FICHA TÉCNICA



Título obra Las gelatinas

Autoría Claudia Ríos

Dirección Claudia Ríos

Elenco Martha Navarro, Sergio Cataño, Anilú Pardo, Alfredo Navarro

Escenografía Carlos Trejo

Espacios teatrales Foro La Gruta

Referencia Noé Morales, “Las gelatinas”, en La Jornada Semanal, 14 diciembre 2003.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

La Jornada Semanal   |   14 de diciembre de 2003

Columna El mono de alambre

Las gelatinas

Noé Morales

Más que afortunado ha resultado el debut como autora teatral de Claudia Ríos, actriz y directora de trayectoria vasta en nuestro teatro. Merecedora del Premio Nacional Obra de Teatro INBA-Baja California 2000, Las gelatinas sabe equidistar del retablo melodramático y de la sordidez arrabalera –no obstante abordar temas que son fuente regular de chabacanería– y hace de la sobriedad uno de sus sellos estilísticos distintivos.

Jodido, restringido de dinero y de esperanzas, desgastados sus afectos hasta el borde del desmembramiento; así es el hogar urbano de clase baja en el que se desarrolla esta obra, que se presentó en el foro La Gruta. Ríos ha logrado crear un microcosmos compacto en el que discurre la existencia de una mujer (Martha Navarro) cuyo apelativo, un simple Mamá, ya refleja la opacidad de su existencia: anónima, viuda, subempleada que sobrelleva con pesadumbre la relación con su hijo Roberto (Sergio Cataño), hombre maduro con algún impedimento mental, cuyo confinamiento ha acentuado su carácter paria y le ha hecho desarrollar todo tipo de fantasías con respecto a las mujeres. Y aunque pareciera en principio que la voz protagónica es la del discapacitado, pronto queda claro que la historia es la de la mujer; particularmente desde la aparición de Chuy (Anilú Pardo), puta con corazón de oro que alivia las necesidades del inefable Roberto, pero que sobre todo se transforma en una válvula de desahogo para la madre y en un revulsivo que desencadenará su toma de conciencia y las posteriores acciones definitivas.

Hasta aquí, y aunque la dramaturga ha evitado el fresco costumbrista de la madre mexicana abnegada y/o cualquier tratamiento tremendista o moralizante, el proyecto podría pasar como uno de tantos que han abordado temas similares. El salto de calidad, sin embargo, pasa por lo estilístico. Sin alejarse en ningún momento del realismo, Ríos canaliza sus herramientas expresivas hacia la conformación de una poética particular, apelando al recurso de la ambigüedad, de cifrar datos al espectador. En esta disección de un mundo regido por la desesperanza no se proporciona información sobre el pasado de los personajes, sino que se prefiere que éstos se construyan a sí mismos en la escena y en la acción, que nos enteremos de su miseria espiritual y material por sus actos –derivados de sus rasgos de carácter–, nunca por la descripción explícita de sus conflictos y desventuras. No hay, en síntesis, una estructura discursiva basada en el recuerdo de todo lo que ha viciado las relaciones entre madre e hijo, sino que el pasado apenas se sugiere como un antecedente difuminado que cede preponderancia al aquí y al ahora, al presente escénico, sin evitar momentos de un humorismo ácido y lúcido en su espontaneidad.

En la puesta en escena, a cargo también de la autora, se ha buscado transmitir todo este espíritu decadente que el texto rezuma. Sin embargo, hay ciertas directrices que dan cuenta de una ilustración un tanto obvia. Por ejemplo, el diseño escenógrafico a cargo de Carlos Trejo: la reproducción naturalista de la vivienda de interés social permite incluso contar los adornos de porcelana de un librero, los muchos volúmenes de Buenhogar de un revistero y los agujeros en la parte trasera de un televisor, pero pareciera que en su confección se menosprecia, aunque sea inconscientemente, lo provocador de una atmósfera sofocante. Es difícil encontrar significados en un espacio tan contaminado. Sobresaturado se siente también el diseño sonoro, en el que las muchas canciones utilizadas terminan, precisamente, ilustrando sensaciones, pero poco más. Y el empleo de un par de sombras, bautizadas como Los otros Robertos, no consigue rebasar los límites de una aportación meramente coreográfica.

La labor del elenco es consistente y uniforme, sin duda uno de los mayores logros del montaje. Cataño no aborda a Roberto desde la condescendencia, y ello permite una interpretación sólida de un personaje sumamente complejo. Anilú Pardo trabaja a Chuy alejada del lugar común de la prostituta redentora y cálida. Alfredo Navarro, como El Soldador, provee momentos de una saludable y medida hilaridad. Pero es Martha Navarro quien entrega la actuación más sobresaliente: plena de matices pero sin estridencias, cabalmente interiorizada en el carácter que su papel le demanda. Inconsistencias aparte, la opera prima de Claudia Ríos es una de las sorpresas más agradables del año que termina, y abre el apetito por conocer su siguiente paso en la dramaturgia.