumen de Teatro norteamericano contemporáneo, continuación del primer tomo presentado hace algunos años, con el copatrocinio del FONCA y del Fideicomiso para la Cultura México-Estados Unidos.

Robert Potter, investigador de la Universidad de California, es el encargado del texto introductorio de la recopilación, tal y como sucediera con el primer libro. En él, Potter da cuenta de la dificultad del momento actual del teatro en aquel país: como en casi todo el mundo, el fenómeno escénico ha visto decrecer su importancia y repercursión como evento social a favor de manifestaciones de mucho mayor alcance, como el cine, la televisión e internet, de tal manera que su impacto, aunque menor en términos cuantitativos, se ha convertido en una suerte de contrapeso social. "Su marginalidad –escribe Potter– ha contribuido a preservar su independencia y le ha permitido jugar un papel visionario, como una forma de arte público dispuesto a examinar, con determinación, los mitos y las realidades norteamericanas." Se vuelve importante, entonces, reconocer cómo el teatro ha sabido modificar sus pretensiones en un país cuya tradición dramática moderna ha sido una de las más influyentes del orbe, debido no a una vocación colonialista o avasallante, sino a la calidad de varios de sus exponentes más lúcidos (entre los que valdría mencionar ya no a Arthur Miller o Tennessee Williams, autores decididamente universales, sino, por ejemplo, a Sam Shepard o David Mamet, cuya obra ha sido capital en la renovación de la escritura dramática contemporánea) y a la conformación de un estilo que ha sabido asimilar lo mejor de las vanguardias, y cuya singularidad lo ha convertido en canon para escritores de otras latitudes.

Los autores incluidos en la antología, no obstante, son ya absolutamente identificables. A un clásico como Edward Albee, se suman Mamet y Shepard con un par de obras escritas en los noventa, década en la que se centra el criterio de selección. Se incluye asimismo a Barry Gifford, un autor más bien reconocido por su obra narrativa y por las adaptaciones que de ella se han llevado a la pantalla grande (como la inolvidable Salvaje de corazón, de David Lynch o Perdita Durango), y a autores menos célebres que han contado con escenificaciones en nuestro país; tal es el caso de John Jesurun, cuya obra Filoctetes, y alguna más, ha sido montada en México por Martín Acosta, y el de Paula Vogel y su texto Cómo aprendí a manejar, que con dirección de Otto Minera se presentó hace alrededor de tres años.

De Albee se escogió Tres mujeres altas, también conocida en México a raíz del montaje, no del todo afortunado, que le realizara Sandra Félix. En ella, el autor de ¿Quién le teme a Virginia Woolf? crea una fábula autobiográfica, basada en la relación con su propia madre adoptiva, que supone un ácido estudio sobre el carácter femenino y del rol social de la mujer a lo largo del siglo xx. Las tres damas del título son en realidad disociaciones de la personalidad de una única mujer, mediante lo cual se enfatizan, con un melancólico sentido del humor, las contradicciones del comportamiento humano frente a una situación límite como la muerte.

David Mamet explora el minimalismo dialogal y discursivo en El criptograma, título que con deliberada ironía prefigura el tema central de la obra. A años luz en cuanto a estilo de sus obras más famosas (como Búfalo Americano o Glengarry Glen Ross), Mamet ha dejado de lado a los personajes verborréicos, incongruentes en su locuacidad, para explorar los terrenos de lo implícito y de la ambigüedad. El criptograma presenta el divorcio de un matrimonio joven, visto desde la óptica de su hijo, como metáfora de la incomunicación y de la doble moral.

Mención aparte merece Tony Kushner, cuya saga Ángeles en América es un intento sólido, aún en su condición confesamente militante, por confeccionar un discurso gay alejado de la autocomplacencia.